El diablo y otras historias populistas

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Por: Enrique Gómez Orozco

“Es como deja vu de nuevo otra vez”

Jogi Berra. 

¿Quién es el diablo? 

Una figura nacida desde que la humanidad creó mitos para espantar a la gente, para personificar el mal, fenómeno contrario a la divinidad. El diablo fue quien se trasformó en serpiente para tentar a Eva; fue Luzbel quien decidió partir camino con Dios porque tenía celo de su poder. Agregue todas las fabricaciones imaginarias, desde las sociedades primitivas con su invocación al “malo”, hasta locos que veneran demonios. 

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En la literatura recordamos a vuelapluma a Goethe y su obra infinita llamada “Fausto”, quien inventa un diablo llamado Mefistófeles que comprará su alma a cambio de otorgarle la juventud necesaria para poseer a Margarita (o Gretchen). 

Para los antiguos griegos los demonios eran espíritus no siempre malignos; para otras culturas no había un solo Belcebú, sino una variedad que representaban plagas, males e infortunios. 

¿Quiénes lo usan?

Mayormente fabricantes de mitos y detentadores del poder. Es fácil amedrentar a niños y a personas ignorantes con la creación de personajes malignos que están al acecho de la gente buena. Las brujas y los dementes estaban seguramente poseídos por el demonio. Incluso en nuestra época hay quien cree aún que los exorcistas sacan demonios a personas trastornadas. 

Pero los más exitosos inventores de demonios son los populistas, quienes engañan con toda clase de figuras pérfidas, que los señalan como los “enemigos del pueblo”, la raza o la religión. 

Hitler le metió en la cabeza al pueblo alemán que todo mal provenía de los judíos. Convirtió a miles de ciudadanos buenos en verdugos insensibles en el exterminio hebreo en el Holocausto con 6 millones de víctimas.

¿Aquí y ahora quienes son los diablos?

En la corta historia del México contemporáneo tenemos figuras retóricas de los demonios que nos acechan. Según el gobernante en turno, quieren quitarnos la felicidad, lo que tenemos o la buena marcha del país. 

Todo esto vino a la mente cuando escuchaba el discurso de Andrés Manuel López Obrador. Una y otra vez señala los demonios que amenazan al “pueblo bueno”: los conservadores, la mafia en el poder, los neoliberales, los fifís y los adversarios. Ahí va una raya para dividir a los que están con Dios y quienes se unieron a Luzbel. Los ángeles buenos de la Cuarta Transformación y los malos que se oponen al proyecto.  

El discurso del Zócalo trajo flashazos a la memoria. La retórica del presidente es una calca de las peroratas de Luis Echeverría Álvarez, quien tenía como demonios a los “riquillos”, a los “jenuflexos del imperio”, a los enemigos del “tercer mundo” y sobre todo a los “emisarios del pasado”. 

José López Portillo culpó a los “sacadólares” de la tragedia nacional cuando quería justificar su fracaso económico con la nacionalización de la banca. 

Incluso Vicente Fox dibujó demonios en el personaje de “El salinillas” o en las “víboras prietas y las tepocatas”. Demonios por demás simpáticos para la gente cansada de 70 años del PRI. 

La retórica del maniqueísmo, de los buenos y los malos, de los ángeles y demonios se usa para beneficio único del populista, quien logra depositar la ira de la gente en figuras maléficas para el alma o la sociedad. 

Los estadistas, los grandes gobernantes no espantan con el petate del muerto,  tienen otra dimensión. 

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