El mito de la madre

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Por: Michelle Ortiz

Dentro de la llamada nueva ola del feminismo mexicano, que surgió en las décadas de los años 70, 80 y 90, se crearon colectivos de mujeres que, en conjunta organización, protestaron contra las condiciones de subordinación de las mujeres, así como por la reivindicación de su género, buscando dejar atrás todos los roles que son atribuidos a las mujeres desde temprana edad.

Para estas mujeres, la posibilidad de decidir sobre su propia reproducción, incluso a través del aborto, era esencial para la liberación. Al mismo tiempo, el Estado mexicano buscó acelerar la inclusión de las mujeres al proceso de desarrollo económico del país y una de las piezas centrales para lograr este cambio era efectivamente el control de la reproducción. A lo largo de la década se enfrentaron estas dos concepciones de la reproducción con alcances y límites que son perceptibles hasta el día de hoy.

Elaboraron un panfleto titulado “Somos madres, ¿y qué más?”. A manera de pregunta y respuesta, MAS. criticaba y protestaba, no en contra de la maternidad, sino contra “el mito de la madre [que] consiste en exaltar la función biológica de la mujer para encubrir el hecho de que, como ser humano pensante y autónomo no se le deja desarrollarse. Se le permite, sí, ser el reflejo de la voluntad del hombre”.

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A continuación explicaré más a detalle el tan famoso “Mito de la madre”

El Día de la Madre era el símbolo máximo de este mito, el único día del año en que se coloca a las madres en un pedestal, enmascarando la “triste realidad” del resto del año: la renuncia a sus ambiciones y a su desarrollo individual. La crítica de MAS tomaba como base no sólo al sexo, sino a la clase. No quería igualdad “para realizar los mismos trabajos enajenantes que conocemos”. Buscaba la liberación de las mujeres y esto implicaba una revisión completa de la interacción de lo económico, lo político, lo psicológico, lo sexual.

Cuando hace casi cincuenta años Simone de Beauvoir afirmó: “no se nace mujer: llega una a serlo”, aludió a los múltiples y complejos procesos socioculturales de meticulosa y disciplinada socialización de lo femenino, que como identidad social subalterna —construida a partir de un cuerpo sexuado— se relaciona, se contrasta y se define frente al sujeto genérico masculino. Simbolizada desde el imaginario androcéntrico como atada a las fuerzas naturales de lo precultural —como instinto en primera instancia— la mujer como producción histórica/cultural de los regímenes sexo/género patriarcales, oculta en los misterios aparentes de su ser reproductor la compleja red de influencias económicas, sociales y culturales que han accionado sobre su cuerpo.

Por lo mismo, la idea del cautiverio femenino no se limita a la división del espacio social y de tareas según sexo, sino que se cierra sobre el teatro de su corporalidad. Corporalidad intervenida, moldeada, normada, custodiada y autovigilada como un cuerpo reproductor instintivo (Butler, 1990: 91), cuya realización social se reconoce a partir del ejercicio de la reproducción biológica y de la creación de las condiciones en que se realizan los otros(as) miembros de la familia, como expresión fundamental de la valorización social y de la gratificación existencial de las mujeres. De esta manera, desde su nacimiento el territorio femenino se vuelve un campo de adiestramiento para la confección prioritaria de un cuerpo reproductor/ materno, particularmente sensible y atento en cuanto a las necesidades y deseos de los demás.                                                      

Cuando te cuenten, madre mexicana, de otras mujeres que soslayan la carga de la maternidad, perdona su error, porque para ti todavía la maternidad es un profundo orgullo. Cuando te digan, excitándote, de las madres que no sufren como tú el desvelo junto a la cuna y no dan la vaciatura de su sangre en la leche amamantadora, oye con desprecio la invitación. Tú no has de renunciar a las mil noches de angustia junto a tu niño con fiebre, ni has de permitir que la boca de tu hijo beba la leche de un pecho mercenario. Tú amamantas y meces. Para buscar tus grandes modelos no volverás tus ojos hacia las mujeres locas del siglo, que danzan y se agitan en plazas y salones y apenas conocen al hijo que llevaron clavado en sus entrañas. Volverás los ojos a los modelos antiguos y eternos: las madres hebreas y las madres romanas (Romero Aceves, 1982).

Lagarde (1990: 22) caracteriza al cautiverio corporal y existencial más significativo y gratificante de las mujeres como el de “madresposa”, un doble enclaustro genérico vivenciado como una sola expresión identitaria.                                         

Desde su nacimiento y aun antes, las mujeres forman parte de una historia que las conforma como madres y esposas... Más aún, todas las mujeres son madresposas aunque no tengan hijos o esposo... Ser madre y ser esposa consiste, para las mujeres, en vivir de acuerdo con las normas que expresan su ser para y de otros, realizar actividades de reproducción y tener relaciones de servidumbre voluntaria...

Las mujeres pueden ser madres temporales o permanentes además de sus hijos, de amigos, hermanos, novios, esposos, nueras, yernos, allegados, compañeros de trabajo o estudio, alumnos, vecinos, etc., son madres al relacionarse con ellos y cuidarles maternalmente... (Lagarde, 1990: 349-350)

Por esto, las remembranzas culturales colectivas como el Día de la Madre, por ejemplo, que celebran y subliman esta corporalidad femenina al servicio de otros, amortiguan el vacío existencial de la desaparición física de su valor social, a la vez que refuerzan simbólicamente la institucionalización del mismo modelo materno, cuya vida se desenvuelve en función de los demás:

En sociedades cuya división sexual de trabajo indica una asociación exclusiva entre mujer/hijos/familia/hogar, las mujeres realizan su identidad de género a través de la práctica cotidia- na y vitalicia de un corpus de saberes aprendidos por medio de una pedagogía por etapas, durante un periodo prolongado de capacitación y agencia. Son sensibilizadas y adiestradas inicialmente por vía maternapara la ejecución y el perfeccionamiento de las tareas de la reposición diaria y generacional de la familia, con el fin principal de asumir la gerencia hogareña y la organización familiar, antes y además de otros cam- pos de participación y especialización.

Dentro del contexto normativo específicamente dirigido a las mujeres, los saberes son asimilados y ordenados en la dimensión subjetiva, tanto como metodologías de trabajo como símbolos de la identidad genérica misma, constituyendo así lo que en el sentido fou- caultiano se llamaría una “experiencia femenina”, si por experiencia se entiende “la correlación, dentro de una cul- tura, entre campos del saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad” (Foucault, 1988: 2: 8). De tal manera, y sin desconocer las diferencias que imprimen sobre el género otros ejes de identidad, la experiencia femenina se remite a la síntesis de todos los procesos e instancias de disciplinamiento y es- pecialización que encauzan la elabo- ración social de la identidad materna de cuerpo-para-otros, identidad gestada y afianzada desde una correlación para- digmática entre saberes, normatividad y subjetividad. En este sentido, escri- be Rosario Castellanos (1992: 289), “...la mujer mexicana no se considera a sí misma —ni es considerada por los demás— como una mujer que haya alcanzado su realización si no ha sido fecundada en hijos, si no la ilumina el halo de la maternidad”.

La mujer desde que se hace madre, ya no espera nada en el terreno material; busca y encuentra en su propio hijo la finalidad de su vida, su único tesoro y la meta de todos sus sueños (General A. Pinochet citado en FEMPRESS, 1986).

Continúa…

ACLARACIÓN       
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo

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