Opinión

Hooligans 2: Invaden Latinoamérica

ASTROS

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Por: Víctor Eduardo Galván

En nuestro continente, el fenómeno hooligan adoptó el nombre de barrabravas y se inició en Argentina, a finales de la década de los 50. Más tarde, se esparció por toda América Latina.

Su nacimiento se le atribuye a un inmigrante de origen italiano de nombre José Barrita quien siendo niño con su familia vivió en el barrio de La Boca, en una casa ubicada en la calle de Olavarria.

En 1994 fue sentenciado por encontrársele culpable de la muerte de dos seguidores del River, dos meses después de salir de la cárcel murió a la edad de 48 años el 11 de febrero del 2001. En vida comandó a la barra más brava y pendenciera del fútbol argentino, La 12.

En sus inicios, el barra argentino era un personaje pintoresco para el resto de la sociedad. De mucho fervor y pasión por su club, no dudaba en utilizar la violencia ante sus pares de otros clubes, pero sin llegar casi nunca a extremos lamentables.

El ascenso más vertiginoso del barra tuvo lugar en la década del 90. Comenzaron a registrarse numerosas muertes en enfrentamientos entre bandos: más del 46% de las muertes totales desde 1967 hasta 2008 se produjeron en los 90, según un relevamiento de la ONG "Salvemos al fútbol".

Propagación por América Latina

Fue en la década del 90 que los demás países de Latinoamérica comenzaron a copiar a los barrabravas. Así, el fenómeno llegó a países como Colombia, Chile, Bolivia, Perú, Paraguay, Brasil, Uruguay, Ecuador, Venezuela, Honduras, Guatemala, Costa Rica y México; donde adquirieron notoriedad, se desarrollaron y ahora gozan de estructuras y beneficios similares a sus mentores argentinos.

Cuando se habla de mentores no es en sentido figurado. Desde la ONG "Hinchadas Unidas Argentinas" los barras se organizan para viajar a distintos países de Latinoamérica con el fin de brindar conocimientos a sus pares de los países hermanos, en una suerte de seminarios nefastos y bochornosos, por los cuales cobran dinero; por supuesto.

En México se atribuye el nacimiento de las porras durante un encuentro de fútbol americano entre los Pumas de la UNAM y los Burros Blancos del Politécnico, extendiéndose posteriormente a otros deportes, la característica común era que quienes animaban al equipo eran familiares y amigos de los jugadores, a los cuales poco a poco se les fueron agregando simpatizantes del equipo, lo que también acarreó que algunos de ellos crearan cánticos y porras que no ya tan solo apoyaban al equipo en cuestión, sino que ofendía y provocaba a los aficionados del equipo contrario, por lo que en su momento se les denominó “porros”.

La primer barra brava de México se le atribuye al Pachuca, La Ultratuza. Para dirigirla se contrataron tres líderes extranjeros; un chileno, un costarricense y un argentino. Posteriormente surgen otras como son la 51 del club Atlas, la Legión 1908 del Guadalajara y la Rebel de la UNAM, la cual no es reconocida oficialmente por la Institución.

Recientemente el debate sobre la existencia de barras en el estadio de fútbol se retomó, pues luego del desastre en el Alfonso Lastras hace apenas unas semanas volvió a pensarse en prohibir el acceso a dichas grupos de animación.

Aquel “clásico del bajío” culminó con al menos 33 personas heridas, dos encuentros de veto al estadio de San Luis y poco más de medio millón de pesos en multas a cada equipo.

Además, los tuneros decidieron prohibir el acceso a porras rivales para evitar situaciones similares.

El Hooliganismo seguirá existiendo, pero cada día más alejado de los estadios. Actualmente, el ámbito jurídico inglés es tan puntual en lo que se refiere al fútbol que invadir la cancha, beber alcohol en las tribunas o proferir insultos racistas son faltas consideradas como criminal offense, las cuales ameritan cárcel o multas altísimas.

Una vez más, los ingleses son pioneros en el desarrollo del juego, en este caso desde lo jurídico.

Y tú, ¿qué opinas?