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La aprobación del T-MEC

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Por: Andrés Chávez Pumarejo

La siguiente semana el presidente López Obrador viajará a Washington para reunirse con Donald Trump y celebrar juntos la entrada en vigor del Tratado México, Estados Unidos y Canadá, T-MEC; esto sin el primer ministro canadiense Trudeau, quien ni quiere ir, ni lo quieren invitar.

Desde que se oficializó el anuncio, le han llovido críticas a AMLO por prestarse al juego electoral del presidente de Estados Unidos, que enfrenta una desventaja de 14 puntos frente a su rival demócrata Joe Biden, y va perdiendo terreno en estados que ganó hace cuatro años, así como entre minorías clave como la hispana. 

Creo que en esa discusión se está dejando de lado lo sustancial, que es el efecto que va a tener el nuevo tratado sobre México y su economía.

El presidente va a Estados Unidos porque, en su opinión y la de su Gobierno, el tratado será el salvavidas que evitará que se hundan en esta marejada llamada covid-19, y la base sobre la que, con el paso del tiempo, alcanzarán las metas de crecimiento y generación de empleos planteadas durante el sexenio. Metas que, siendo objetivos, eran inalcanzables antes de la pandemia.

El libre comercio siempre será algo positivo, y que en esta época de proteccionismo económico nuestro país forme parte de uno de los bloques comerciales más grandes y ricos del mundo, realmente es motivo de celebración. 

Esa situación justificaría el viaje del presidente; sin embargo, además de que López Obrador no entiende de política exterior y el internacionalismo le da igual, al revisar con detalle el acuerdo al que llego la 4T con Canadá y Estados Unidos, no hay tantas razones para ser optimistas.

Al renegociar el tratado Trump quería dos cosas: asegurar que más puestos de trabajo manufactureros regresaran a Estados Unidos, y fortalecer ciertos sectores productivos.  Alcanzó ambos objetivos, y a cambio nosotros recibimos dos manzanas envenenadas.

En materia laboral, si bien el T-MEC ayudó a fortalecer nuestro régimen sindical y las regulaciones en sectores clave como el automotriz, los cambios representan nuevas cargas para las empresas mexicanas que, ya sabemos, de la 4T no van a escuchar ni una porra.

Así como están enfrentando los estragos de la pandemia, las empresas van a encarar solas la férrea supervisión de Estados Unidos para cumplir con estándares laborales y normativos que para la mayoría, por razones estructurales y de mercado, son inalcanzables.

El negociador de la administración Trump, Robert Lighthizer, ha insinuado que le interesa hacer cumplir las normas del tratado al pie de la letra, y tengan por seguro que este señor y su equipo no se andan con cosas: hace meses supimos que personal de la Embajada de EUA podrá inspeccionar las empresas mexicanas, y sancionar a las que no cumplan las nuevas reglas. 

Como escándalo, esta situación que además de violatoria de nuestra soberanía es una vergüenza, quedó sepultado por la nota del día siguiente.  Pero es una realidad que sigue al acecho, y los empresarios empezarán a sentir sus efectos en cuestión de semanas.

La presión del gobierno de EUA, sumada al impacto del nuevo coronavirus y a la indiferencia de la 4T hacia las empresas mexicanas, va a cerrar muchas de nuestras manufacturas, y algunos de esos empleos volverán a Ohio, Michigan y Pennsylvania, que Trump necesita ganar en noviembre. 

Es la falta de visión del gobierno mexicano, no la visita de AMLO, lo que a Trump le viene como anillo al dedo.

En lo que respecta al fortalecimiento de los sectores productivos de EUA, Trump quería debilitar especialmente a la agroindustria mexicana, que gracias al anterior TLC se convirtió, con el paso de los años, en una potencia exportadora mundial. 

Hoy, ese sector, junto con otros en los que somos competitivos, como el químico y el farmacéutico, han quedado expuestos a una mayor apertura en condiciones de desventaja técnica y financiera. 

Por dar un ejemplo, en el marco del T-MEC, Estados Unidos y Canadá podrán vender semillas y organismos genéticamente modificados en los mercados mexicanos.  Esto, además de que afecta directamente a los pequeños productores, contraviene la postura de años que han tenido López Obrador y sus seguidores respecto a la protección a ultranza del maíz mexicano. 

Sin duda, es mejor tener el T-MEC que no tenerlo.  Sin embargo, a la mayoría de las empresas no les va a dar las oportunidades que necesitan para sobrevivir en este contexto tan adverso.  Mi pronóstico es que este gran proyecto de la 4T terminará, junto con otros, en el basurero de la historia nacional. 

Eso es lo que debería preocuparnos, y no si AMLO se presta o no se presta a la reelección de Trump.  Lean la prensa internacional.  Allá nadie está hablando de la visita y a veces, el silencio dice más que mil palabras.

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