Opinión

La identidad en el aire

Algunas reflexiones sobre el abuso del alcohol en Pachuca.

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Diseño: Grupo AM

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En Pachuca vivimos bajo la premisa de que “aquí no pasa nada, es un lugar muy aburrido”, entonces las preguntas son las siguientes: ¿cómo gastar las horas de ocio que tenemos? ¿Cómo divertirnos? ¿Dónde podemos buscar los lugares que nos brinden momentos condensados en sonrisas para relajarnos? 

Lo cierto es que muchos han encontrado las respuestas en el alcohol y su uso. Sin querer hacer una lectura moralista que sirva de apología o que condene su consumo, sí es interesante analizar este fenómeno en nuestra ciudad. 

La primera pista que tenemos es la cantidad tan enorme de establecimientos que hay (en forma de bares, antros, cantinas, pubs, entre otros) que sirven dichas bebidas; a veces parece más fácil conseguir un trago que encontrar un paste, sin duda hay más de estos sitios que librerías o cines. Es un gran mercado.

Cuando uno se adentra a estos lugares se lleva la gran sorpresa de que lo único que ofrecen son bebidas alcohólicas, si uno va con el propósito de no tomar o simplemente se es abstemio, se enfrenta con una cruda encrucijada: no hay una carta diferente que ofrezca otras cosas, los más ingeniosos tienen que refugiarse en el clamato con agua mineral. 

Otra clave interesante se encuentra en nuestra forma de beber, si bien en todo el país se toma, en nuestro estado se ha desarrollado una especie de estilo propio, que incluye una suerte de rituales, nombrados como “cruzadas, fondos, pulpos o Hidalgos”, la propuesta es sencilla: agarrar del brazo al otro y después de una serie de cantos, empinarse un vaso.

Gente de otros lugares queda impresionada con esta manera tan agresiva de beber, se toma demasiado rápido, ¿por qué lo hacemos así? La meta parece clara, emborracharse lo antes posible. En lugares como Monterrey, las personas están tomando cervezas a lo largo de todo el día, pero no lo hacen con nuestra prisa o desesperación. 

¿Por qué tanta impaciencia? Queremos que pase algo, cualquier cosa, de preferencia un evento inesperado, al menos en teoría. Pero si analizamos de manera más crítica nos encontramos con que de hecho queremos escapar de algo: de lo que creemos que es la monotonía y simpleza de nuestras vidas. 

El alcohol desarticula las convenciones sociales y diluye las lógicas; desde los antiguos griegos es un espacio en el que el orden de la razón se desplaza por el caos que implican las pasiones desbordadas; cuando se retira el dios Apolo nos encontramos frente al dominio del caprichoso Dionisio.

Si estamos convencidos de que Pachuca es un lugar donde no pasa nada, en el alcohol encontramos una llave que abre la caja de Pandora (ciertamente con todos sus males y desgracias).

Las preguntas críticas son: ¿de verdad no pasa nada aquí? ¿Es necesario abusar de las bebidas para que sucedan cosas? Ciertamente no, tan sólo es una respuesta desde la comodidad; ya que si algo no existe, más que asumirlo con desolación y desesperanza, debe ser entendido como un desafío, hacer que suceda dicha cosa o evento. 

Si sentimos que en Pachuca no pasa nada, hagamos las propuestas que cambien esta percepción en forma de prejuicio, salgamos de nuestras zonas de confort y busquemos en lugares diferentes, hagamos cosas nuevas, que nuestro ocio no implique (nuestra) destrucción, debemos encontrar la manera de que la consecuencia lógica del aburrimiento de hecho sea la creación. 

Pachuca es un lugar donde nada pasa, pero también todo sucede.

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