Misoginia y misandria

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Por: Michelle Ortiz

Alguna vez te has preguntado a consciencia ¿Qué es el odio? ¿Sabías que no existe una manera universal de definirlo? ¡Y qué bueno! porque encontraremos tantas acepciones del odio de acuerdo a la perspectiva, la teoría o la filosofía desde la que se aborde. Misandria y misoginia son dos términos indicadores de conducta humana que expresan odio o animadversión al género masculino y femenino respectivamente; lo real es que ambas conductas se expresan de manera simple y bastante común en la sociedad humana, muchas veces no bien expresadas o percibidas como conducta anormal, pero cuando se perciben son una enfermedad imposible de ocultar, una verdadera patología similar al racismo, del que hay numerosos ejemplos en la evolución histórica de los grupos sociales; quizá donde la misoginia es más perceptible es en la evolución histórica social humana, en la que subsiste considerando que la mujer es un ser incompleto que ocupa un pedestal inferior al masculino, resultado de diferencias primarias de sexo.

Hay discursos de odio, odas al odio, crímenes de odio, políticas del odio, en fin; nos queda claro que el odio está presente en el imaginario colectivo, porque el odio (guste o no) es un fenómeno explicativo del mundo. Socialmente, es indiscutible que la gente se junta para odiar en grupo: sea la porra de un equipo de futbol, un club de fans, de militantes partidistas, etcétera.

El odio “a eso”, a “aquello” o a “lo otro” es lo que nos hace converger, es la piedra angular que agrupa, conecta, genera empatía, decanta esquemas de valores y principios, y sobre todo; unifica. Y ese grupo que odia, se asocia y amalgama desde una cognición (en teoría) positiva. Porque el odio es un esquema. Se construye, no es como la ira, que es avasallante, explosiva, visceral y nada sesuda.

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Manejándolo como fuerza motora de masas gracias al odio, las mujeres y las niñas no tendríamos los pocos e insuficientes derechos que tenemos, somos nosotras quienes, de forma sensacional, históricamente hemos logrado gestionar el odio de una manera no punitiva en favor de un reconocimiento ante la realidad sistémica de que somos, paradójicamente; un algo odiado.

Mientras que la misoginia es acción, es obediencia. Esta creencia de que la mujer es inferior al hombre ha sido justificada por cuestiones religiosas, biológicas y pseudocientíficas. Las ciencias, las religiones, la ideología política y la mentalidad colectiva han distribuido las funciones sociales y han definido los conceptos de hombre y mujer.

Sin embargo, se trata de una mera creencia, ya que no existen datos empíricos de la inferioridad de la mujer. Es más, está avalado científicamente que las mujeres son igual de capaces que los hombres. Pero, desde una perspectiva misógina, que la mujer sea biológica, intelectual y moralmente inferior son hechos que justifican el odio hacia las mujeres.

La misoginia lleva tanto tiempo en el mundo, en la cultura o en las actitudes que incluso el lenguaje se ha hecho partícipe de fomentar la misoginia. Solo hay que darse cuenta de la cantidad de insultos y palabras malsonantes relacionadas con el sexo femenino que existen: “bruja”, “histérica”, “amargada”, etc.

ACLARACIÓN       
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo

Una de las grandes evidencias de la existencia de la misoginia en la sociedad actual son los múltiples casos de violencia de género, machismo, abusos sexuales u agresiones sexistas. Donde, está más que demostrado que las actitudes misóginas son potenciadoras de la violencia hacia la mujer.

Por otro lado, la respuesta y contraparte a la misoginia, es el neologismo misandria, El psicólogo Jorge Caballero afirma que dicha conducta no puede diagnosticarse, “porque no es considerada como una psicopatología”.

Sobre la existencia de la misandria, la neuropsicóloga Nury Lugo manifiesta que los casos que evidencian el odio hacia un hombre suelen ser “producto de un aprendizaje generacional o de una situación extrema” —como maltrato físico, violación o asesinato—; lo cual, agrega, ocurre como resultado de una misoginia, “de la que sí existe realmente una evidencia científica”. Continúa diciendo que en estas situaciones el nivel de tolerancia es tan escaso, que puede llevar a conductas excesivas.

La misandria es el neologismo que describe el odio al hombre por ser hombre, es un  concepto  poco  familiar  en  nuestro  lenguaje.  Más  allá  de  su  expansión,  uso  y legitimidad científica, es claro que el hombre y el género masculino, en la actualidad, adolecen  de  miradas  y  acompañamientos  signados  por  buenas  prácticas  que mitiguen los fenómenos de misandria por los que transitan de manera soterrana, anónima y encubierta en el contexto de las relaciones de pareja, sociales, familiares y laborales.

Aunque la discriminación, la desigualdad, el feminicidio y otras formas de violencia que van en contra de la mujer por ser mujer, son fenómenos sociales ampliamente estudiados e intervenidos, es bien sabido que aún falta un vasto camino por recorrer, especialmente desde lo académico y científico, pues es frecuente evidenciar como en algunas sociedades o países se cae en retrocesos con respecto a este tema. Así mismo,  dada  la  magnitud  y  los  efectos  sanitarios,  públicos,  sociales,  personales, emocionales y psicológicos que siguen a estos actos de deshumanización, es imperativo continuar en la apuesta por la reivindicación de los derechos de las mujeres.

Sin embargo, a diferencia de la mujer, al hombre no se le permite visibilizarse como víctima ante los maltratos, violencias  y  manifestaciones  agresivas  por  parte  de  la  mujer,  colectivos,  hombres  e instituciones que continúan vulnerando los derechos, la sensibilidad y humanidad de los hombres. Y frente a este tema prácticamente el avance ha sido nulo.

La misandria, por tanto, tiene un carácter ambiguo entre las personas ya que, en determinados momentos, aparece como una forma de resistencia a las estructuras machistas. Sin embargo, existen diferentes discursos misándricos que inferiorizan y degradan todo lo masculino y se perciben situaciones de violencia que se derivan de estos discursos.

Es necesario señalar que el número de víctimas entre la misandria y el machismo o misoginia es cuantitativamente diferente y el impacto social de ambos también. Según IPEA: «Según el Ipea, el 40% de todos los homicidios de mujeres en el mundo son cometidos por una pareja íntima. Esto no sucede en relación con el hombre. Solo el 6% de los asesinatos de hombres son cometidos por una pareja. ”. Como se percibe una desigualdad de géneros y géneros o una desigualdad entre hombres y mujeres, se percibe porque los actos de misandria más leves son más aceptados que los actos de machismo. Sin embargo, esto no excluye el hecho de que sea una forma de discriminación sexual.

La misandria es, entonces, considerada un tipo de discurso de odio, que puede derivar en delitos de odio. La relación de las personas con la misandria puede presentarse en diferentes grados, lo que lleva a las personas a sentir más simpatía por la misandria que por la misoginia. Pues el primero puede leerse muchas veces como una reacción contra las estructuras de discriminación sexual perpetradas por el machismo, y el segundo solo la reafirmación de estas estructuras, que se traducen en violencia sexual, física, psicológica, etc. Sin embargo, no debe entenderse que la reacción deshonrosa esté aprobada por la ley o por la sociedad en su conjunto. También hay que recordar que el papel de la misandria en relación a la misoginia tiene un impacto social mucho menor, porque si bien es un discurso de odio que puede hacer víctimas, no tiene el poder de marcar a la sociedad y la acción masculina en la sociedad, pensando sobre sus roles de género.

Y tú, ¿qué opinas?

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