Opinión

Nube Estéril

¿Por qué estamos tan enojados?

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FOTO: DISEÑO AM

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El Senado de la República exhortó al gobierno federal a instaurar el 18 de enero como día de luto nacional derivado de la explosión de un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex) en Tlahuelilpan, que provocó 126 muertes, con corte a la noche de ayer.

La propuesta del senador Miguel Ángel Mancera provocó una serie de reacciones en redes sociales que a continuación se reproducen.

“¿Y los muertos de Ayotzinapa? ¿Y los de la guardería ABC? ¿Qué?”.

“Porque no piden también por los 43 estudiantes…”. 

“(Senadores) Pónganse a trabajar sobre feminicidios, robo a casa habitación, y privación ilegal de la libertad”.

“Deberían decretar el día de la honradez, el día de no cobrar mi sueldo; al rato van a querer hacer de Peña Nieto y sus amigos unos santos”, son algunos de los comentarios.

Un día de luto nacional no servirá para calmar el dolor de cientos de familias que perdieron a sus seres queridos en Tlahuelilpan, ni disminuirá la responsabilidad de las autoridades en la tragedia, en la medida en que se garanticen condiciones con la finalidad de que no vuelva a ocurrir, de que dejemos de señalar con el dedo de nuestros prejuicios. 

Víctimas de una explosión, los habitantes de Tlahuelilpan enfrentan otra desgracia en el templete donde fueron colocados: se volvieron el blanco de cientos de personas que los juzgan, principalmente desde las redes sociales.

Luego de la tragedia en que se convirtió su vida, ahora afrontan el escarnio público que los condena y califica.

Ante estos comentarios, cabría preguntarse ¿por qué estamos tan enojados?, y más ante la muerte de cientos de personas, en medio de la estrategia del gobierno federal para disminuir el robo de hidrocarburo en ductos de Pemex.

Y aunque Andrés Manuel López Obrador pidió no criminalizar a las personas que se dedican, por necesidad, dijo, a la extracción ilegal de combustible y los gobiernos estatal y federal apoyaron a los familiares de las víctimas de la explosión, persiste, latente y en aumento, un enojo social.

Es cierto que los sobrevivientes reconocieron que no debieron estar en el ejido de San Primitivo, aunado a las condiciones económicas precarias en las que viven y el desabasto de gasolina que tenía ya varias semanas en la entidad. 

Pero por qué hacer de este contexto de pobreza, la condena contra los habitantes de Tlahuelilpan. De acusarlos, como dicen en redes sociales, de robar un bien de la nación, sin tomar en cuenta sus condiciones de vida y la desgracia por lo que ahora pasan.

El discurso del gobierno federal, una lucha de conservadores y liberales, de corruptos y honestos, del pueblo bueno contra pueblo malo, fomenta esa confrontación que crece cada día.

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