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De plano no pueden.

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“Sólo se puede actuar impunemente cuando se ha perdido el respeto a la autoridad”.

Ricardo Margáin Zozaya, en el discurso luctuoso de Don Eugenio Garza Sada. (1973)

El Estado Mexicano está agotado, cansado de los malos gobiernos y sus representantes. El asesinato de Adolfo Lagos en  el estado de México se suma a 20 mil asesinatos dolosos en el año. La seguridad, perdida desde el inicio del sexenio pasado, se incrementa sin que nada ni nadie pueda detenerla, como un tren de carga sin freno, sin maquinista.

Todos los días nos enteramos de las grietas que derrumban la convivencia social. Robo de gasolina por más de 20 mil millones de pesos; extorsión en las aduanas a quienes comercian con el exterior; empresas constructoras de los allegados a ministros como muestra del reparto de prebendas y favores entre la clase política y una desazón general en el ánimo de los ciudadanos por la ineptitud de nuestros representantes en las legislaturas.

Lagos era un empresario de larga trayectoria, educado en el Tecnológico de Massachusetts y en Stanford. Lideraba el esfuerzo de Televisa por ampliar la competencia en el servicio telefónico y de telecomunicaciones. Su expediente profesional lo colocaba como uno de los grandes organizadores de empresas, desde Banca Serfín y Bancomer hasta su último empeño con izzi, la reciente plataforma de Televisa.

Su asesinato formará nuevas ondas de resonancia en todo México y el extranjero. Si bien nuestros políticos se acostumbran al promedio diario de 70 asesinatos, la prominencia de Lagos hará que todo el sector empresarial se pregunte de nueva cuenta ¿en qué país vivimos y qué podemos hacer para remediarlo?

También hace tiempo que no tenemos líderes empresariales de alto calado como en la época de Manuel Clouthier. Pocos son quienes tienen los arrestos para enfrentarse a las gobernantes y hablarles de frente como alguna ocasión lo hiciera  Ricardo Margáin Zozaya frente a Luis Echeverría cuando el asesinato de don Eugenio Garza Sada. Tal vez sea que hay demasiada connivencia, que los empresarios vean sólo por sus intereses y nada más. No vemos jóvenes heroicos como los quería Miguel de Unamuno, entregados a la tarea del cambio social.

Cuando platicamos con alcaldes, procuradores, ministros o gobernadores, su respuesta es reiterada: “no se puede”. Debieran decir “no podemos”. Y si no pueden, como dijera Alejandro Martí, que renuncien. Pero no, las tareas de hacer gobierno se mezclan con las de hacer negocios, con las de partidos y cofradías, todos ineptos.

Es tiempo de que los empresarios asuman (asumamos) la responsabilidad de nuestro tiempo y forjemos una alianza que trascienda partidos e ideologías. México tiene leyes: hacer que se cumplan; tenemos recursos: ver que se apliquen para preservar y fortalecer al Estado.

Tenemos una inmensa mayoría de hombres y mujeres buenos que trabajan afanosamente por sus familias y sus organizaciones. Hay millones de empleados públicos que sirven con honestidad todos los días. Aunque parezca lugar común, no merecemos la calidad de gobiernos que tenemos.

Debemos convencernos de que sí se puede cambiar el curso errático del país. Que no necesitamos un mesías iluminado quien ni siquiera se atreve a sancionar a los suyos. El futuro tenemos que construirlo con seguridad, justicia, crecimiento y  prosperidad. En ese orden. (Continuará)

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