Opinión

Resignificar los símbolos patrios

FRENOLOGÍA

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Por: Iván Lozano

Solo una vez estuve en la escolta y fue en el kínder, donde el rendimiento académico no era criterio para seleccionar a sus integrantes. Como en la primaria y secundaria sí lo era, jamás volví a ser considerado para marchar con la bandera frente a toda la escuela, lo cual nunca fue motivo de enfado pues el protocolo de los lunes me pareció siempre engorroso e innecesario como, según percibía, lo era para la mayoría si no es que para todo el alumnado.  

¿Qué piensas que es México? Preguntaba a mis estudiantes cuando hablábamos de acontecimientos considerados típicamente mexicanos en fechas célebres como las de septiembre u otro mes en que faltaran a la escuela sin saber por qué. Casi todos necesitaban algunos minutos para pensar en algo pues nunca antes reflexionaron tal. Los menos respondían pronto cosas como: un territorio, un país. Al solicitar más precisión llegábamos a los sitios usuales: comida, idioma, tradiciones, historia, ropa, símbolos. Pero al tratar de profundizar en uno, volvíamos a la ambigüedad de a quienes toda la vida les enseñaron que México es su gente, pero no saben cuál gente. Y a todos nos lo enseñaron así.  

En el caso de los símbolos patrios, por ejemplo, nos dijeron que son tres, hermosos (aun si no nos lo parecen), intocables y hasta sagrados. Algo así como las vetustas figuras de porcelana en la vitrina de la abuela. Para aderezar, los acompañaban con historias románticas como la de los colores en la bandera: que si el pasto del territorio y la sangre de los héroes caídos; relatos que nos hicieron repetir como plegarias sin que nos explicaran lo que esos tres elementos o su historia tiene que ver con nosotros.

Al final terminamos por creer lo que nos dijeron en la escuela, que los símbolos patrios son parte de la mexicanidad, que nos representan a todos y que les debemos respeto porque son la propia nación en versión tangible. Por ello, estamos acostumbrados a respingar porque… digamos, a una tiktoker se le ocurre bailar el Himno Nacional o una manifestante feminista le cambia un color a la bandera (lo cual por cierto no causa empacho cuando ocurre en estadios de futbol).

Respecto a este último caso, la artista Elsa Oviedo publicó fotografías en las que se aprecia la bandera mexicana con un color púrpura en sustitución del rojo. Imágenes que recibieron críticas por considerar la modificación como una falta de respeto al símbolo nacional.

Defensores a ultranza de la sacralidad del escudo, el himno y la bandera, consideran cualquier falta de respeto (que vean como tal) como una afrenta a la patria misma, ese ente abstracto al que debemos pleitesía nomás por la arbitrariedad de nacer entre sus fronteras. 

El discurso de los símbolos como representación de México fue concebido como herramienta para contribuir a homogeneizar una nación con diversidad inmensa. Para tal efecto, buscaron absorber e incluso exterminar comunidades enteras con lenguas, cosmovisiones, culturas y ejercicios políticos distintos al ideal de unión, orden y progreso que prevaleció durante las primeras décadas de la nación y aun después de la revolución al comienzo del siglo XX.

Para quienes defienden y protegen los símbolos patrios como cosa sagrada e inmaculada porque representan a TODOS los mexicanos, desconocen o soslayan que vivir la patria no es una experiencia homogénea, igual para cada persona. Para las que han sido constantemente vulneradas y violentadas, México es exclusión, dolor y muerte.

Los símbolos tienen fuerza y significado, pretenden ser representativos, pero mantenerlos estáticos dentro de una vitrina a la que no podemos acercarnos, ajenos a la experiencia real de las personas, desdibuja el vínculo que llama a la unión e identidad nacional (aunque el nacionalismo no es un ideal que respalde). En contraparte, permitir que quienes construyen comunidad a diario resignifiquen sus elementos, amplía y fortalece la idea y percepción de que existe algo en común entre las personas que nacimos en México, especialmente cuando la intención es reconstruir un país que acumula llanto y cuerpos.

ACLARACIÓN                                            
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo.
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