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Una mala decisión para las generaciones futuras

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Por: Andrés Chávez Pumarejo

Decidí dejar para la otra semana la columna final sobre COVID-19 porque la cancelación del desarrollo de la energía limpia en México, promovida por el gobierno del presidente López Obrador, me parece, por sus consecuencias, una de las noticias más importantes del año.

La preservación medioambiental es el mayor reto de la humanidad. Tan es así que la ciencia atribuye el surgimiento del nuevo coronavirus a la intrusión del ser humano sobre los ecosistemas naturales.

Una de las expresiones más notorias de la crisis ecológica es el calentamiento global, que está relacionado con las emisiones de gases contaminantes. Si bien durante el encierro estas se redujeron 17 por ciento, en cuanto la economía se reactive volverán a sus ritmos habituales.

La principal estrategia para disminuir los gases efecto invernadero son las energías verdes. Por su ubicación geográfica, México tiene el potencial para convertirse en un líder mundial del sector, y el gobierno anterior, junto con otras fuerzas políticas, trabajaron en ese sentido.

Con el decreto publicado el 15 de mayo, el gobierno canceló ese potencial. Sin contar con las opiniones de la COFECE o de la COFEMER, la SENER tomó el control del sistema eléctrico nacional, limitando la entrega de permisos para generar energía limpia, imponiendo trabas absurdas para otorgar o renovar contratos de conexión y obligando a los productores a disminuir sus rendimientos.

Uno se pregunta el porqué de estas decisiones que, además de ilegales, son irracionales.  

La cancelación del aeropuerto de Texcoco y el cierre de la planta de Constellation Brands en Mexicali se justificaron porque, según la 4T, se trataba de negocios corruptos. No importó que, junto con ellos, desaparecieran miles de empleos y la imagen de México como destino de inversión quedara por los suelos.

En esta ocasión el argumento fue el mismo; solo que ahora la decisión presidencial, además de costarnos otros 30 mil millones de dólares en inversiones, desoye la opinión y las inquietudes de miles de jóvenes, a quienes puso ante un futuro aún más incierto.

Hay que decirlo: la viabilidad de la raza humana depende de que detengamos la depredación del medio ambiente.  

Por ello, en el marco de los Acuerdos de París, y como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, México asumió el compromiso de generar para 2024, 35 por ciento de su electricidad a partir de fuentes renovables.  

Casi seis años después, la Asociación Mexicana de Energía Solar, estima que con su acción el gobierno impacta 44 proyectos de generación de energía limpia: 26 terminados y 18 en desarrollo, con lo que perdimos la mitad de esta capacidad instalada.  

Olvidémonos de los ODS y los Acuerdos de París, dos promesas que hicimos como país porque nos interesa el mundo en el que vivirán nuestros hijos.  

Aunque al presidente poco le importa la opinión que el resto del mundo pueda tener de México, sorprende que no haya hecho estas consideraciones antes de tomar esta trascendente decisión.  

La reciente crisis petrolera refleja el agotamiento del modelo de combustibles fósiles, que ha movido al mundo durante los últimos 300 años. Por eso la industria de las energías limpias es estratégica, y si en México el problema eran los contratos, se hubieran revisado, y si se demostraba su ilegalidad podía actuarse en consecuencia en el marco de la ley.

Solo que el interés es otro. A todos nos consta que AMLO está obsesionado con el petróleo, pero no por su valor económico, sino por lo que simboliza para él y para su “proyecto de nación”. 

Contra viento y marea quiere construir una nueva refinería en su natal Tabasco, el estado con más recursos naturales del país, porque debe de creer que los tabasqueños son incapaces de vivir de algo que no sea el petróleo.

Apostando contra la inviabilidad de PEMEX quiere rescatarla, en detrimento de muchos otros sectores que han demostrado ser más productivos, y que hoy necesitan apoyo gubernamental.

Esta vez, AMLO nos confirmó que no le importa nada. Ni la ley, ni el desarrollo, ni nuestros compromisos ante otras naciones, ni lo que vaya a pasar en el futuro con los jóvenes, a los que tanto dice defender y apoyar.  

AMLO prefiere las energías sucias y puede entenderse que así sea, porque representan el pasado que le gusta y al que quiere regresar.

En cambio, las energías verdes representan el sentimiento de cambio que distingue a los jóvenes, que además de oportunidades y empleos, queremos un futuro limpio.

Diversos estudios demuestran que los ‘millenials’ tienen a la ecología entre sus mayores prioridades, y la mayor activista de la causa ambientalista es Greta Thunberg, una joven originaria de Suecia.

Sin duda, los jóvenes mexicanos tenemos prioridades más apremiantes que la conciencia ecológica, pero no se puede negar que es algo que nos interesa y nos preocupa, y como jóvenes, debemos exigir que se actúe para asegurar nuestro futuro.

Por desgracia, las acciones del Gobierno de México demuestran que eso, o no les importa o no lo entienden o, peor aún, están decididos a llevarnos al peor de los mundos posibles.

Y tú, ¿qué opinas?