Arrastran indígenas carencias

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Habitantes de León por falta de oportunidades en sus propias comunidades, enfrentan discriminación y pobreza.

El Centro de Desarrollo Ind

Las comunidades indígenas migrantes representan uno de los sectores de la población más olvidados, sufren rezago educativo, carencias económicas y discriminación.
En un informe de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas se advierte que los niveles más altos de rezago social son propios de las comunidades indígenas de diferentes regiones del país.
En León el Gobierno Municipal aprobó en 2011 la creación del Consejo Indígena Municipal, que otorga a los diferentes grupos étnicos migrantes la facilidad de exponer sus necesidades y demandas ante comisiones, y recibir apoyos a través del Gobierno.
Sin embargo estos apoyos no resultan significativos cuando se trata de elevar la calidad de vida, aunque uno de los principales respaldos proviene de la sociedad civil.
El refugio

El Centro de Desarrollo Indígena Loyola (CDIL) es un albergue para las familias de distintas comunidades indígenas: los mazahuas del Estado de México, los purépechas de Michoacán, los nahuas de Veracruz, los mixtecos de Guerrero y los otomíes de Querétaro son las culturas que conviven en el centro.
Estas comunidades albergan sin costo alguno y se brinda educación, comida, techo, servicios de salud básicos y capacitaciones sobre prevención de violencia intrafamiliar.
Damaris Juárez, coordinadora de trabajo social del centro, habló de la misión que tiene el CDIL con las etnias migrantes.
“La ciudad es muy agresiva, el cambio del pueblo a la ciudad es un cambio muy drástico, lo que se intenta es que pueda haber un espacio mediador entre el campo y la ciudad”, dijo.
Uno de los principales motivos de esta migración es la difícil situación económica que enfrentan dentro de sus propias comunidades.
“Es por eso que los indígenas salen a probar suerte a las ciudades donde piensan que habrá mayores oportunidades”, dijo la coordinadora de trabajo social.
Los indígenas de esta localidad por lo general se dedican al comercio; la venta de flores, figuras a base de yeso, muebles de madera, semillas y botanas, son los principales productos que ofertan.
Su punto de distribución son las calles de la ciudad, las estaciones de autobús, y afuera de los centros comerciales, pero esta práctica les acarrea sanciones de la Dirección de Comercio y Consumo, mencionó la representante del CDIL.
Un total de 26 familias viven en esta comunidad, entre todos suman de 140 a 160 personas, la cifra varía debido a que muchos llegan a asentarse provisionalmente.
La comunidad completa vive en un espacio de aproximadamente cinco hectáreas, pero las casas son pequeñas y las familias son grandes, cada una de ellas se compone de seis a 10 integrantes.
En las comunidades existe una distribución de labores arraigada generación tras generación.
Los hombres son los que hablan más el idioma español debido a que son los encargados de salir a vender sus productos;  en cambio las mujeres que se quedan en casa, lo que provoca que solo hablen su lengua natal.

Viven de vender sus productos

Francisco Cipriano Secundino y Nasere Evangelista son indígenas purépechas que viven en León desde hace 14 años, ellos se asentaron en el terreno del CDIL buscando mejores condiciones de vida.

“Me salí de Michoacán para poder sacar adelante a mis hijos, viví en muchos lugares pero la situación era muy difícil en todos lados, afortunadamente me encontré con este lugar”, dijo Francisco Cipriano, quien con su esposa vende ollas de  barro y figuras de yeso afuera de la estación San Juan Bosco.
Una vez al año viajan a Michoacán para ver a sus hijos,  generalmente durante los festejos a la virgen de Santa Cecilia el 22 de noviembre; tradicional celebración en la comunidad purépecha.
Luisa Tocohoa Tzitzihuale pertenece a la comunidad nahua, ella ayuda a su esposo Francisco Colo Hua a la fabricación de muebles de madera para venderlos en los cruces de las vialidades principales de la ciudad, las bancas para jardín las dan en 200 pesos mientras que las sillas de mesa las venden en 80.
Las ganancias deben cubrir las necesidades de los ocho miembros de la familia nahua.
Antes de empezar a fabricar los muebles, la familia entera lleva a cabo el ritual prehispánico Xochitlalli, que consiste en una ofrenda de comida a la madre tierra para demostrar el amor y agradecimiento por las “cosechas” realizadas y venideras.
Pedro Atilano Antonio y Floriberta Cipriano, de la comunidad otomí, tienen nueve años dedicándose a freír papas para venderlas en los mercados de León.
“Mi esposa pela las papas y yo las preparo y las voy a vender, a veces sale y a veces no, pero estamos mejor que en Querétaro, ahí no teníamos ni dónde vivir”, dijo Pedro Atilano.
Según datos del INEGI la comunidad otomí es la más grande en León, con tres mil 239 habitantes, seguida de la comunidad chichimeca con dos mil 142 y la nahua con mil 264.
En Guanajuato existen 14 mil 835 personas mayores de 5 años que hablan alguna lengua indígena.
Es necesario que a la par del diseño de programas de la sociedad civil para atender las necesidades de la población indígena, exista mayor integración gubernamental para lograr un verdadero avance hacia el reconocimiento de la igualdad de los pueblos étnicos.

Conviven con respeto

El modelo de educación oficial no tiene características para que los niños de comunidades indígenas se integren a las escuelas formales de enseñanza, por eso la comunidad optó por abrir su propia escuela con un método diferente de educación.

“Nuestro modelo de educación es distinto, trabajamos desde la cultura indígena, desde su propia lengua, en las escuelas formales de la SEP enseñan el conocimiento científico, nosotros enseñamos el conocimiento popular, existen distintos saberes y ninguno es mejor que otro, sólo son diferentes”, dijo Damaris Juárez, coordinadora de trabajo social del Centro de Desarrollo Indígena Loyola (CDIL).
El Centro Educativo Intercultural Nenemi, integrado al CDIL, acoge a las cinco comunidades y enseña a convivir con base en el respeto y tolerancia bajo un modelo bigrado, cuenta con tres grupos de primaria y cada uno de éstos no rebasa los 30 niños.
Nenemi no cuenta con apoyos gubernamentales, todo el trabajo se desarrolla en base en el trabajo altruista, donde dan prioridad a la enseñanza aplicada al campo y a la preservación del idioma.
La escuela también trabaja con un huerto donde se practica la siembra de plantas medicinales como la yerbabuena, la milpa o el ajenjo, la siembra de cultivos tradicionales de cada comunidad y la forma de utilizar estos recursos en la vida cotidiana también forman parte de las enseñanzas.
“Nenemi significa caminar en español, y se trata de caminar todos juntos, apoyándonos unos a otros, estas comunidades son parte de nuestra propia historia, no podemos dejarla morir”, dijo Damaris Juárez.
“La idea es que a diversidad no sea un impedimento para el aprendizaje sino que se enriquezca la experiencia, todo este conocimiento se ha hecho a un lado, lo que queremos es recuperarlo para valorar el saber que estas culturas han obtenido a lo largo de la historia”, agregó.
Los alumnos salen de la primaria con la posibilidad de integrarse a escuelas secundarias externas, sin embargo al hacerlo se encuentran con serios problemas de inclusión, racismo y bullying.
Debido a esta problemática, la escuela los apoya con el Proyecto Acompañamiento, que trata de brindar un apoyo académico y vigilar el progreso social y sicológico de los niños indígenas.
Inequidad educativa

Según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) existe un fuerte rezago educativo en las comunidades indígenas.
La presidenta del INEE, Sylvia Schmelkes, habló durante el X Congreso Nacional de Escuelas Particulares de la inequidad en el acceso al conocimiento entre la población indígena y las sociedades con mayor poder adquisitivo.
“Si se nace en una zona rural, se vive en una zona de alta marginación, si se pertenece o no a una familia indígena, o en general, si se pertenece a una clase inferior en la escala de ingresos del país, no se tiene el mismo acceso a la educación que las clases que sí cuentan con un poder adquisitivo”.
La Presidenta del INEE dijo que existe una brecha de al menos 20 años entre los niveles educativos entre la sociedad contemporánea y las comunidades indígenas.