Yo cumplo con escribir: José Agustín

México
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A los 20 años con la publicación de su irreverente novela ‘La Tumba’ en 1964 se volvió escritor y superestrella. Hoy a sus 69 años recuerda en una ent

En 2014, Jos

“Sixty-nine is divine!”, celebra José Agustín. Hoy, el escritor acapulqueño cumplirá 69 años de edad. Y el 9 de septiembre sumará medio siglo casado con “La Divina” Margarita Bermúdez. Y en 2014 agregará otro cincuentenario: la publicación de “La Tumba”, la irreverente novela que lo convirtió en una superestrella literaria en 1964, cuando apenas tenía 20 años.
Su voz es tan suave que se oye apenas como un rumor de viento. Camina despacio, arrastrando una leve cojera en la pierna derecha. Son las secuelas de la fama.
El 1 de abril de 2009, tras dar una conferencia en el Teatro de la Ciudad de Puebla, chorro mil chavitos invadieron el escenario en busca de un autógrafo o una fotografía con el maestro. Lo fueron empujando hacia atrás hasta que se acabó el escenario y José Agustín cayó de más de dos metros de altura. Fractura de cráneo, seis costillas rotas y ocho días en terapia intensiva.
-Chucho, todo el tiempo que estuve en el hospital, ¿qué hacían conmigo? -le preguntó a su hijo Jesús Ramírez-Bermúdez, escritor y doctor en Neuropsiquiatría.
--Ay, papá, te salvamos la vida. Todo mundo juraba que no salías de esa.
Pero a José Agustín se le olvida la cojera y su susurro se convierte en un grito cuando observa, de reojo, a un perro que traspasa la barda y se mete al jardín de su casa de Cuautla. Se levanta de su escritorio con la agilidad de un muchacho y echa al intruso de su territorio. “Nietszche” y “Tonatiuh” -sus perros- se levantan de su letargo y secundan a su dueño con ladridos.
José Agustín se vuelve a sentar en su escritorio. Desde su lugar observa una pared con las fotografías del filósofo zen D. T. Suzuki, Emiliano Zapata, Sigmund Freud, C.G. Jung y Aldous Huxley. Junto a su computadora lo acompañan los retratos de su abuelo, el general revolucionario Tomás Gómez y su tío Alejandro Gómez Maganda, gobernador de Guerrero que no terminó su periodo por diferencias con el presidente Adolfo Ruiz Cortines.
“Sixty-nine is divine!”, dice José Agustín citando “MASH”, la película de Robert Altman, estrenada en 1970, que parodia la guerra de Vietnam. Y recuerda. Su memoria recrea con precisión escenas que ocurrieron hace cinco décadas. Diálogos, lugares, emociones.
-¿Por qué decidió firmar José Agustín y excluir sus apellidos Ramírez Gómez? -le pregunto.
-Mi tío José Agustín Ramírez no tuvo hijos y cuando vio que mi mamá se había embarazado, le dijo: “Hilda, se me hace que vas a tener un hijo varón. Si es así, ¿le pones por favor mi nombre? No tengo a nadie que lleve mi nombre”.
-Claro que sí, Pepe.
José Agustín Ramírez Altamirano (1903-1957) fue uno de los compositores populares de la primera mitad del siglo 19. Formó el grupo Los Trovadores Tamaulipecos con Lorenzo Barcelata, Ernesto Cortázar, Alberto Caballero y Antonio García Planes.
El quinteto cautivó a los presidentes Plutarco Elías Calles y Emilio Portes Gil. José Agustín Ramírez compuso “La acapulqueña”, “La sanmarqueña” y “Los caminos del sur”. Hay canciones como “María Elena”, cuya autoría se atribuye a Barcelata, pero que pudo ser escrita por Ramírez.
-Cada rato estaba yo en Acapulco -recuerda José Agustín -y me paraban y me preguntaban, “¿cómo te llamas?”. Yo respondía: “José Agustín Ramírez”. “Ay, sí; ay, sí, como el compositor”. Y yo estaba en esas etapas de la vida muy mamilonas en las que dices: “Yo destaco por mí mismo”.
El nombre José Agustín se volvió icónico para la literatura mexicana que se escribió a partir de 1964. Junto a su nombre, se hizo famosa la fotografía de un hombre de tez morena clara y ojitos pequeños detrás de unos profundos lentes de miope.
Sixty-nine is divine!: José Agustín ya no usa más esos anteojos y sus ojos aparecen grandes y se distingue su color verde oscuro. En una operación de cataratas aprovecharon para corregirle la vista y “ahora veo al puro pedo”, dice.
José Agustín coqueteó con la idea de ser dibujante o pintor como su hermano Augusto, pero se decidió por la literatura. Su padre fue un piloto, oficial de la Fuerza Aérea que se hizo piloto civil en Mexicana de Aviación.
-Pepe, ¿tú qué vas a hacer en la vida? -le preguntó su padre cuando era adolescente.
-Voy a escribir.
-¿Pero viven de algo los escritores? -replicó.
-Yo no sé, pero hay escritores y esos güeyes viven de algo, y de eso que viven ellos yo voy a vivir.
Y escribió con fervor desde adolescente: obras de teatro, poesía, cuentos y un par de novelas. Montaba unas tablas sobre una falsa chimenea en la sala de su casa, situada en Palenque 15, Col. Narvarte, Ciudad de México. Una máquina Olivetti Letrera 44 con la que tecleó “La tumba”.
Fue la época de su efímero matrimonio con Margarita Dalton, que duraría un mes: una apresurada boda en un juzgado civil de Tlalnepantla entre dos menores de edad que, al casarse, adquirían la mayoría de edad y, de esa manera, obtenían la visa para viajar a la isla de Cuba, en donde triunfaba la primera revolución de la Guerra Fría y ellos se iban a descubrir y alfabetizar. 
El matrimonio con Dalton se disolvió pronto y José Agustín se casó por segunda vez. De 19 años, contrajo nupcias con Margarita Bermúdez, una rubia “de una belleza de perfecciones leonardianas” que, 50 años después, sigue pendiente de su marido: le alcanza una cerveza clara al principio de esta conversación y se asoma cada tanto para preguntar si se ofrece algo.
Y la escritura le costó años de penurias. Redactor de revistas, colaborador free-lance de periódicos, José Agustín vivía endeudado y en busca de la beca del Centro Mexicano de Escritores, en donde rechazaron sus proyectos dos veces y hasta la tercera lo admitieron.
Juan José Arreola se tardó un año en leer el manuscrito de “La tumba”, pero lo devoró en una hora y media y llamó a su autor un 19 de agosto, sin saber que le daba un regalo de cumpleaños: “Considérese un escritor, y de los buenos. Su libro es muy publicable y yo lo voy a editar”. José Agustín se fue de nalgas.
-¿La fama? -pregunta José Agustín 50 años después- la única Gran Fama que yo conozco es una panadería de la Narvarte... ¿pos cuál fama?, ¡no mames, si esto es literatura! -me dice cuando le pregunto cómo vivió convertirse en una estrella a los 20 años de edad.
Pero era cierto: “En tres meses, se publicaron más de treinta artículos críticos, sin contar menciones, chismes y entrevistas. Hubo domingos en que todos los periódicos hablaban de ‘La tumba’ o ‘De perfil’”, escribió el propio José Agustín en “El rock de la cárcel”.
Admite 50 años después: “Yo tenía 20 ó 21 y era superestrella. Llegaba la gente y se me quedaba viendo y se sorprendía: ‘¿Tú eres el que escribió esta madre?’”.
Mientras “La Tumba” cimbraba el panorama literario mexicano, José Agustín escribía obsesivamente “De perfil” en un departamentito de la colonia Del Valle. Cuando lo terminó, Emmanuel Carballo y Rafael Giménez Siles le pidieron el original para publicarlo con el sello de Ediapsa y venderlo en Librerías de Cristal.
-Esa novela no se las voy a dar, es para Joaquín Diez-Canedo. Siempre he querido publicar esa novela en Joaquín Mortiz -les dijo el veinteañero.
Giménez Siles levantó el teléfono y le habló a Joaquín:
-Don Joaquín, tengo en mis manos un libro excepcional. Si ustedes lo publican las Librerías de Cristal le compran 2 mil ejemplares de salida -dijo el librero.
Con esa cifra se pagaba la primera edición. Al firmar el contrato, Diez-Canedo le ofreció el adelanto de costumbre: 2 mil pesos. José Agustín quería comprarse una Smith-Corona eléctrica, la última novedad en máquinas de escribir, y le pidió 5 mil.
-Eso no le doy ni a Carlos Fuentes -le contestó el editor.
-Yo voy a ser más fregón que Carlos Fuentes -respondió el joven novelista.
Diez-Canedo sonrió y firmó el cheque.
Sixty-nine is divine!: en un muro superior, a la vista apenas al desviar la mirada a la izquierda de su escritorio, se acomodan los retratos de su madre, Hilda Gómez, junto a su abuela Plutarca Maganda. A un lado está el novelista ruso Fiódor Dostoievsky. En medio de esa galería sonríe un viejo de bigotes: es Joaquín Diez-Canedo.
Con “La Tumba” y “De Perfil”, José Agustín desacralizó la literatura mexicana. La mota, los hongos, el rock y el lenguaje de los jóvenes se convertía en la materia prima de una literatura tan disruptiva como estilísticamente cuidada. José Agustín atribuye ese rigor gramatical a las clases de filología que le dieron Guillermo Rousset y Florencio Sánchez Cámara. Además, acudía al taller literario de otro estilista, Juan José Arreola.
La respuesta del establishment cultural -como la llamó José Agustín- llegó en 1969. Margo Glantz reunió la antología Literatura joven de México (luego llamada Onda y escritura en México) y acuñó el término “literatura de la onda” para referirse a José Agustín, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Parménides García Saldaña y otros escritores de esa generación.
-Fue una reverenda mamada -dice José Agustín cuatro décadas después sobre el término de Glantz.
“Glantz dividió el mapa de la literatura en dos categorías irreconciliables: la onda y la escritura. Esta última era la buena, la que había que escribir, alentar y premiar; la onda era lo grosero, vulgar (...) con semejante reductivismo, la doctora Glantz mandó a la onda al museo de los horrores y propició que el establishment cultural condenara, satanizara y saboteara esa literatura”, escribió José Agustín en “La contracultura en México”.
José Agustín nació cerca del régimen de la Revolución mexicana. Su abuelo fue general maderista y su tío gobernador de Guerrero. Pero desde joven se definió cercano a la izquierda y a los movimientos populares, y crítico del PRI y la iniciativa privada.
Fumaba marighana y escribía sobre ella sin rubor. El 14 de diciembre de 1970, unos policías judiciales lo detuvieron en Cuernavaca con una lata de 60 gramos de hierba, lo mandaron a la cárcel de Lecumberri y le achacaron el tráfico de 17 kilogramos. En la cárcel coincidió con algunos dirigentes de 1968 y se reencontró con José Revueltas, de quien se volvió su cuadernazo.
Tras siete meses preso en los que escribió febrilmente la novela “Se está haciendo tarde” (final en la laguna), se granjeó su salida gracias a su talento literario. Angélica Ortiz -José Agustín había tenido un breve romance con su hija, la actriz Angélica María- le pidió al secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, que intercediera por él.
-En la cárcel hay un escritor muy bueno. Se llama José Agustín -le dijo Ortiz al funcionario.
-Díganle que me escriba una carta a ver qué se puede hacer -le mandó decir.
“Le mandé una carta que le pareció extraordinaria y en cierta forma debió haber sido, porque me sacó libre luego luego. Tanto que había sufrido con abogados, y Mollejas dijo: “Sale este cuate”.
El titular de la Procuraduría General de la República, Julio Sánchez Vargas, se desistió de la acción penal y en tres días el escritor estaba libre.
-Margarita, creo que ya es hora de tener hijos -le dijo a su mujer al salir de la cárcel.
Un año más tarde, nació Andrés; después Jesús -el neuropsiquiatra- y José Agustín, a quien llaman Tino.
-Yo tenía muchas ganas de buscar la niña, pero Margarita me dijo: “No, ve a buscarla con tu abuela, ya no aguanto otro parto más”.
-Tú estuviste en el bote por mota y ahora es probable que se legalice -le digo.
-A mí me parece muy bien, carajo. ¿No pudo haber sido así hace 40 años? Yo no traía casi nada, como 60 gramos de mota: un huato chiquito.
Sixty-nine is divine! Este 2013, José Agustín celebra también la reedición de su trilogía “Tragicomedia mexicana”, una crónica política, social y cultural del México de 1940 a 1994. Sus tres tomos han vendido cientos de miles de ejemplares y construyeron un relato crítico del régimen de partido de Estado, muy leído entre estudiantes.
Paradójicamente, fue el PRI quien le encargó el libro. José Agustín cuenta que Mercedes Certucha, funcionaria de la Dirección de Cinematografía (a quien el escritor identifica como jefa de prensa del PRI), le pidió “un texto ligerito” sobre la historia del País y le pagó 40 mil pesos. José Agustín le entregó una versión de unas 70 páginas.
-Su texto está a toda madre, pero bájele un poquito el volumen: nos pega pero duro -le dijo Certucha cuando recibió los manuscritos.
-No es nada comparado con lo que nos han pegado ustedes -contestó.
-Está muy duro, no lo voy a poder editar -le dijo.
Con ese manuscrito como germen, José Agustín se abocó a la redacción de una crónica detallada. Si lo invitaban a un estado a dar conferencias, aprovechaba para investigar: “Cuéntenme aquí quién se coge a quién y quién mató a los otros”, pedía.
Entre otros datos, José Agustín publicó que el presidente Carlos Salinas de Gortari le exigió a Luis Donaldo Colosio que renunciara a la candidatura del PRI. Lo hizo unas cuatro veces a través de emisarios. La última vez fue el 23 de marzo de 1994.
“Como se negó, Córdoba le dijo: ‘Aténgase a las consecuencias’”, escribió José Agustín. Esa tarde, en Tijuana, el candidato presidencial fue asesinado.
-Cuando escribiste la “Tragicomedia”, ¿te imaginaste que habría una transición hacia el PAN y que luego iba a regresar el PRI? -le pregunto.
-No, pensaba que teníamos PRI para toda la vida y parece que así es (ríe). Se van un ratito y regresan. ¡Qué país!
En la portada del primer tomo de la “Tragicomedia” -en las ediciones anteriores, con el sello de Planeta- aparecía un dibujo de Gabriel Vargas: la Familia Burrón en plena pachanga. Y cuando le pregunto qué le gusta de la literatura mexicana, responde de botepronto: La familia Burrón. Tanto que a su gata siamesa le puso Borola.
-De los escritores recientes -continúa- Juan Villoro y Enrique Serna son mis favoritos. Serna en especial. Y a Villoro lo conozco desde que tenía 8 años, le tengo un cariño enorme.
--¿Tu ruptura literaria hizo tradición, hizo escuela?
--No lo sé, mano, eso dímelo tú. Yo cumplo con escribir.