COVID en Sudáfrica: Un nuevo reto para el país, el escepticismo a la vacuna

Autoridades sanitarias de Sudáfrica aseguran que ahora se enfrentan a un nuevo reto contra el COVID, se debe al escepticismo contra la vacuna, la gente no quiere vacunarse.

Por: The New York Times

Un hombre espera para recibir una dosis de la vacuna contra la COVID-19 en Johannesburgo, Sudáfrica, el martes 30 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)

Un hombre espera para recibir una dosis de la vacuna contra la COVID-19 en Johannesburgo, Sudáfrica, el martes 30 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)

La detección de la variante ómicron en África señala la siguiente etapa de la batalla contra la COVID-19: conseguir que muchas más personas sean inoculadas en las naciones más pobres, donde las vacunas han sido más escasas, para impedir que se desarrollen nuevas mutaciones.

No obstante, aunque los líderes mundiales en ocasiones hablan de esto como si se tratara en gran medida del envío de dosis al extranjero, la experiencia de Sudáfrica, al menos, deja entrever un conjunto de retos mucho más complejo.

Al igual que muchos países pobres, Sudáfrica se vio obligada a esperar meses para recibir las vacunas, ya que los países más ricos las monopolizaron. Muchos países todavía no tienen ni de lejos las dosis suficientes para inocular a su población.

Los problemas no han terminado a pesar de que las vacunas empezaron a llegar en mayor cantidad.

Una infraestructura de salud pública descuidada y sin fondos suficientes ha ralentizado su entrega, en especial en las zonas rurales, donde los problemas de almacenamiento y de personal son habituales.

Ahora, hay cada vez más señales de que en algunas partes de África, así como en el sur de Asia, el escepticismo o la franca hostilidad hacia las vacunas contra la COVID-19 puede ser más profunda de lo esperado, incluso cuando se está extendiendo la nueva y quizá más peligrosa variante ómicron. En África, al menos tres países ya han notificado casos de contagios con la variante ómicron: Sudáfrica, Botsuana y, el miércoles, Nigeria.

La profunda desconfianza en los gobiernos y en las autoridades médicas, en especial entre las comunidades rurales y marginadas, podrían estar retrasando las campañas de vacunación. El legado de la explotación occidental y los abusos médicos durante y después del colonialismo también influyen con bastante peso.

La desinformación que circula por las redes sociales suele llenar el vacío, en parte procedente de Estados Unidos y Europa, donde el rechazo a las vacunas también ha sido un problema.

“No hay duda de que las incertidumbres sobre las vacunas son un factor que influye en el despliegue de estas”, afirmó Matshidiso Moeti, directora de la Organización Mundial de la Salud (OMS, por su sigla en inglés) en África. Las noticias o los rumores sobre los posibles efectos secundarios, dijo, “se eligen y se comentan, y algunas personas se asustan”.

Pocos días antes de que se detectara por primera vez la variante ómicron, las autoridades sanitarias sudafricanas rechazaron los envíos de dosis de Pfizer-BioNTech y Johnson & Johnson, ante la preocupación de que sus reservas de 16 millones de vacunas pudieran estropearse ante la demanda insuficiente.

Aunque solo el 36 por ciento de los adultos sudafricanos tienen un esquema de vacunación completo, las vacunaciones diarias ya han disminuido, según las estadísticas del gobierno.

Namibia, Zimbabue, Mozambique y Malaui también les han pedido a los fabricantes de vacunas y a los donadores que retrasen el envío de más vacunas porque no pueden utilizar los suministros que tienen, según varios funcionarios sanitarios que participan en el esfuerzo de distribución de vacunas a las naciones en desarrollo.

Las investigaciones han revelado de manera sistemática que factores como la desconfianza de la población y la distribución desigual de las vacunas pueden aumentar las dudas sobre estas en cualquier país, pero estos problemas a menudo han sido más frecuentes en los países más pobres durante la pandemia, comentó Saad Omer, investigador de salud pública de la Universidad de Yale, y han tenido un efecto más profundo.

Las campañas públicas de información y las entregas de vacunas planificadas con cuidado pueden contrarrestar la desconfianza, pero son escasas.

“En esencia no se ha invertido en educación o promoción de vacunas en los países de bajos ingresos”, señaló Omer. “¿Por qué esperamos que todo lo que tengamos que hacer sea dejar las vacunas en un aeropuerto, tomar la foto y que la gente venga corriendo al aeropuerto a recoger la vacuna?”.

Solo uno de cada cuatro trabajadores sanitarios en África está vacunado, según los funcionarios de la OMS. En varios países, menos de la mitad dice tener intención de vacunarse.

Sudáfrica, la desconfianza contra autoridades los hace dudar de la vacuna contra COVID

En la India, los trabajadores sanitarios han encontrado una resistencia a veces violenta en las comunidades rurales. Los índices de indecisión a la hora de vacunarse se acercan al 50 por ciento entre las personas que no han terminado el bachillerato. En algunas partes del país, más de una tercera parte de las dosis se echan a perder debido a la escasa demanda.

Aun así, muchos están deseosos de vacunarse. A principios de este año, cuando las dosis estuvieron disponibles por primera vez en Sudáfrica, una tercera parte de los adultos del país se vacunaron de inmediato, un patrón que se está repitiendo en otros lugares.

Los expertos insisten en que incluso una aceptación parcial ralentizará la propagación de las variantes nuevas o existentes, pero eso puede no ser suficiente para lograr los altos índices de vacunación necesarias si el mundo quiere dejar atrás la pandemia.

En Sudáfrica, la desconfianza en las autoridades gubernamentales y médicas es anterior a la COVID-19, pero una serie de contratiempos con el despliegue de la vacuna, así como las acusaciones generalizadas de corrupción en medio del cierre de actividades del año pasado, han aumentado el malestar de la población.

Una mujer recibe una dosis de la vacuna contra la COVID-19 en Johannesburgo, Sudáfrica, el martes 30 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)

“Hay una falta de confianza en la capacidad del sistema de salud pública para suministrar vacunas”, dijo Chris Vick, fundador de Covid Comms, un grupo sudafricano sin fines de lucro.

El grupo ha celebrado sesiones informativas sobre las vacunas, pero superar el escepticismo no es fácil. Después de una sesión en el municipio de Atteridgeville, en Pretoria, una joven de 20 años que asistió afirmó que no la habían convencido.

“Creo que la COVID-19 no es real”, dijo la joven, Tidibatso Rakabe. “Están jugando con nosotros, con los políticos y con todo el mundo”.

Muchos dicen que les temen a los efectos secundarios.

A principios de este año, los informes sobre coágulos sanguíneos en extremo raros llevaron a Estados Unidos a suspender por un breve periodo el suministro de la vacuna de Johnson & Johnson, lo que llevó a Sudáfrica a retrasar su distribución a los trabajadores de la salud. Ambos países decidieron reanudar las inyecciones tras concluir que eran seguras.

El gobierno sudafricano celebró sesiones informativas periódicas, pero éstas se hicieron por televisión y en inglés, cuando la radio sigue siendo el medio más poderoso y la lengua materna de la mayoría de los sudafricanos no es el inglés.

Los sistemas de registro en línea también dejaron fuera a millones de personas que no tienen acceso habitual a internet.

Las acciones para mitigar los efectos del confinamiento se vieron empañadas por los escándalos de corrupción, en los que la portavoz del presidente se vio obligada a dimitir. Más tarde, el ministro de Sanidad también dimitió después de que se descubrió que su oficina adjudicó de manera fraudulenta un contrato de comunicación de 9 millones de dólares.

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CAZ

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