¿Es posible un buen matrimonio sin amor?

El amor nos convoca enteros, no solo a una parte.

Por: Redacción AM

FOTO: Google

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Me casé por un equivocado convencionalismo según el cual ya sobrepasaba la edad casadera, por lo que, sin sentir verdadera atracción, acepté como novio a alguien que era muy bien visto en mi entorno social por ser una buena persona, profesionista y de buenas familias. 

Ciertamente era un buen partido, y nadie coartó mi libertad al tomar la decisión de acompañarlo al altar cuando me lo pidió, sin amarlo verdaderamente. 

Sin embargo, era consciente de cierta frustración en mi interior, pues tenía la natural disposición al amor, es decir, yo no amaba a nadie, pero amaba amar y buscaba a quien amar… enamorándome.  

Algún escrúpulo tuve sobre la condición de mis sentimientos y se lo expuse a mi madre que me dijo: -No te preocupes, si tienes la voluntad, estoy segura de que lo querrás mucho, él te conviene y sí se encuentra muy enamorado de ti.  

Pensé que tenía razón. 

-Bien… -Me dije a mi misma-: “porque será mi esposo lo amaré”, es cosa de voluntad. 

Fue así que en la ceremonia me escuché decir: “prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida”, un amor debido en justicia que debió partir desde un motivo profundamente distinto: “porque lo amo es que será mi esposo”. 

Debió ser así, porque no es lo mismo el acto de contraer matrimonio, que el desarrollo de la vida matrimonial, en la que las pruebas de sus claroscuros iniciales cuentan con el previo enamoramiento, que luego se ha de convertir en el amor conyugal, como la crisálida que abandona su capullo convertida en mariposa.  

Y no lo fue, porque me había perdido una primera y vital fase en el proceso amoroso para llegar al matrimonio: la que despierta la necesidad de estar juntos, la de que la separación se haga penosa e insoportable, de vivir con todos los sentidos la mutua atracción. De desear convertirnos “en uno” con un efecto transformador recíproco. 

Saltarse esta etapa tan necesaria puede tener efectos penosísimos que luego se traducen en disfunciones, vacíos, dudas, frustraciones.  

Tal verdad se puso en evidencia cuando, aun aplicando toda mi voluntad e inteligencia para ser lo que yo consideraba una buena esposa, no lograba una buena comunicación, ni la espontaneidad del íntimo abrazo, la alegría de compartir o el simple tomarnos de la mano amorosamente por la calle, como lo observábamos en otras parejas. 

Solucionar la más de las veces es encontrar paliativos a un problema, mientras que resolver es atender las causas que lo originan. Yo había solucionado mi soltería, mas no había resuelto mi vocación al amor. 

Aparentábamos por ello ser un matrimonio sin serlo verdaderamente, y comencé a comprender que aun cuando me había propuesto amarlo, en realidad no había obrado con rectitud de intención, y lo estaba haciendo sufrir mucho en su autoestima.  

Lo mío, aun con la mejor de las intenciones, solo era un sucedáneo del auténtico amor. 

Las oscuras nubes del rompimiento se cernían constantemente en nuestro horizonte, y sintiéndome responsable, me decidí a hablarle con la verdad y pedirle perdón, reconociendo mi falta de correspondencia, tan necesaria para que dos seres se entrelacen íntimamente. 

Lo hice reconociendo que había antepuesto mi propio interés al bien de su persona, y no había valorado su amor desde un principio. 

Sabía que me amaba, así que lo hice consciente de que la careta de la mentira solo desaparece ante quienes nos quieren de verdad. 

Para mi gran fortuna, mi esposo siguió fiel a su compromiso haciéndome consciente de que nuestro matrimonio conservaba intacta su validez, por lo que no solo no me pidió la separación, sino que con gran calidad humana se esforzó en el principio: “pon amor donde no hay amor y recibirás amor”. 

Y lo logró, a Dios gracias. 

Ambos estuvimos seguros de nuestra correspondencia después de muchas experiencias que hicieron finalmente posible ese engendrarse entre dos uniéndose en su ser y en su obrar. Como en un doloroso parto en el que existe sangre, sudor y lágrimas. 

Es usual oír que el amor es cosa del corazón y que este conoce mejor que la razón… o justamente al revés, lo que lleva al matrimonio más por conveniencia. O que es posible amar solo a golpes de voluntad, porque el corazón nada siente ni nuestras entrañas se conmueven. 

La verdad y la lección aprendida es que son necesarios tanto la inteligencia, como la voluntad y el corazón. 

Es así, porque el amor conyugal por su naturaleza tiene una estructura y una dinámica por los que no es posible amar solo con una parte de nosotros, sino que nos convoca enteros. Es decir, en toda nuestra naturaleza humana integrando lo bioquímico, la pasión, los sentimientos, inteligencia y voluntad. 

En una entrega plena y total. 

  

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