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¡Esos eran clásicos!

Entre el León y el Unión no veíamos un futbol vertiginoso, pero sí tiros para herir al enemigo

Por: Redaccion AM

'La Tota' Carbajal fue una figura mítica de ambas escuadras. Foto: MexSport

'La Tota' Carbajal fue una figura mítica de ambas escuadras. Foto: MexSport

Con las tristes noticias del fallecimiento de Juan Carlos Czentoricky y el ahora sí inicio del fin de La Martinica, es inevitable el recuerdo del futbol de antaño en nuestro bonito León con la Fiera y el Curtidores.

Es más, rememoro esos años hasta con el hecho de que ahora Puebla tendrá dos equipos. Pura envidia la mía…

La última vez que se pudo tener dos cuadros de Primera fue en el 99 con el ascenso del Unión.

Luego, en hechos ya conocidos por todos, los curtidores fueron vendidos y el León comenzó un camino hacia el descenso.

Czentoricky fue parte de un equipo albiazul que llegó por invitación al máximo circuito bajo el mando de Carbajal. Fue un conjunto formado por jugadores que merecían una oportunidad, para algunos la primera, para otros la segunda y para unos más, la última.

Estamos hablando de una temporada 74-75 cuando en nuestro terruño coincidió la garra con lo que llamo la generación más elegante de un León al que lo único que le faltó fue el título.

Ahí comenzó todo, una guerra civil que duró varios años caracterizada por el verde contra el azul; separada por dos estadios: el León y La Martinica; y protagonizada por unos guerreros cuyas armas eran el buen toque, la clase, la entrega y un orgullo muy arraigado a no perder.

Miranda, Razo, Santoyo, Albrecht, Gómez, Chávez, Ayala, Davino, Salomone, Batocletti, Mantegazza, Lugo, Czentoricky, Fuentes, García, Cuevas, Dávila, Villalobos, Vargas, Maciel, Rocha, Carrillo, Jaramillo, Tabaré, Sánchez, Lizardo, Zacarías, Cardaccio… Sin duda alguna, apellidos que juntos, enfrascados en una cancha, eran sinónimo de una bomba que estallaba con el pitazo inicial.

Esperábamos con ansiedad la semana del clásico leonés. Para nosotros, los hijos de estos jugadores, la semana previa al encuentro era de sentar los retos y las apuestas que tenían el destino de pegar más en la dignidad que en el bolsillo, de todos modos dinero no teníamos.

Para nosotros, la semana posterior era de salir con el pecho al frente o de aguantar la terrible carrilla por haber perdido. Esto último, la verdad que era insoportable.

Fuera en el León o La Martinica, parecía que todos los barrios de la ciudad se aglomeraban ahí, cada quien con sus banderas, playeras y porras, pero eso sí, unidos en los 90 minutos por la misma cerveza.

Entre el León y el Unión no veíamos un futbol vertiginoso como ahora, pero nos deleitaban con toques de balón y tiros a la portería que tenían la intención de herir al fraterno enemigo y vencerlo.

Tanta fue esta rivalidad que la misma traspasó las canchas profesionales. Años después, a muchos de estos jugadores los vi enfrentarse en la Liga de Veteranos y si bien el campo de batalla ya no era empastado, eso era lo de menos; la defensa del orgullo felino y el unionista seguía representando lo más importante y alrededor de la cancha se vitoreaban a los héroes, lloraban a los derrotados y consumían la misma cantidad de cerveza.

Me falta espacio para seguir hablando de estas épicas batallas. Por ahora, sólo es rendir un breve homenaje a la memoria de Czentoricky y a esos compañeros de su época que hoy lloran su partida.

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