Opinión

En la primera línea de batalla

En agosto de 1779 llegó a México "el otoño de la muerte", una de las epidemias más devastadoras de que hay registro.

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Por: Héctor de Mauleón

En agosto de 1779 llegó a México "el otoño de la muerte", una de las epidemias más devastadoras de que hay registro. El virrey de Branciforte había publicado un bando con instrucciones para enfrentar la epidemia.

Llevar a los enfermos a una casa distante y opuesta al viento. Encender hogueras en los lugares donde hubiera contagiados, a fin de purificar el aire. Sahumar las cartas que llegaran de lugares infestados, y aislar a quienes hubieran transitado por estos. Desde luego, la epidemia no cejó.

El médico francés Henri Etienne Morel convenció al virrey de que era necesario inocular a la población: transmitirle materia de la pústula de viruela humana, para tratar de obtener un contagio menos violento y agresivo.

Morel solo logró inocular a siete personas: al resto de la población le pareció una locura meterse en el cuerpo el veneno que estaba aniquilando a miles.

Cuando el brote volvió en 1797, el inglés Edward Jenner descubría, en el ganado, la vacuna contra la viruela: un procedimiento que garantizaba la inmunidad y no provocaba sino algo de fiebre y leves alteraciones en el cuerpo.

El rey Carlos IV entendió que el descubrimiento de Jenner era crucial para detener las catástrofes demográficas que desde 1520 —en periodos de 15 o 18 años— despoblaban al Nuevo Mundo, y emitió una real orden para que se organizara una expedición científica que llevara la vacuna al otro lado del océano.

Al frente de la expedición quedó Francisco Xavier Balmis, un cirujano que se había fogueado entre los enfermos de sífilis del Hospital del Amor de Dios y que más tarde había dirigido el Hospital de San Andrés (en la calle de Tacuba, donde hoy se halla El Caballito).

La expedición zarpó de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. A bordo iba la señora Isabel Cendala y Gómez, considerada "la primera enfermera en la historia de la salud pública en México".

Iban también 22 niños expósitos —cuyas edades fluctuaban entre 8 y 10 años— que serían vacunados de brazo a brazo durante la travesía, a fin de mantener activa la vacuna antivariolosa.

La travesía por mar duró ocho meses a bordo de una fragata de vela. En una relación escrita por Balmis, Isabel Cendala aparece "asistiendo y cuidando en sus sufrimientos", día y noche, a los pequeños portadores de la vacuna.

La expedición pasó por Puerto Rico, Venezuela y Cuba y llegó a Veracruz bordeando Yucatán. Para entonces era julio de 1804. Balmis no tuvo la recepción que esperaba. Solicitó que le entregaran varios sujetos receptivos para "perpetuar" la vacuna a través de ellos, pero el Ayuntamiento se negó a dárselos.

El médico tuvo que escribir al gobernador, quien le franqueó a diez soldados del regimiento: de ese modo desapareció "el peligro de perder un tesoro que se había conservado a costa de tantos trabajos".

Meses más tarde, en el brazo de 26 niños mexicanos de entre cuatro y seis años de edad, la vacuna partió en la Nao de China rumbo a Filipinas.

Balmis murió en la miseria en 1820. Isabel Cendala regresó de Filipinas y radicó en Puebla con su hijo.

La vacuna se propagó por Filipinas, Macao, Cantón y China. En México, se extendió a lo largo del virreinato. Durante siglos, el nombre de Isabel Cendala permaneció en la penumbra, sepultado entre viejos archivos.

Conviene repetirlo ahora que enfermeros y enfermeras de todo el mundo ocupan la primera línea de batalla contra la peor epidemia en medio siglo.


 

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