Opinión

Líderes que inspiran (Juan José Torres Landa)

En 1967, Guanajuato capital era una ciudad impoluta con un acceso amplio de jardines y blancas casas ordenadas alrededor de la cañada. Le decíamos “Los Pastitos” al lugar que recibía, como ninguna otra puerta de entrada en México, a sus visitantes.

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Por: Enrique Gómez Orozco

En 1967, Guanajuato capital era una ciudad impoluta con un acceso amplio de jardines y blancas casas ordenadas alrededor de la cañada. Le decíamos “Los Pastitos” al lugar que recibía, como ninguna otra puerta de entrada en México, a sus visitantes. Era una visión. Era la obertura al genio del gran gobernante de los sesenta. 

Ese año Juan José Torres Landa había terminado la transformación más grande que se haya dado en la historia del Estado. Con apenas 2 millones de habitantes, la tercera parte de la población actual, aplicó todos los recursos a su alcance para lograr la integración y modernización de todo lo que pisaba.

Ninguna ciudad o pueblo, por pequeño que fuera, quedaron al margen de la inversión. Se construyeron cientos de escuelas con el diseño del gran arquitecto Francisco Artigas; caminos y más caminos abrieron el circulante del campo; se transformó un río de Guanajuato en una calle subterránea que nos regresa a la vida colonial y así podemos disfrutar sus centenarios puentes en arco. Una obra de arte donde antes era un albañal. Se rescató el espacio público de la Alhóndiga de Granaditas y la calle del mismo nombre. 

Tardaría horas en narrar la obra transformadora de Juan José “El Grande”. Todo nació en una visión, en un despliegue de vitalidad en la palabra y en la acción. 

Mi padre, quien tuvo la enorme satisfacción de participar en ese anhelo de crear un “Guanajuato Eterno”, contaba las escasas pero precisas palabras que le dijo el licenciado Juan José cuando lo nombró secretario de Finanzas:

Nos vamos a subir a un tapanco tan alto que no haya dinero que nos pueda comprar, porque el privilegio de servir a tu tierra no tiene precio”.

Palabras sencillas para indicar un camino de honestidad. Luego le diría:

La Constitución no me permite reelegirme para alargar el mandato, pero nadie nos impide trabajar de día y de noche”. 

Parecía una broma trabajar de día y de noche sin parar. Así fue. Las obras se hacían en tiempo y presupuesto. Un ejemplo: la ciudad deportiva Enrique Fernández Martínez en León, se construyó en 120 días con un presupuesto de 8 millones de pesos, incluidas canchas, el auditorio y la alberca olímpica. 

De día y de noche se abrieron los bulevares López Mateos de León y Celaya. Sin parar se rescató el Convento de Yuriria y la plaza de Irapuato. Se construyeron presas, canales de riego; se arreglaron plazas públicas y atrios; mercados y escuelas. Un trabajo febril que transformó también la producción agropecuaria e industrial. 

En 1961 el presupuesto del Estado era de 40 millones de pesos. (El equivalente a 2 mil autos pequeños como un Vocho). Al finalizar el sexenio en 1967 se había cuadruplicado hasta 160 millones.

Por más cuentas que hacemos no superaba el equivalente de mil millones de hoy, el presupuesto de cualquier ciudad media de Guanajuato. 

A pesar de la estrechez, el líder tenía grandes proyectos agrupados en el “Plan Guanajuato”. Nada ni nadie lo paró. 

Los presidentes Adolfo López Mateos y luego Gustavo Díaz Ordaz tuvieron toda la confianza en su mirada del futuro: le extendieron avales. El entonces secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, permitía que Guanajuato se endeudara con entidades extranjeras o financieras locales. Desde Bélgica llegaban créditos al 5% a tasa fija, entonces no había inflación. 

Al final del sexenio la deuda de Guanajuato era de 570 millones de pesos, casi cuatro veces el presupuesto anual. Guanajuato estaba hipotecado porque había requerido mucho dinero para su transformación. 

Cuentan que un periodista le preguntó a Juan José, ¿por qué dejó esa deuda? La célebre respuesta fue: “porque ya no pude conseguir más”. Para ponerlo en perspectiva, la deuda del Estado en 1967 era como si hoy debiéramos 300 mil millones de pesos. Casi cuatro veces el presupuesto actual de 83 mil millones. 

¿Saben qué? La inversión fue tan buena que se pagó mucho más pronto de lo previsto y con una fracción del ingreso. 

En 1987, el entonces gobernador Agustín Téllez Cruces llamó a Juan Ignacio Torres Landa para darle una cifra sorprendente:

Juani, acabo de hacer el último pago de la deuda del sexenio de tu papá, lo hice con el equivalente a 8 minutos de recaudación”. (Continuará)

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