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Y el padre también

La lucha política que despierta al país con la pesadilla de feminicidios, violaciones y asesinatos, nos hace repasar todas las injusticias del machismo enquistado en nuestra sociedad.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La lucha política que despierta al país con la pesadilla de feminicidios, violaciones y asesinatos, nos hace repasar todas las injusticias del machismo enquistado en nuestra sociedad.

Desde hace 20 años, con la capacidad de reconocimiento e identificación del ADN de cada persona, la ciencia brinda herramientas para castigar a violadores. Sin hacer descripciones forenses, sabemos que una violación puede revelar la identidad del criminal sin problema.

Antes para la mujer violada era un calvario sin la ciencia a su favor. La víctima debía dar explicaciones, detalles y pormenores del delito para lograr siquiera el inicio del proceso de investigación, juicio y castigo. Ya no. Si los rastros se identifican mediante la firma biológica del agresor, la investigación queda asegurada.

Recordemos el juicio iniciado contra el presidente Bill Clinton cuando dobla las manos ante la evidencia de su presencia en el vestido de Mónica Lewinsky. Cuando la joven becaria dijo tener una prenda impregnada por Clinton, el presidente tuvo que pedir perdón a los ciudadanos. Su talento y sus grandes logros como gobernante lo libraron de que lo echaran de la Casa Blanca.

Ahora el análisis genético permite saber con precisión al 100% quién es el padre, la madre o los hijos. Antes los hombres tenían la coartada perfecta para deshacer responsabilidades paternas. Negaban al crío y lo que sigue.

Millones de madres solteras (cabeza de familia) en México tienen que enfrentar a solas la manutención, educación y formación de sus hijos. Familias que resentirán la ausencia paterna en presencia y en aportación económica.

Por si fuera poco, a la mujer se le carga la totalidad de la responsabilidad de concebir y además el estigma de ser “ingenua o irresponsable” por haberse “dejado embarazar”.

Al menos hoy en los divorcios se obliga al padre a aportar parte de su ingreso para la manutención o la llamada “pensión alimenticia” de los hijos. Antes ni eso existía.

Y si la responsabilidad de procrear es de dos, las leyes deberían proteger a la madre y a la niña o niño mediante la obligación del padre de aportar para la manutención y educación de su descendiente.

Eso cambiaría las reglas del juego. La responsabilidad compartida evitaría muchos embarazos no planeados o no deseados. Sería un avance social significativo. Muchos pensarán que es algo imposible, que el hombre simplemente abandonará su responsabilidad, que se esconderá y no habrá poder en el mundo que lo haga participar en la manutención de su hija o hijo. 

Todas las leyes que ayudan a fortalecer la justicia para las mujeres pueden tener un inicio lento, pero al tiempo el mismo desarrollo político y social de su género ayudará al reclamo de justicia.

Hemos visto con alegría el avance del grupo LGBT en sus derechos, en su inclusión y el reconocimiento social a su libertad y felicidad. Millones florecen hoy en una comunidad que antes los estigmatizaba como aberraciones de la naturaleza. Incluso hoy las religiones dominantes no terminan de aceptar ese cambio.

Con las madres solteras en México hay una deuda política y social. Queda investigar si alguna sociedad más desarrollada las ampara con la contribución obligatoria del padre. Lo que sí sabemos es la protección otorgada por los escandinavos a la “mujer cabeza de familia”, término menos duro o discriminatorio. La constante de los países desarrollados (salvo Japón) es el ascenso económico, social y político de sus mujeres. Su avance es el de todos.
 

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