El mito del autoabasto

Aquí damos patadas ideológicas y lecciones de igualdad entre naciones a quien nos surte de granos. Un pleito perdido desde el principio. 

domingo, 15 de mayo de 2022 · 00:00

La pandemia y la guerra en Ucrania trajeron escasez y carestía. Primero desinflaron los mercados, después elevaron la inflación en todo el mundo. Los países pobres serán los más golpeados por la falta de trigo proveniente de Rusia y Ucrania. La India, el mayor productor, cerró sus puertas a la exportación porque teme faltantes para alimentar a sus 1,400 millones de habitantes. El maíz también subió como casi todos los productos agrícolas.

En Estados Unidos no sufrirán escasez aunque sí aumento de precios. La ventaja del vecino es que tiene una canasta enorme de producción en Kansas y en el llamado "Corn Belt" o cinturón del maíz, con una producción suficiente para su consumo y vender a México lo que necesita. Siempre que paguemos más y no inventemos guerras verbales contra ellos por defender a las tiranías de Latinoamérica como Cuba, Venezuela y Nicaragua. 

Una de las soluciones que plantea el Gobierno es lograr la independencia alimentaria, un sueño que si fuera posible tardaría años. Es lo mismo que la autosuficiencia en gasolina y otros planteamientos más parecidos a sueños de opio que a políticas públicas realistas. 

Del autoabasto familiar ni que hablar. Digamos que los campesinos son quienes tienen terreno dónde sembrar, sucede que son apenas 3 de cada 10 pobladores del país. El 70% de los citadinos pueden sembrar una maceta en sus urbanas propiedades, pero jamás producir lo necesario para el autoconsumo. La "seguridad alimentaria" de México depende de su productividad y el ahorro que pueda destinar a importaciones en tiempos de picos en precios. 

Había un fondo de 300 mil millones para eventualidades que dejó la anterior administración. No sabemos con precisión a dónde fue a dar. El Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y el aeropuerto Felipe Ángeles pudieron usar ese recurso. Lo mismo que subsidios directos a adultos mayores y a estudiantes que no trabajan ni estudian. En una economía con inversión y crecimiento vigoroso, podríamos generar recursos para subsidiar el precio de los alimentos básicos. Cuando menos mientras pasa la guerra y regresa a la normalidad el comercio mundial de granos. Los países del primer mundo no tienen problema en sacrificar una parte de su ingreso para subsidiar alimentos, su consumo es un porcentaje bajo de su gasto. 

Otro problema son los fertilizantes que han duplicado su precio. Con inversión extranjera o nacional, podríamos evitar importaciones de Rusia, y sin el miedo a los transgénicos, tendríamos una mayor producción por hectárea. Un agricultor local comenta que sembrar maíz se vuelve atractivo si logras rendimientos de 14 toneladas por hectárea en riego. Los precios elevados atraerán a más campesinos a sembrar trigo y maíz, siempre y cuando encuentren los fertilizantes para hacerlo. 

La visión global que tuvo el país prevendrá la escasez de granos. Los gobiernos neoliberales construyeron una economía basada en múltiples productos de exportación, entre ellos los agropecuarios cuyo valor es superior a todos los granos y alimentos que importamos. Diez veces más vale un kilogramo de aguacate que uno de maíz; cien veces más vale un kilo de autopartes que un kilo de trigo. 

Entre las desgracias populistas podemos recordar el gobierno de Luis Echeverría cuando  tuvo que importar maíz amarillo forrajero para que no faltaran tortillas. Sabía a demonios. Los países globalizados y prósperos, aunque no tengan agricultura, cuentan con ahorros para enfrentar problemas. 

Aquí damos patadas ideológicas y lecciones de igualdad entre naciones a quien nos surte de granos. Un pleito perdido desde el principio.