Conocer a Gabriel Jiménez Remus fue uno de esos privilegios que me otorgó la vida. Abogado jalisciense muy destacado, hizo una larga carrera política dentro del verdadero PAN; fue diputado estatal, federal y senador. Hispanista de cepa, soñaba con ser embajador ante España, anhelo que vio cumplido con la llegada de Vicente Fox a la presidencia.
Durante un viaje a Madrid para firmar un acuerdo con el Gobierno español, tuve oportunidad de visitarlo y comer con él. Le pregunté, entusiasmado, sobre su estancia como embajador, esperando una animada crónica sobre su desempeño en el ansiado puesto.
Para mi sorpresa, lo encontré meditabundo y un poco fastidiado. Me confesó su desencanto con la representación mexicana.
—”Estoy cansado —me dijo—, porque algo muy malo les sucede a los funcionarios mexicanos cuando vienen a España. Causan muchos problemas. El desenfreno es constante y es a la embajada a quien le toca arreglar tanto argüende. Para no ir más lejos, la semana pasada tuve que ir al museo Thyssen-Bornemisza a sacar de allí a un gobernador con su comitiva. Habían rentado la terraza para un brindis; eran las dos de la mañana y no los podían expulsar. Ya imaginarás su estado y el enojo de la policía española. Cosas como esa suceden continuamente”.
Pienso que Gabriel tenía razón. Una estancia en la capital española bien vale una misa… una suculenta comida y un recorrido de tapas por los bares del centro de Madrid.
Cuentan que, desde el lejano Guanajuato, se forman multitudinarias caravanas para viajar a la capital ibérica con el fin de “promocionar” el turismo hacia nuestra ciudad Patrimonio de la Humanidad, enclavada entre sierras y montañas. Desbordan hispanismo y empatía por la cultura española; no lo dicen explícitamente, pero se percibe que se sienten a la par.
España es nuestra casa en Europa; es como llegar al hogar de un pariente lejano en el cual descubres tu propia similitud, sumado a la seguridad que brinda comunicarse en el mismo idioma. Sin embargo, siendo uno de los países que más turismo recibe a nivel mundial, España está acostumbrada a muchas extravagancias. Entre ellas, las de la alcaldesa guanajuatense que, olvidando la tarea de gobernar, se dedica a la socialité y el modelaje.
Por decoro, deberíamos mantenerla anclada en la ciudad. No obstante, se autoorganizó una “toma de posesión” en la embajada de México como reina de la Asociación de Ciudades Patrimonio de la Humanidad de México. ¿Qué diantres tenía que hacer eso en España? Escandaliza la complicidad de la gobernadora y el embajador, quienes solo exacerban ese insano narcisismo que padecemos los cuevanenses.
Guanajuato conjuntó a más de 70 funcionarios-turistas para participar en actividades de promoción. Quieren que los europeos —especialmente los españoles— vengan a conocer ciudades novohispanas como San Miguel y Guanajuato, tan parecidas a las suyas.
Seguro que nuestra alcaldesa se desvivirá por llevarlos a ver las momias, una experiencia espeluznante; o al Museo de la Inquisición, para que se percaten de las supuestas maldades de los españoles en América. Incluso, se podría recomendar una fecha significativa para visitar la capital del estado: el 28 de septiembre, para que juntos celebremos la matanza de 400 gachupines en el interior de la Alhóndiga de Granaditas, bajo el frenesí del Padre de la Patria.
Ya en serio: si quisiéramos establecer lazos firmes con España, deberíamos empezar por enseñar bien la historia.
Urge desterrar el calificativo de “colonial”, un término inapropiado para referirse al período en que fuimos parte central del imperio español, especialmente Guanajuato con sus ríos de plata. Debemos combatir la Leyenda Negra y enseñar que la Inquisición no fue un tribunal eclesiástico, sino de la Corona Española; que no procesaba indígenas por ser neófitos en el catolicismo, y que su función era ser la contralora del clero para evitar malas conductas entre sacerdotes (cosa que, por cierto, no le cuadraba a Miguel Hidalgo). Y aclarar, de una vez por todas, que nunca utilizó los instrumentos de tortura que se muestran en ese museo del horror, propiedad de la alcaldesa, el cual debería clausurarse por engañoso.
Finalmente, deberíamos tornar en ceremonia de remembranza —y no de festejo— la desastrosa toma de la Alhóndiga. Nada se ganó y todo se perdió. Su verdadero significado fue el fin de la bonanza guanajuatense, sumiendo a toda la región en la pobreza. Las minas se inundaron y una lucha de diez años acabó con la prosperidad que había dejado anonadado al barón de Humboldt.
Solamente después de aprender a pensar nuestra realidad a través de los datos históricos correctos, se podrá diseñar una sólida política de intercambio, inversión y turismo que no requiera del ridículo para su promoción.
Démonos prisa.