Abnegación

Olga Sánchez Cordero dejó la Secretaría de Gobernación sin haber ejercido el cargo. Supongo que habrá pasado largas horas en la oficina de Bucareli, pero no llegó a conducir, en ningún momento, la política interior.

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Por: Jesús Silva-Herzog

Olga Sánchez Cordero dejó la Secretaría de Gobernación sin haber ejercido el cargo. Supongo que habrá pasado largas horas en la oficina de Bucareli, pero no llegó a conducir, en ningún momento, la política interior. A decir verdad, no parece que haya tomado posesión. El calificativo que se usó tantas veces para describir su función en el gabinete es severo, pero no es injusto. La ministra en retiro fungió de adorno: una presencia que le permitió al candidato y luego al presidente aparentar lo que no era. No cumplió una labor efectiva. Su trayectoria fue puesta al servicio de una simulación: hacer creer que el populista tenía un compromiso con la ley que jamás ha sentido. Se le invitó seguramente a una tarea imposible, pero su responsabilidad como observadora pasiva es enorme. Quedará el registro de su inacción y de todos sus silencios. Presa de la demagogia de un político al que sigue describiendo como "un hombre bueno," Olga Sánchez Cordero colaboró con un gobierno que ha impulsado una terrible regresión militarista y que emprende un severo proceso de deconstitucionalización. Olga Sánchez Cordero sirvió a un presidente que ha atacado incesantemente todos los núcleos de crítica y de independencia. No levantó la voz (por lo menos en público) por los valores que dijo defender antes de ingresar al gobierno. Cuando así convino al jefe, se fue en silencio.

El fracaso de Sánchez Cordero fue rotundo. No hay manera de endulzarlo. No es que hubiera ganado unas batallas y perdido otras. No es que durante un tiempo hubiera tenido eco para después perder ascendiente. No es que hubiera sido capaz de dar unos pasos en la dirección deseada, aunque no hubiera llegado a la meta. Quisiera poder pintar su paso por Gobernación en claroscuro, pero no encuentro colores claros para pintar su trance.

Nada de lo que la jueza se proponía avanzó realmente. Nada fue siquiera incorporado a la agenda del gobierno. Hasta en el ámbito más claro de su competencia fue ninguneada. Su conocimiento de la ley y de sus formas no encontró reconocimiento alguno. Es claro que las iniciativas presidenciales no pasaron por el filtro de su experiencia. El impulso agresivo contra los jueces y los órganos autónomos que han osado contradecirlo tampoco encontró en ella un impulso de moderación efectiva.

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Propuso un modelo de justicia transicional para superar los años de barbarie. Habló de sus columnas: conocer la verdad, hacer justicia, reparar los daños y ofrecer garantía de que el horror no se repetiría. Su propuesta se quedó en algún artículo, en varias conferencias y en discursos. No fue ni atisbo de política. Desde Bucareli, la secretaria fue espectadora de esa militarización que significa un terrible retroceso democrático. Defendió causas antes del gobierno que no impulsó desde el gobierno. La agenda progresista a la que se sumó en el último tramo de su función en la Corte no encontró en ella una aliada eficaz.

Se podría haber pensado que el reclutamiento de la abogada de larga experiencia judicial habría servido como una plomada de sensatez legal y de tiento constitucional. La invitación a la ministra parecía una especie de contrapeso que el tabasqueño contraponía a su propio instinto. Era llamativo que el hombre convencido de que las instituciones son armas de guerra llamara a una jurista para tener, muy cerca del oído, la razón contraria. Si alguna vez la tuvo cerca, no le prestó atención. La secretaria no se hizo oír y permitió el desprecio que se mostraba de manera pública y cotidiana. No exigió respeto y no lo recibió. La primera mujer en ocupar esa oficina aportó la más cuestionable de las virtudes políticas a esa inauguración histórica: la abnegación. Loca virtud es esa, decía Rosario Castellanos.

Recibe elogio la mujer que se sacrifica, la que se somete a los deseos del otro, la que oculta y silencia su voluntad. La que, después de la humillación, da las gracias al hombre bueno. 

Con todo, Olga Sánchez Cordero era una de las escasas figuras con biografía propia en el gabinete presidencial. Lo sustituye un hombre cuya credencial más importante es ser amigo de quien es amigo.

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