Opinión

Am, la huella del emprendedor (Recuerdos sueltos)

La historia de AM tiene el sello de la audacia y la imaginación de un gran emprendedor.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La historia de AM tiene el sello de la audacia y la imaginación de un gran emprendedor. Ernesto Gómez Hernández (q.e.p.d.). Mi padre amaneció siempre con la ilusión de construir. Cuando era adolescente comenzó a trabajar en La Estrella, la tienda del abuelo Everardo Gómez Mena, quien falleció en 1945.

León era pequeño y la calle comercial de 5 de Mayo albergaba las tiendas más conocidas, todas alrededor de “la reina” del comercio que era Fábricas de Francia de la familia Pons. Pronto se independizó en compañía de su hermano Fito con una tienda de aparatos eléctricos llamada la “General”, por los productos General Electric que distribuía en la ciudad.

Un día les ofrecieron una agencia de autos Dodge. La compraron a crédito y pudieron pagarla pronto porque el país crecía a más del 6% anual, con baja inflación. Luego se extendieron a Querétaro, Celaya, Guanajuato y años después a San Miguel de Allende. Fue en 1961 cuando el licenciado Juan José Torres Landa lo invitó a trabajar en su sexenio. Pensaba que lo llamaría a la Secretaría de Desarrollo Económico. Algo natural para su optimismo y creatividad.

Pocos días antes de entrar al poder, el nuevo Gobernador lo citó para decirle que le encargaría la Secretaría de Finanzas. “Necesito la ayuda de un hombre intachable y sé que tu familia y tu mamá, María Elena Hernández Torres de Gómez, les infundió la integridad que necesitamos. 

Porque quien maneja el dinero de Guanajuato debe ser honesto, y como la esposa del César, la gente lo debe saber”.

Luego le dio dos o tres consejos para guiar su conducta.

Nos subiremos a un tapanco tan alto, que no haya dinero que nos pueda comprar, porque el mayor privilegio es servir a Guanajuato y eso no tiene precio”.

Luego le entregó simbólicamente las llaves de la oficina. Mi padre, asombrado y aún muy joven, a sus 31 años le preguntó: ¿qué sigue Juan José? “Guía tu conducta siempre pensando en el mejor uso de los recursos y ya, no necesito decirte más”. El gran hombre sabía delegar.

Durante seis años Guanajuato tuvo la mayor transformación de su historia. Juan José decía que la Constitución no le permitía reelegirse, entonces lo que harían sería trabajar día y noche, tres turnos, en todas las obras y en todos los frentes del Estado. Había que conseguir dinero, tanto como se pudiera, así crecían los frutos de su esfuerzo. Y lo lograron.

En 1961, el presupuesto era de 40 millones de pesos. Al final terminó en 160 millones en 1967. Juan José consiguió un aval fuerte para Guanajuato: la firma del secretario de Hacienda, Don Antonio Ortiz Mena.

El funcionario federal creía a ciegas en el proyecto llamado “Plan Guanajuato”, así que consiguieron préstamos en la banca nacional, pública y privada; recurrieron a instituciones internacionales con ese aval. Obtuvieron en Europa muchos millones al 5% anual. El peso era estable y en esa década el país creció ininterrumpidamente, sin petróleo y sin desequilibrar las finanzas públicas.

Mi padre siempre recordaba esa época con gran nostalgia por la admiración que le tenía a Juan José.

Fue maestro y amigo”

, decía con orgullo. Mi padre fue “torreslandista” hasta el último día de su vida. Durante el sexenio no tuvo que preocuparse de los negocios, porque “Fito mi hermano se hizo cargo de ellos”. (Continuará)

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