Andrés, el sumo sacerdote y Manuel, el profeta

Handel compuso “Zadok the Priest” en 1723, interpretada para celebrar la coronación de los reyes ingleses. Una coral jubilosa donde se celebra la intercesión divina para dar el poder a la realeza. Zadok era el sacerdote que ungió a Salomón como rey del pueblo judío. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

Handel compuso “Zadok the Priest” en 1723, interpretada para celebrar la coronación de los reyes ingleses. Una coral jubilosa donde se celebra la intercesión divina para dar el poder a la realeza. Zadok era el sacerdote que ungió a Salomón como rey del pueblo judío. 

En 1953 fue la última coronación en Inglaterra donde la reina Isabel II es considerada la cabeza de la Iglesia Anglicana. En la narrativa de la realeza europea Dios era quien decidía el destino de los pueblos a través de sus reyes. Aunque nadie cree ya en eso, la tradición sigue amalgamando el sentimiento nacionalista con el himno que dice “¡God save de Queen!” y ¡“May the Queen live forever!” La letra sigue con el “¡Rejoice, rejoice!”

Viene esto a cuento por la última afirmación del Presidente quien dice: “La voz del pueblo es la voz de Dios”. Pero el pueblo necesita un intérprete, un sumo sacerdote o incluso un rey que sepa exactamente  lo que el pueblo dice y, claro, qué mejor sacerdote y profeta que Andrés Manuel. 

Jesús Sivla Herzog Márquez escribió ayer en AM el contrasentido de “La fe contra la ley”. Después del decretazo, debemos tener fe en el gobernante, una fe ciega donde se está a favor o en contra, en ningún lado más.  La ley es lo de menos; las reglas las fija el “Magnífico”, parafraseamos a Silva Herzog. 

La solidez ideológica de la 4T es de fango arenoso y movedizo. Cuando se quiere impresionar desde tribuna se saca la imagen del liberal Benito Juárez, quien transformó a México en república laica. Cuando la retórica populista llega al corazón del líder se recurre a la palabra de Dios para justificar la idea corrosiva de la división entre el pueblo y el no pueblo. 

Digamos que uno se siente pueblo, luego uno es pueblo, luego Dios habla a través de uno. Sería soñado decir que estas palabras son una interpretación de la voluntad divina porque soy pueblo. Cualquier lector diría que he perdido la cordura porque, o no soy pueblo o porque fumé alguna yerba y se me enredaron las neuronas más de lo que puedo imaginar. 

Como todos somos “el pueblo”, debemos sentir una gran falta de respeto de un presidente presuntamente juarista al decir que hablamos con la voz de Dios. Eso ni el pueblo ni nadie se lo cree. En la verborrea predomina la falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos, esa masa humana, variopinta y plural. Si decimos que Dios habla a través de la voz de los ciudadanos - una figura retórica más incluyente- cualquier persona pensante diría que estamos locos. 

Traer al ejercicio político y a la vida pública la interpretación de la voluntad divina, es poco ético en una república. Con todo respeto, en cualquier democracia moderna no son los profetas ni los sumos sacerdotes quienes deben decirnos qué es bueno o malo, qué debemos de hacer o no. A lo más, son las leyes y su cumplimiento lo que debe prevalecer. Y esas normas las establecen los congresos, los verdaderos voceros del pueblo, o mejor dicho, de los ciudadanos. Brincar del laicismo juarista al mesianismo tropical no tiene futuro de transformación verdadera. Amén.

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