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Argumentos ‘ad Hominem’ contra Borges, Russell y Einstein

Pocas cosas me parecen tan vergonzosas como intentar demeritar la obra profesional de alguien haciendo uso de argumentos “ad hominem”.

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Por: Vicente Aboites

Pocas cosas me parecen tan vergonzosas como intentar demeritar la obra profesional de alguien haciendo uso de argumentos “ad hominem”.

Hace algún tiempo el diario “Última Hora” de Paraguay publicó un artículo cuestionando, sin dar fuentes precisas, opiniones atribuidas a Borges en algunas entrevistas. Aunque Borges siempre fue un personaje polémico, raramente introdujo estas disputas en su obra. Acusarlo de insensibilidad es injusto, un ejemplo notable es el siguiente: En una época en que el antisemitismo era norma en muchos países del mundo y en ciertos estratos sociales latinoamericanos, Borges sin estridencias mostró una clara simpatía hacia la causa de Israel, recordemos su poema; Israel 1969, escrito después de la guerra de los seis días.

Así mismo podemos recordar sus referencias al holocausto y a otras barbaridades humanas. Fue cuestionado severamente por no participar desde el ámbito de la escritura en la toma de conciencia social, como hacían muchos de sus colegas contemporáneos quienes afanosamente trataban hacer de la literatura un “brazo de la revolución social”.

Con su característico sarcasmo Borges dijo: “Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”.

Sin embargo, la bajeza y mezquindad humana no tiene límites. Incapaces de presentar argumentos sólidos contra la obra creativa e intelectual, algunos individuos, bajos, vulgares, envidiosos e inmorales, intentan el camino del desprestigio y el demérito, buscando la deshonra, la descalificación, el agravio y sobre todo la humillación.

La poca valía humana que estos mediocres individuos poseen, lo compensan con una envidia y ego infinito con el que pretenden aplastar a todo aquel que es de su desagrado personal valiéndose de las críticas y mecanismos más bajos y vergonzosos. Todos en algún momento hemos sido testigos de esto y quienes vivimos en el mundo académico conocemos ejemplos de primera mano de este comportamiento vil el cual, vale añadir, se da en todos los ámbitos.

No creo exagerar al afirmar que cualquier amante de la literatura y de la obra de Borges en particular, estaría profundamente interesado en leer una crítica rigurosa y objetiva señalando supuestas carencias y errores en la obra de Borges en sus poemas, escritos y ensayos. Sin embargo, esta crítica no existe simplemente debido a que nadie podría escribirla. La obra literaria de Borges es perfecta como es y si alguien piensa lo contrario, debería intentar demostrarlo utilizando el más pulcro razonamiento y rigor académico. 

Ante la incapacidad de hacer esto último, sus críticos más perversos recurren a argumentos “ad hominem” señalando sus gustos personales como su buen vestir, sus afinidades y pasión por otras culturas, países y lugares, frecuentemente no autóctonos, su accidental origen étnico y nacional, su vida afectiva, sus preferencias o afinidades políticas, en fin; todo aquello que tiene que ver con el individuo y no con su obra. La estupidez de estas personas se refleja inmediatamente en sus argumentos.

Todo lo anterior también le ocurrió a Bertrand Russell y a Albert Einstein, entre muchos otros ejemplos. Incapaces de contraargumentar su obra filosófica y científica, sus detractores trataron de demeritar su obra dirigiendo ataques a su vida personal, sus matrimonios, sus convicciones morales, su pacifismo, sus opiniones políticas, o su origen.

En 1940 como docente de matemáticas y filosofía en la Universidad de Nueva York los acusadores de Russell lograron que fuera expulsado de la institución a partir de señalamientos políticos, morales y sexuales, entre otros.

Vale agregar que a los noventa años Russell fue llevado a la cárcel por sus ideas pacifistas, en particular por su oposición a la guerra de Vietnam. Sobre este tema podemos recordar el “Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra”, mejor conocido como, “Tribunal de Russell-Sartre” o, “Tribunal de Estocolmo”. Este tribunal fue organizado en 1966 por Bertrand Russell en colaboración con Jean-Paul Sartre y otros personajes como Lelio Basso, Ken Coates, Ralph Schoenman y Julio Cortázar, con objeto de investigar y evaluar la política exterior e intervención militar norteamericana en Vietnam. Sus detractores simplemente acusaron a Russell de ser un comunista y pervertido sexual.

Albert Einstein no tuvo mejor suerte, su vida familiar y matrimonial fue seguida y criticada con saña. En 1914, noventa y tres prominentes intelectuales alemanes firmaron el “Manifiesto para el mundo civilizado” para apoyar al Káiser y desafiar a las “hordas de rusos aliados con mongoles y negros que pretenden atacar a la raza blanca”, Einstein se negó a firmarlo junto con otros tres intelectuales que pretendieron impulsar un contramanifiesto.  

En 1933 Einstein fue expulsado de la Academia Prusiana de Ciencias debido a su origen judío y mientras tanto en la Alemania nazi un grupo de enemigos de sus teorías de la relatividad creó una asociación en su contra.

Se publicó un libro titulado “Cien autores en contra de Einstein”, ante el cual Einstein se limitó a decir: “¿Por qué cien? Si estuviera equivocado, bastaría con uno solo”. Einstein y Russell impulsaron el conocido “Manifiesto Russell-Einstein”, que fue un llamamiento a los científicos del mundo para unirse en favor de la desaparición de las armas nucleares. Este documento sirvió de inspiración para la posterior fundación de las Conferencias Pugwash, que en 1995 se hicieron acreedoras del Premio Nobel de la Paz.

La argumentación “ad hominem” es siempre deplorable y pone en evidencia la vileza y mezquindad de quienes la utilizan, personas que simplemente representan lo más bajo y vulgar del género humano.

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