Arturo Villegas o el arte de decidir

Es fácil recordar a Arturo Villegas Torres como uno de los buenos alcaldes de León. Sucedió a Antonio Hernández Ornelas después de media administración turbulenta, por decir lo menos.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Es fácil recordar a Arturo Villegas Torres como uno de los buenos alcaldes de León. Sucedió a Antonio Hernández Ornelas después de media administración turbulenta, por decir lo menos. El entonces gobernador, Rafael Corrales Ayala, lo llamó al rescate. El empresario curtidor militaba en el PRI, partido dominante de los ochenta.

Digo que no cuesta trabajo tenerlo en la memoria porque siempre sonreía y charlaba con una sencillez de quien ve las cosas claras, con sentido práctico y vocación de servicio. Poco tiempo le llevó poner orden en la casa de todos. Como empresario curtidor, tenía resuelta su situación económica y jamás contempló hacer negocios o beneficiarse del poder. Su tema era el gusto por la política y el amor a su ciudad. Le encantaba una buena charla.

Comenzaba temprano la jornada hasta entrado el día, cuando disfrutaba una reunión política donde explicaba su intención de transformar la ciudad. En el restaurante La Pérgola del hotel La Estancia dejábamos que la conversación creciera con un whisky hasta las 6 o 7 de la tarde. Puntual su término.

Un día le pregunté por qué el alcalde de León tenía que esperar en la antesala de Raúl Almada, el entonces administrador del presupuesto estatal. Sí Corrales Ayala le había pedido el favor de sacar adelante al Ayuntamiento, él debía exigir el lugar que le correspondía como presidente de la ciudad más grande del estado.

“Mira, si tengo que pasar dos horas esperando conseguir recursos para la ciudad, con gusto lo hago”, comentaba con sencillez. Arturo era práctico. Los años en el mundo empresarial lo habían “curtido” lo suficiente para conseguir objetivos. Se apoyaba en el respeto y el cariño de todos, lo mismo de colonos que del sector empresarial. Sabía escuchar. En el PAN lo respetaron porque era enemigo de conflictos y buen conciliador, un poco o un mucho al estilo de Rodolfo Padilla Padilla, otro empresario y ejemplar alcalde.

A diferencia de funcionarios que trabajan día y noche sin muchos resultados, él tomaba las decisiones rápidas y precisas en una jornada de 8 horas. Muestra de que el movimiento perpetuo no siempre da los frutos a quienes no saben gobernar o administrar. Villegas dominaba ese arte de darle su justa dimensión a los problemas y las personas. Tal vez era una de sus más grandes fortalezas: conocer su medio y a quienes le daban forma.

Después de la derrota del PRI en las elecciones de 1988, dejó la presidencia al PAN. Con Villegas se rompe la idea de que en su partido sólo podía haber corrupción, intereses creados y trampas electorales. Con la alternancia vemos, por desgracia, que la administración honrada de los recursos públicos no depende tanto de las instituciones sino de las personas. Hay limpieza cuando mujeres u hombres tienen vocación de servicio, amor por el trabajo comunitario.

Cuando hubo problemas sociales en El Guaje, descansó en personas de carácter como el arquitecto Alejandro Pohls, quien entró al “corazón de las tinieblas” y enfrentó lo que nadie había hecho: acordar con la izquierda radical urbana.

Una de sus cualidades era su liderazgo amable pero firme. Las reuniones con funcionarios comenzaban a las 7 am en punto, algo inusual en la burocracia. Por la tarde la jornada estaba resuelta y las oficinas vacías.

Una de las lecciones que deja su vida es la de perseverar en la armonía, las buenas relaciones y la idea de que en nuestra sociedad hay decenas de personas capaces y honestas que pueden dar mucho al maravilloso oficio de la política.

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