Opinión

Banalidad ante la tragedia

Bajamos del avión para seguir con la consulta; pasamos del castigo a la revista Nexos y a Letras Libres, al insulto contra el periódico Reforma. El espectáculo cotidiano de la mañanera tiene que seguir. El show debe continuar. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

No hay pensamientos peligrosos; el pensamiento es peligroso” -Hannah Arendt

Bajamos del avión para seguir con la consulta; pasamos del castigo a la revista Nexos y a Letras Libres, al insulto contra el periódico Reforma. El espectáculo cotidiano de la mañanera tiene que seguir. El show debe continuar. 

En medio de la tragedia cotidiana por la pandemia y sus consecuencias humanas y económicas, la mayor preocupación de López Obrador y su equipo es vender cachitos de lotería para la rifa que festeja el congelamiento del avión. 

Luego viene la exposición interminable sobre las causales posibles para llevar a juicio a los últimos 5 ex presidentes. Una llamada “consulta popular” que no resuelve nada del pasado y empantana el presente y el futuro. En algún sentido hay razón: ¿cómo fue que después de esos sexenios de alternancia entre el PRI y el PAN, permitieran, por su actuación,  llevar al poder a un partido que no tiene pies ni cabeza?

De ahí en más, la consulta no podrá realizarse si la Suprema Corte de Justicia pone un alto a un juicio sumario popular prohibido en las garantías individuales de la Constitución. Algo que llama la atención es el intento de juzgar a Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña por “lo que hicieron antes, durante y después de ser presidentes”. Una locura. 

Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío, presenció el juicio de Adolf Eichmann en Israel. El criminal alemán de la Segunda Guerra Mundial, había asesinado a cientos de miles o millones de judíos maquinalmente, como si los centros de concentración fueran una fábrica de exterminio. Su pensamiento más profundo y desconcertante fue calificar al mal que se había narrado como banal. “La banalidad del mal” la sobrecogió. 

En las mañaneras, cuando escuchamos al Presidente y a funcionarios hacer relatorías de sus secretarías o subsecretarías, pareciera que no están aquí y ahora, en México. Pareciera que viven en un mundo aislado donde el dolor de la muerte de 71 mil mexicanos sólo vale para decir que “vamos mejor que otros”. 

No puede ser

Imposible ignorar la banalidad de los temas y el desprecio del pensamiento crítico. Quienes escuchamos a Enrique Krauze y a Héctor Aguilar Camín, encontramos sabiduría histórica, profundidad en sus reflexiones y el oficio de pensar  en su máxima dimensión. Despreciarlos es tratar de ofender nuestra inteligencia y la de millones de lectores que conocemos los frutos  de su trabajo profesional. 

Lo mismo sucede cuando leemos Reforma, que nada tiene de “pasquín” y menos de “inmundo”. Reforma es, sin duda, el mejor periódico de México y lo ha sido desde su fundación en 1993 cuando se atrevió a la libertad y la independencia, valores supremos en este oficio. Con autoridad moral, rompió el monopolio y la corrupción del sindicato de voceadores de la Capital. 

 Hoy quienes piensan, son peligrosos para el Gobierno. Quienes disienten, sólo merecen calificativos ofensivos y desprecio del poderoso. La apuesta es borrarlos, desprestigiarlos y echarlos de la escena nacional, como lo sugirió la vulgar lengua de Paco Ignacio Taibo desde el Fondo de Cultura. Si algo nos enseñaron Proceso,  El Norte, Reforma, Nexos y Letras Libres, es su permanencia ante el paso fugaz de los sexenios. Cuando despierten de la fiesta embriagante del poder y tengan que dejar Palacio, la prensa libre permanecerá en el tiempo,  sobria y trascendente. 

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