Cambio de opinión

Cualquier político imagina, antes de tomar un cargo público, que tiene una idea precisa de lo que debe hacer. Como parte de su campaña para llegar al cargo surgen las promesas, los compromisos, las arengas y los slogans. Así conquistan a los electores. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

Quienes no cambian de opinión, nunca logran cambiar nada” -Winston Churchill

Cualquier político imagina, antes de tomar un cargo público, que tiene una idea precisa de lo que debe hacer. Como parte de su campaña para llegar al cargo surgen las promesas, los compromisos, las arengas y los slogans. Así conquistan a los electores. 

Carlos Salinas de Gortari pensaba que en su sexenio podría hacer mejoras sustanciales a la economía si transformaba el mercado interno. Su punto de vista cambió y descubrió que el futuro del país debería encaminarse a una apertura comercial en Norteamérica. Su visión corregida dio a México un lugar en el mundo al asociarse con Estados Unidos y Canadá. 

Vicente Fox supuso que el triunfo del PAN y la alternancia serían suficientes para limpiar el Gobierno de víboras prietas, alimañas, ratas y otros bichos. Cuando toma las riendas del país entiende la complejidad de intereses, prebendas y fuerzas políticas dentro y fuera del Gobierno. Luego comprendió que hacer crecer la economía por encima de los sexenios de Ernesto Zedillo y el propio Salinas era un sueño guajiro. Pragmático más que idealista, Fox no atendió los grandes problemas de corrupción.

Felipe Calderón creyó que el Estado tenía la estructura y la fuerza para enfrentar al narcotráfico. Poco tiempo pasó para que entendiera la realidad de “la hidra”, como dijera Carlos Fuentes. A cada capo caído le sucedían en el mando tres o cuatro que formaban su propio cártel. Es improbable que Genaro García Luna, su secretario de seguridad, haya recibido costales de dólares en lugares públicos, como lo acusan en Estados Unidos, pero nadie sabe a qué juega la DEA ni los jefes de jefes en el crimen organizado. Si le dio semáforo verde a Sinaloa y torció a los de Morelos, muy pocos lo saben. 

También es remoto que Calderón haya pactado con algún cártel, pero su rigidez intelectual y mal carácter impidieron un cambio del candidato hecho presidente. Aún hoy resulta difícil  que asimile la necesidad de unir a toda la oposición para tener un frente amplio contra Morena

Enrique Peña Nieto nunca cambió. Hizo su “Pacto por México” al principio de sexenio,  y desde el descubrimiento de su casa blanca y Ayotzinapa, perdió la brújula política. No comprendió que la terrible corrupción que encabezó sería castigada en las urnas. No vio venir el huracán llamado López Obrador

El presidente López Obrador tal vez sea un político de gran colmillo, sagaz y con una intuición que no veíamos desde Salinas. El problema es que sus cambios son visibles pero son regresivos. ¿Cambió respecto al uso del Ejército para la seguridad interna?, ¿cambió cuando prometía crecimiento y ahora parece no importarle?, ¿cambió cuando dijo que no debía endeudar al país y ahora lo hace? Cuando llega la adversidad, cuando el rumbo es el equivocado y no se corrige a tiempo, el resultado se refleja a mediano plazo. La popularidad de hoy se convierte en el rechazo del mañana. Si persiste en lo que no funciona con una terquedad inmóvil, la rigidez lo romperá todo. 

La distancia entre la realidad y el discurso no podrá ocultarse por mucho tiempo. La criminalidad sigue, la corrupción no afloja, la pandemia es algo ingobernable y la economía dista de tener un horizonte benigno. López Obrador daría un golpe maestro si cambiara, si comprendiera que Pemex no tiene remedio, que necesita la confianza de los inversionistas, que serán pocos los beneficios y muchos los males al dividir el país. 

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