Causalidad, no casualidad

El reporte de Coneval basado en la siempre interesante Encuesta Nacional Ingreso-Gasto de los Hogares del Inegi confirma que tanto pobreza como pobreza extrema aumentaron en México. Hay 3.8 millones de nuevos pobres desde que llegó AMLO.

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Por: Jorge Suárez-Vélez

El reporte de Coneval basado en la siempre interesante Encuesta Nacional Ingreso-Gasto de los Hogares del Inegi confirma que tanto pobreza como pobreza extrema aumentaron en México. Hay 3.8 millones de nuevos pobres desde que llegó AMLO. Él no tiene la culpa de la caída en el ingreso laboral como consecuencia de la pandemia, pero sí de la decisión de no compensarla con transferencias de recursos de emergencia. México contrasta con países que sí las hicieron. Durante la pandemia, en Brasil la pobreza se redujo 16% y la pobreza extrema 74%.

Muchos hacen aseveraciones quiméricas. Dicen que México debe aspirar a no sólo crecer, sino a crecimiento incluyente y geográficamente balanceado. Sí, eso queremos. De paso, sería bueno que todos tengan acceso a salud, educación de calidad, vivienda digna y transporte público eficiente. Pero estamos a años luz de lograrlo y por algo tenemos que empezar. Empecemos por crear un ecosistema propicio para que haya más emprendedores y para que empresas nacionales y extranjeras inviertan en México. Es decir, empecemos por asegurarnos de crear más riqueza.

¿Cómo lograremos crecimiento incluyente? Pues educando en serio a los mexicanos, dándoles herramientas para insertarse con éxito en el mercado laboral que viene, no en el del siglo pasado. Hoy, por ejemplo, todo joven debe programar, escribir código es la nueva lengua franca. Eso, si lo hacemos bien y sin el lastre de sindicatos magisteriales, nos tomará cuando menos una generación.

Las empresas privadas generan riqueza aquí y en China (literalmente). Éstas necesitan de infraestructura —wifi, puertos, carreteras, aeropuertos modernos (no la bazofia de Santa Lucía)—, de acceso a energía limpia y barata (no cara y sucia generada quemando combustóleo), de certeza jurídica (no un Presidente que cancela inversiones multimillonarias con consultas ilegales), de cortes eficientes, de niveles mínimos de seguridad (no cobros de piso y extorsión) y de un Estado que las respete, pero que imponga condiciones de competencia y regulación inteligentes (no poniendo a analfabetas leales en órganos autónomos que demandan conocimiento técnico). Eso podemos hacerlo ya.

Mientras le ponemos la mesa a mejor crecimiento, desarrollemos eficiencia para transferirles recursos a los pobres, e incluso a quienes se quedarán permanentemente marginados, por obsolescencia, de la nueva economía que exige nuevas aptitudes. Por ello es de toral importancia cuidar los escasos recursos del Estado, no tirarlos cancelando el NAIM, inyectándoselos a Pemex y CFE sin hacer cambios estructurales que ofrezcan la esperanza de rentabilidad futura, o haciendo obras faraónicas absurdas que en nada modernizarán nuestra infraestructura o incrementarán nuestra productividad. Ese despilfarro contrasta con la austeridad que en forma miope defienden funcionarios como Arturo Herrera. Ya confirmamos que ésta se tradujo en más pobreza.

Como dice Michael Sandel, el filósofo político de Harvard, el papel histórico de la centro-izquierda ha sido corregir los excesos del capitalismo con una política social efectiva, pasando la desigualdad extrema por el tamiz de la democracia. Cuando ésta fracasa, les pone la mesa a gobiernos populistas de derecha como los de Trump o Bolsonaro.

Si nuestra única fuente de crecimiento sigue siendo la integración de algunas empresas a cadenas de abasto norteamericanas, éste se seguirá dando en el norte del país. El crecimiento ocurre donde está la población más educada, donde hay más formalidad y donde se crean más empresas. Esa no es casualidad, es causalidad.

Tenemos una economía más pequeña, con menor poder adquisitivo y un gobierno con menor capacidad recaudatoria que, por lo mismo, tendrá cada vez menos dinero para ayudar a esos pobres que para AMLO no son más que un ardid retórico. Si le importaran, no habría dejado, por capricho, a 16 millones de mexicanos sin acceso a salud pública en medio de la peor pandemia en 100 años.

Como oí por ahí: "de nada sirven programas como Jóvenes Construyendo el Futuro si tenemos tantos viejos destruyendo el presente".

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