Chile quiere orden pero también cambio

Hay muchas razones para no estar de acuerdo con un ultraderechista que probablemente llegue a la presidencia de Chile el 19 de diciembre.

Avatar del

Por: Enrique Gómez Orozco

Hay muchas razones para no estar de acuerdo con un ultraderechista que probablemente llegue a la presidencia de Chile el 19 de diciembre. También hay fundamentos para temer a un joven de izquierda radical con todo el poder. 

Chile vivió los extremos en los setentas con las dos opciones. Salvador Allende asumió el poder el 3 de noviembre de 1970 con una pequeña mayoría de 36.6% de los votos, apenas 1.7% arriba de Jorge Alessandri, candidato de la derecha. 

Allende en tres años desgració al país. A partir de su triunfo, apoyado por la izquierda radical, los socialdemócratas y los comunistas, comenzó una marcha hacia el abismo. Primero imprimió dinero generando un crecimiento ficticio, luego siguió con la receta socialista: estatización de varios sectores, nacionalización del cobre, ampliación de la reforma agraria (reparto de tierras estilo Lázaro Cárdenas) y congelamiento de precios. 

El doctor Allende, un elocuente orador, embelesó a las masas que imaginaron un país próspero y más justo pero enfermó todo lo demás. Al poco tiempo los mercados comenzaron la cobranza de los errores: transportistas en huelga, agricultores que no producían, capitales y empresarios en fuga. La planeación central produjo pobreza y hasta hambre. Las amas de casa sacaban las cacerolas para reclamar y echaban maíz a los cuarteles para decirles “gallinas” a los militares. 

México apoyó con granos al presidente de la Unidad Popular, sin mayores consecuencias y con el disgusto de los norteamericanos que no querían ver otra Cuba en Latinoamérica. El péndulo político regresó violentamente a la derecha con Augusto Pinochet, a quien Allende le había confiado el Ejército. Chile sufrió desapariciones forzadas, asesinatos masivos y la criminal toma del poder. Allende se suicidó. 

La democracia moría por ineptitud e ingenuidad de las izquierdas radicales; la dictadura comenzó la reparación de la economía con la ayuda de Estados Unidos. México nunca reconoció a Pinochet, algo que hoy hacemos con Daniel Ortega, Nicolás Maduro y la isla de los Castro. 

Los dos extremos se encontraron de nueva cuenta en la primera vuelta de la elección presidencial. Jose Antonio Kast, conservador y pinochetista de 55 años, quiere preservar el modelo que hizo de Chile el País de mayor riqueza por habitante en Latinoamérica. Ese que redujo la pobreza como en ningún otro país en nuestro hemisferio, ese que también generó desigualdades y falta de movilidad social. 

Gabriel Boric, un líder estudiantil de 35 años, que representa a la izquierda, desde los moderados hasta el Partido Comunista, quiere acelerar los cambios sociales con un toque estatista al estilo Allende. Kast obtuvo el 27.9% de los votos y Boric el 25.8%. Una pequeña diferencia que hará muy interesante la segunda vuelta el 19 de diciembre. Las encuestas postelectorales dan un empate técnico. El resultado puede marcar no sólo el destino de Chile sino de Argentina, que ve con envidia la prosperidad de su vecino frente al caos y desorden del populismo peronista. 

Para México también será importante el resultado. Las olas no sólo se dan en las epidemias, también en los péndulos políticos. Aquí vivimos una paradoja: mientras el Gobierno quiere volver a estatizar la energía eléctrica y la extracción de petróleo, nuestra actividad exportadora/importadora llega a récords nunca soñados, ni siquiera por el propio Carlos Salinas, original inventor del modelo económico que vivimos. Si la tendencia siguiera en ascenso, pronto tendríamos un volumen de un billón de dólares (un millón de millones) de intercambio comercial. Los chilenos nos dirán si es más el miedo a la izquierda radical que el deseo de cambio después de medio siglo de una economía de mercado.

Opinión

Opinión en tu buzón

Deja tu correo y recibe gratis las columnas editoriales de AM, de lunes a domingo

8am
En esta nota:

Y tú, ¿qué opinas?