Civilidad argumentativa y redes sociales

Las redes sociales han acercado notablemente a los habitantes del planeta.

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Por: Vicente Aboites

Las redes sociales han acercado notablemente a los habitantes del planeta. Mientras que hace algunos años nos enterábamos del pensamiento e ideas de otras personas, o de algunos debates de actualidad, solamente a partir de la prensa escrita, leyendo libros, revistas y recibiendo noticias por correo, ahora con un “click” estamos en contacto con personas de todo el mundo, conociendo otras formas de pensar, de percibir, apreciar y de disfrutar el mundo.

Lamentablemente no todo ha sido como este planteamiento ideal sugiere. Algunas personas siguen ancladas en un notable provincialismo. En lugar de buscar conocer otros puntos de vista sobre diferentes debates, conocer los argumentos que otras personas manejan, se recurre al insulto y a la descalificación automática.

Ejemplos de lo anterior hay muchos, uno actual es el debate sobre el aborto. Hay planteamientos serios, documentados, a favor y en contra de esta práctica desde el punto de vista sociológico, médico, antropológico, entre muchos otros, sin embargo, la mayoría de las personas tienen una opinión sobre este tema y prefieren no conocer los argumentos que la postura opuesta presenta a pesar de que puedan ser realmente sólidos e interesantes.

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Desde luego, conocer otros argumentos nos enriquece y nos permite analizar críticamente nuestras posiciones, así como considerar respuestas posibles a estos nuevos planteamientos. Es decir, el conocer otros argumentos no obliga a nadie a cambiar su postura personal, sin embargo, le convierte en una persona más culta capaz de interaccionar inteligentemente con personas que tengan otros puntos de vista.

Otro ejemplo interesante es el cambio climático y la destrucción del medio ambiente.  Aunque yo pienso que es difícil encontrar contraargumentos en este debate, es siempre interesante conocer los argumentos que otros presentan y darles una respuesta sólida y razonada. Otro ejemplo reciente concierne a la pandemia actual, algunos afirman que las consecuencias financieras de todo enclaustramiento social son tan graves que es preferible evitarlo a pesar de que el número de decesos aumente. Con grotesca simplicidad afirman: “o morimos por la depresión económica o morimos por la pandemia”.

Evidentemente las consecuencias para la población de cualquier decisión en este debate son tremendas y precisamente por eso se deben de escuchar y analizar con el máximo cuidado.

Recientemente leí un debate señalando el pequeño número de personas dueñas de numerosas empresas en nuestro país y lo malo que esto es. Una respuesta a esto inocentemente señalaba que las empresas del Sr. Carlos Slim genera más de un cuarto de millón de empleos directos y finalmente también preguntaba cuántos empleos había generado quien escribió eso. En lugar de una respuesta razonada argumentando por qué lo anterior es aceptable o no aceptable, leí una serie de insultos e improperios, cosas ridículas parecidas a: “es usted un idiota y si quiere se lo digo en su cara”.

¿Cómo? ¿Por pensar diferente alguien merece un insulto? ¿Por qué en lugar de un insulto no se presenta un argumento?  Eso sería, creo yo, lo deseable.  De hecho, sin duda alguna la máxima virtud de las redes sociales es poner en contacto a personas de diferentes partes del planeta que tienen también diferentes puntos de vista y visiones del mundo, tales que puedan con civilidad (i.e. con argumentos razonados) y respeto (i.e. sin insultos) dialogar.  Desperdiciar esta oportunidad me parece absurdo y provinciano.

No dejo de pensar en la posibilidad de que, a pesar de la más moderna tecnología, como el internet, que acerca a los seres humanos de todo el mundo, muchas personas prefieren ser aldeanas y vivir en su pequeño mundo sin reflexionar críticamente y cuestionar sus creencias. Lo lamentable es que lo anterior siga acompañado de una ausencia total de tolerancia. 

Voltaire dijo: “Estoy en desacuerdo con cada una de sus palabras, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlas”.  No dudo que muchos internautas actuales -si pudieran- asesinarían a Voltaire por discrepar con sus opiniones.

Un hermoso ejemplo de lo que es la civilidad se lo debemos al crítico y ensayista inglés De Quincey quien, narrando la discusión entre dos personajes, uno, exasperado, toma una copa de vino y la arroja en la cara de su interlocutor; el agredido, con la mayor flema y sin inmutarse, le responde: “Caballero, esto es una digresión, es decir, un intercambio inteligente de ideas; estoy esperando su argumento”.

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