Opinión

Contrahechuras

Había mexicanos de buena fe que pensaban que dejaríamos de comer enchiladas y sólo devoraríamos hamburguesas. Perderíamos la identidad, decían. La carga emocional era enorme. 

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Por: Federico Reyes Heroles


Las tensiones están en todo el mundo. Brexit, nacionalismos redivivos en EUA, en Polonia, Turquía, Cataluña y otros. Asaltos proteccionistas enfrentados a las olas globalizadoras. ¿Puede México revertir los varios procesos de globalidad en los que estamos inscritos? Imposible.

La firma de TLCAN provocó en México una intensa discusión. Una ruidosa oposición al tratado invocó miedos ancestrales –y en mucho entendibles– ante los incesantes ánimos expansionistas de nuestro vecino. Había mexicanos de buena fe que pensaban que dejaríamos de comer enchiladas y sólo devoraríamos hamburguesas.

Perderíamos la identidad, decían. La carga emocional era enorme. Por más argumentos sobre las potencialidades de la apertura económica, los miedos profundos merodearon. El ánimo era sin embargo contradictorio. Las encuestas desnudaron también a un México que admiraba a Estados Unidos, deseoso de una mayor relación comercial. Los convencidos de que México podía dar la batalla penetrando ese mercado éramos vistos como traidores o ingenuos. Pero aquí estamos, un cuarto de siglo después, con un inimaginable superávit comercial (81 mil mdd en el 2018) y convertidos en el primer socio de la mayor potencia del mundo.

Pero el TLCAN significó mucho más que comercio, fue un acto civilizatorio que nos obligó a asumir una modernidad integral: hablar de la corrupción sin tapujos de falso nacionalismo, denunciar a los monopolios encubiertos, pelear permanentemente por  una competencia franca, crear órganos autónomos encargados de la vigilancia de los códigos que una democracia exige, lo mismo para los derechos humanos o el impacto ambiental, etc. Ser un socio comercial confiable exigió el aggiornamento de muchas facetas de la vida de los mexicanos. El comercio siempre ha sido un acto civilizatorio y parte de un proceso integral. Por más que hoy se invoque al fantasma del neoliberalismo, la apertura comercial fue una profunda transformación modernizadora en muchos ámbitos y es un gran anclaje que impide la reversión.

Había mexicanos de buena fe que pensaban que dejaríamos de comer enchiladas y sólo devoraríamos hamburguesas. Perderíamos la identidad, decían. La carga emocional era enorme. 

Lo más evidente -las opciones que tenemos para nuestro consumo en todo, de lo que comemos a la vastísima oferta informativa y cultural- no necesariamente es lo más importante. Por el promedio de edad de los mexicanos, 29 años, es imposible que la gran mayoría recuerde cómo se vivía en una economía cerrada. Pero también es imposible que esos mexicanos viajen al pasado y entierren los hábitos que la apertura y la modernidad les trajeron. Hay una nueva cultura ciudadana post TLCAN, de competencia y derechos del consumidor que no desaparecerá. De importadores miedosos pasamos a exportadores agresivos y orgullosos. La conciencia global echó raíces.

La reciente firma del T-MEC es una excelente noticia civilizatoria, lo laboral incluido. Con él México seguirá obligadamente con la proa dirigida a la modernidad. Sin embargo, por momentos, pareciera que la 4T piensa que es posible quedarse sólo con lo comercial y retroceder en otras esferas. Falso. Por ejemplo, la política energética es totalmente contraria a los estándares del siglo XXI, a la modernidad, palabra que molesta, pero que existe. De seguir por donde vamos -rescatando al combustóleo y al carbón- México incumplirá por mucho el Acuerdo de París sobre sustentabilidad ambiental. Haremos el ridículo. Como afirmara un funcionario de la Unión Europea, México debería crear Solarmex (energía en la que somos muy competitivos), en lugar de endrogarse por Pemex. Lo mismo vale en la discusión sobre los derechos humanos. Al destruir la credibilidad de la CNDH, México entró al club de los países desconfiables en la materia y así nos tratarán en Ginebra cada año. Al atacar desde el Gobierno a los órganos reguladores, regresamos al perfil de un país autoritario cuya voz se verá mermada en el mundo. Los reclamos se multiplicarán.
La disyuntiva está allí: mirar al pasado o al futuro. Porque un país de contrahechuras no resiste las exigencias del siglo XXI.
 

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