De puritanos

Un profesor de la universidad estatal de Portland renunció hace unos días a su cátedra.

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Por: Jesús Silva-Herzog

Un profesor de la universidad estatal de Portland renunció hace unos días a su cátedra. Llevaba una década dando clases de pensamiento crítico, una asignatura que, al parecer, no encuentra espacio para desarrollarse en un creciente número de universidades de Estados Unidos. El renunciante, el filósofo Peter Boghossian aplica el método socrático como recurso pedagógico. Para aprender, conversar.

Plantear una pregunta, lanzar hipótesis, ponerlas a prueba, reflexionar sobre su solidez y sus consecuencias. Si es un ejercicio de razonamiento, implica formulación de interrogantes, evaluación de alternativas, escucha de opciones, un debate de argumentos, así nos resulten absurdos u ofensivos. Eso había hecho el profesor a lo largo de su carrera: analizar con sus alumnos las ideas de los clásicos y, al mismo tiempo, presentarles posiciones radicalmente distintas a las del propio profesor. Negacionistas del cambio climático, terraplanistas, incluso. Lo que buscaba con ese choque de perspectivas era que los alumnos aprendieran a cuestionar las creencias sin dejar de respetar a los creyentes. El profesor que cree que su misión es convencer a sus alumnos de una conclusión no educa, adoctrina. El profesor comunica entusiasmos, sugiere pistas, propone ideas, comparte métodos, involucra al estudiante en la conversación de la cultura, lo hace parte de una tradición de reflexiones y lo pone en contacto con las visiones más frescas.

A los estudiantes de mi universidad no se les está enseñando a pensar, dice Boghossian en su cara de renuncia. Se les enseña a arremedar las certezas morales de los ideólogos. Se ha instaurado de ese modo una cultura universitaria temerosa, una cultura en la que estudiantes y profesores tienen miedo de hablar con naturalidad, con soltura y con valentía. Se ha impuesto una ortodoxia, si no es que una tiranía de resentimientos.

Junto con otros profesores, Boghossian trató de exponer los absurdos intelectuales que la nueva academia está dispuesta a premiar si es que alimenta su doctrina. Escribió un trabajo cobre el "pene conceptual" entendido como una "construcción social". El texto era una cadena de incoherencias que calcaban la jerga académica para reforzar lugares comunes.

El pene conceptual, no el órgano sino su carácter performativo, era el impulso perverso que ha provocado el cambio climático. Otro texto propuso una astronomía feminista que lograra escapar del prejuicio imperialista de la astronomía machista y occidental. Tal vez pueda ser de utilidad para el combate mexicano de la ciencia neoliberal que emprende con admirable ímpetu doña María Elena Álvarez-Buylla. Hay buscar conocimiento alternativo sobre las estrellas y enriquecer nuestro conocimiento de las supernovas, a partir de la etnografía, la incorporación de narrativas mitológicas y la danza interpretativa, desde una perspectiva feminista y poscolonial. ¡A dejar los telescopios y a ponernos a bailar!

La burla de Boghossian y sus colegas replica aquel viejo experimento de Alan Sokal, el físico de la Universidad de Nueva York quien en 1996 logró que la revista Social Text le publicara un paper que sostenía que las leyes de la física eran, en realidad, construcciones sociales. Si a los editores les parece que el argumento de mi texto es plausible, les sugiero que desafíen la perversa construcción ideológica de la gravedad saltando de la ventana de mi departamento. Vivo en el piso 21, les anticipó.

Hay un nuevo puritanismo que se viste de progresista. Nuestras diferencias no encuentran discusión sino cancelación. La sutileza de los argumentos, el encuentro con lo distinto es imposible bajo los códigos de la simplificación ideológica. Vuelvo a Anne Applebaum quien preguntaba hace poco en The Atlantic: ¿Cuánta vida intelectual se ahoga en el miedo de que una formulación mínimamente controversial pudiera ser sacada de contexto y exhibida en los vecindarios de tuiter? Lo más preocupante es, quizá, que las primeras víctimas de ese puritanismo sean las instituciones que mayor vigor deberían tener en nuestro tiempo: las universidades, los diarios, los museos, las revistas. Conversar con quien piensa distinto, dedicar un tiempo para considerar sus argumentos es visto como una traición imperdonable.

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