Opinión

Dejarlo a la suerte

Vemos en varias ocasiones que la gente no se cuida, poco le importa el uso de cubrebocas.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Vemos en varias ocasiones que la gente no se cuida, poco le importa el uso de cubrebocas. Vuelven las reuniones familiares, las bodas y las reuniones en espacios cerrados. A principios de mes estuvimos en Texas y nos sorprendió la cantidad de personas que en restaurantes y bares no llevaban protección.

Tanto en supermercados como WalMart o centros comerciales de los más afamados, la vida parecía transcurrir como siempre; la única diferencia eran los termómetros a la entrada de los comercios y el dispensador de gel antibacterial. Si estamos en la peor pandemia en un siglo, ¿por qué la gente no guarda la distancia y toma las precauciones que tienen los ciudadanos de otros países menos desarrollados?

La única respuesta que encuentro es que la gente en Estados Unidos hace un cálculo de probabilidades, primero de ser infectado y segundo de morir por la enfermedad. Después de 7 meses perdieron la paciencia y vuelven a la vida con el arrojo de quien apuesta en Las Vegas. 

Recuerdo el pasaje de hace algunos años cuando a un amigo le dio una enfermedad extraña llamada Guillain-Barré. Es un síndrome que inmoviliza músculos de las extremidades y puede ser grave si no se atiende. Cuando supe que su letalidad era apenas del 2 por ciento, respiramos de alivio. Si en el país han fallecido -oficialmente- 86 mil personas de Covid, el riesgo es de una defunción de cada 1500 habitantes. 

Aunque siempre hay alguien que se saca una rifa, pensamos que un Ángel de la Guarda, la Divina Providencia nos auxilian para enfrentar el mal. Está tan dentro de nuestra cultura el creer en factores sobrenaturales que hasta el propio López Obrador presumió su “detente” mágico. 

El precio de ese cálculo ha sido exorbitante para Estados Unidos, México y Brasil. En China, donde no dejan nada a la suerte en salud, a pesar de ser uno de los pueblos que adoran los juegos de azar, tuvieron una mínima afectación, insignificante letalidad y su economía crece al 4 por ciento. 

Aunque nos duela, hoy sabemos que la disciplina impuesta en China tuvo frutos en apenas 3 o 4 meses. Vietnam, Singapur y Nueva Zelanda tienen modelos políticos distintos, pero también obtuvieron resultados por el esfuerzo inmediato de identificar a los infectados y aislarlos. Corea del Sur y los países nórdicos también son ejemplo de un esfuerzo educado. 

Incluso Suecia logra lo que se había propuesto desde el principio: la inmunidad de rebaño. Al inicio fue criticada por su postura ligera. Los niños permanecían en las escuelas; la gente seguía saliendo a bares y restaurantes abiertos con ciertos cuidados. A Suecia le duele el incremento de la mortandad de sus ancianos que vivían en casas de retiro. 

En un año, la humanidad conoció  lo que no había aprendido en una década. La mayor enseñanza puede ser que podemos aprender más rápido. Varias vacunas en cuestión de meses; dos mil millones de personas trabajando desde casa y una revolución digital que apretó su densidad en nubes que no vemos, pero sabemos que existen y tienen todos nuestros datos. Información que será clave para diseñar el futuro y enfrentar nuevas guerras contra el cambio climático, la enfermedad y el hambre. No hay mal que por bien no venga, frase hecha pero no por ello menos cierta.

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