Opinión

Disrupción en la educación

Ante nuestros ojos, bien abiertos, podemos ver en cámara rápida los cambios que desplegará la humanidad en un par de años. La revista Forbes anuncia que en Rusia las vacunas del Covid 19 funcionan en ciudadanos que lograron inmunidad sin mayores efectos secundarios.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Ante nuestros ojos, bien abiertos, podemos ver en cámara rápida los cambios que desplegará la humanidad en un par de años. La revista Forbes anuncia que en Rusia las vacunas del Covid 19 funcionan en ciudadanos que lograron inmunidad sin mayores efectos secundarios. En pocas semanas aprendimos a usar Zoom, Google Meet, Microsoft xyz para reunirnos en familia, atender conferencias y hacer juntas de negocios.

Aseguran que más de 2 mil millones de ciudadanos del mundo salieron de las oficinas para trabajar o  a educarse vía remota. Hace unos días inicié un curso sobre “Mercados Financieros” en la plataforma de Coursera. Una de las experiencias más maravillosas que he tenido durante el encierro. El profesor Robert Shiller, premio Nobel de Economía, explica no sólo las leyes de los mercados y sus complejidades, enseña el servicio a la humanidad de una ciencia cuya finalidad es mucho más elevada que únicamente el lucro.

Al terminar el programa de 7 semanas vi cómo el número de alumnos de todo el mundo crecía hasta llegar a 625 mil. Para quienes no necesitan de un certificado de la Universidad de Yale, el aprendizaje es gratuito. Coursera y otras MOOCS (Massive Open Online Courses) abren sus aulas con generosidad para difundir el conocimiento. Un gesto de pura humanidad.

Al final sentí el deseo de iniciarlo otra vez. Creo que un buen porcentaje del medio millón de estudiantes querrán repetirlo también.

Con el relajo que hay en el país sobre los siguientes pasos de la educación por radio, televisión  y en línea, imagino una transformación radical, un salto cuántico en los métodos de enseñanza y aprendizaje. Las dificultades están a la vista. Los niños y jóvenes no prestarán atención a los maestros acostumbrados a dar clase en el aula, ahora convertidos en especialistas express de la tele educación. Las familias tienen que hacerse de más televisiones si son varios hijos o de computadoras si el presupuesto les alcanza.

Luego viene el problema de la supervisión. Si la mamá y el papá trabajan, uno de ellos o los dos, tendrán que sacrificar tiempo para ayudar, y en su caso, revisar el aprendizaje de los hijos. Todo se complica cuando las escuelas privadas no tienen acceso a programas generales como los que comunicarán las televisoras de señal abierta. Por fortuna están las plataformas de Facebook, Youtube o Instagram. Pero no será fácil cocinar programas en días porque el inicio de “clases” llega en tres semanas.

Aquí podemos imaginar una revolución donde los mejores maestros del país pudieran atraer la atención y educar a cientos de miles de niñas, niños y jóvenes. Para ese cambio necesitamos otro tipo de autoridades que abran su mente y eliminen la burocracia de las acreditaciones oficiales y la tramitología de certificados, títulos y reconocimiento de estudios.

También la educación va a sufrir una disrupción por la epidemia. La ciencia de educar transforma y acelera la amplitud de opciones hoy limitadas y confinadas a un salón de clases. Cierto que la parte comunitaria no puede perderse. En Inglaterra hay estudiosos que urgen la apertura de las aulas porque los educandos sufren ya distorsiones psicológicas por el aislamiento. Las mamás y los papás de todo el mundo no necesitan de muchas investigaciones para saber que los críos están enloqueciendo o los hacen enloquecer. Nadie extraña más que ellos las escuelas de sus hijos. La oportunidad de cambio es tan grande como la amenaza a la sanidad mental. (Continuará)

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