Opinión

Don Roberto

Antes de que existiera Mary Kondo, la reina japonesa del orden, estaba Don Roberto quien hacía sencillo lo más complicado.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Hay quien cree que la vida nos hace como somos y el destino es una fatalidad. Todo está predestinado y escrito en algún libro sobrenatural. “Nadie se pasa la raya” o “todo sucede por voluntad del cielo”. La verdad es que somos la confluencia de miles o decenas de miles de coincidencias, de otras vidas que tocan la nuestra en el mágico mundo de la realidad.

Puedo decir que estas líneas son fruto y están aquí gracias a Roberto Suárez Nieto, quien tuvo la generosidad de enseñarme cómo salir adelante de un gran embrollo llamado AM en 1979. Sin su apoyo no existiría el papel y la tinta en la que escribimos. Otro hubiera sido el camino de cientos de personas.

Una historia que se prolongó durante 40 años desde que Don Roberto quiso ser gobernador de Guanajuato, adelantándose a los tiempos del llamado “destape”, hasta el sábado pasado en que falleció a los 90 años. De cerca y de lejos cruzamos caminos para celebrar encuentros y amistad.

El mejor homenaje posible para él sería enlistar a todos quienes tocó su vida para mejorarla. Decenas de jóvenes a quienes becó, por ejemplo, o a todos quienes trabajamos brazo con brazo en alguna causa política o algún negocio. Su caballerosidad dejó aprecio y respeto en todos los que lo conocimos. Hoy sólo quiero repetir sus consejos que pueden pasar a una nueva generación.

Antes de que existiera Mary Kondo, la reina japonesa del orden, estaba Don Roberto quien hacía sencillo lo más complicado. Si leía un libro, lo regalaba, no lo guardaba, si tenía un balance de alguno de sus negocios, era en una página, si veía papeles los organizaba en un minuto.

Cuando trabajamos juntos le comenté que si quería una extensión privada. Contestó que sólo podía hablar por un teléfono a la vez y se mofaba de los políticos y los ejecutivos que tenían una batería de teléfonos en el escritorio. Cuando le pregunté si necesitaba una secretaria, dijo que a él le gustaba escribir sus cartas o sus memorandos. Además tenía una contestadora automática. Tenía 70 años y era tan práctico como siempre.

Su primera enseñanza fue decirnos en una junta de consejo: toda organización necesita una cabeza, la que tiene dos cabezas es un monstruo y la que no tiene, también. Se refería a la unidad de mando indispensable.

La segunda lección fue saber delegar y dar confianza a los jóvenes. Dar oportunidad para que decidan a pesar del riesgo de equivocarse. Le gustaba trabajar con todos y jamás se exasperaba o perdía la paciencia cuando se trataba de enseñar. En su forma de vestir y en el lenguaje, siempre elegante, daba la impresión de ser un lord inglés pero sin vanidad, sin afectación. Le venía natural, de familia, de carácter y educación.

Transmitía valores que trascendieron. Un consejo era siempre decir la verdad: “trata de decir la verdad porque cuando dices mentiras luego te enredas”. Siempre fue fiel a su palabra. Su palabra era su firma.

Don Roberto gozó de un matrimonio excepcional. La Sra. Lupita Díaz Morín lo acompañó siempre. Él nunca pudo vivir sin ella. Ella vivía para él. Cuando la Sra. Lupita se fue hace un mes, Don Roberto tuvo un vacío imposible de llenar. Una historia de amor perfecto para contar. (Continuará) 

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