Dos pandemias

¿Cuáles son algunas de las diferencias más notables entre la pandemia de la Gripe Española de 1918 y la del COVID de 2019? Ambos acontecimientos fueron terribles, y la de 2019 aún lo sigue siendo.

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Por: Vicente Aboites

¿Cuáles son algunas de las diferencias más notables entre la pandemia de la Gripe Española de 1918 y la del COVID de 2019? Ambos acontecimientos fueron terribles, y la de 2019 aún lo sigue siendo. La pandemia de 1918 fue la más mortífera en la historia de la humanidad, causó entre cincuenta y cien millones de muertes.

A modo de comparación baste señalar que teniendo en cuenta la población actual de alrededor de ocho mil millones de personas en el mundo, en condiciones similares, esa pandemia ahora hubiera causado entre ciento cincuenta y cuatrocientos cincuenta millones de muertes. Además de que la tasa de morbilidad de la pandemia de 1918, es decir, de las personas afectadas, enfermas o incapacitadas, se calcula que llegó al cincuenta o al sesenta y seis por ciento de la población mundial total.

Por otra parte, se calcula que la pandemia actual de Covid-19 ha causado la muerte, hasta este momento, de poco más de cuatro millones de personas en todo el mundo. Una de las razones más importantes para esta notable diferencia es que la humanidad ahora está, en todos sentidos, mejor preparada que en el siglo pasado.

No solo el número total de muertes ha sido menor, sino que las condiciones en que la población mundial ha sobrellevado esta pandemia han sido también más benignas.  Todo esto es resultado del avance científico y de la tecnología disponible.

Actualmente en prácticamente todo el mundo se cuenta con laboratorios científicos perfectamente equipados y con especialistas en virología, genética, inmunología, biología molecular y muchas otras áreas científicas con las que se está haciendo frente a la pandemia de COVID-19.  Todo este conocimiento científico e infraestructura física y humana hace un siglo no se tenía, simplemente era desconocido.

De hecho, hace un siglo muchas personas no creían que la ciencia médica fuera capaz de resolver nada y pensaban que, apelando a la fe, a la religión, a la pseudociencia y a nuestros conocimientos ancestrales, la humanidad saldría adelante.  Millones de muertos demostraron que no sería así y que ese enfoque ignorante y oscurantista solo incrementaría el costo de la tragedia.

Por otra parte, hace un siglo, una vez anunciadas –tardíamente- medidas de confinamiento para prevenir la propagación de la pandemia, la gente debió alejarse de escuelas, centros de estudio y centros de trabajo.

El costo de este encierro fue también grave.  Actualmente en muchas partes del mundo se siguen aplicando medidas de confinamiento sin embargo esto no ha impedido a los niños y adolescentes recibir vía remota instrucción escolar, ni a los jóvenes asistir virtualmente a la universidad, ni tampoco ha impedido que muchos investigadores y trabajadores de numerosas empresas continúen a distancia realizando sus labores.

Desde luego, cierta perturbación era inevitable pero nunca comparable al aislamiento total vivido hace un siglo. Así como las actividades académicas y laborales se han logrado mantener, las relaciones familiares y humanas se han sostenido en gran medida gracias al desarrollo de la tecnología actual.

Los satélites, las fibras ópticas, las redes de comunicación basadas en avanzados centros de cómputo dotados de modernos circuitos opto-electrónicos, así como la tecnología celular, han hecho esto posible. El continuo desarrollo de nuevos chips y tecnologías basados en los conocimientos de óptica cuántica, de física del estado sólido, de química molecular, etc., hacen que esto sea una realidad. Esto es lo que ha hecho posible las conversaciones y videollamadas cotidianas que tenemos con nuestros seres queridos, así como nuestra actividad profesional y permitido la actividad económica mundial.

Al ser cuestionado recientemente, en una ceremonia de graduación virtual, por un grupo de jóvenes sobre: ¿Qué deberían ellos hacer? Mi respuesta fue que deben de seguir preparándose para afrontar con las mejores herramientas científicas y tecnológicas, las futuras crisis y pandemias de la humanidad, ya que eventualmente ellos deberán participar como científicos, ingenieros, médicos, políticos y humanistas, entre muchas otras actividades, en la solución, con un enfoque científico riguroso, de los nuevos y desconocidos retos que la humanidad inevitablemente enfrentará. Lo peor sería no aprender nada y obtener ninguna lección de estas pandemias.

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