Dos revoluciones

Desde la atalaya del presente, lo notable y revelador de los discursos de los presidentes de México y Cuba del 16 de septiembre es su omisión de los derechos humanos.

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Por: Sergio Aguayo

Desde la atalaya del presente, lo notable y revelador de los discursos de los presidentes de México y Cuba del 16 de septiembre es su omisión de los derechos humanos.

Su prosa estuvo aferrada a la historia oficial tallada y pulida por el PRI y el Partido Comunista Cubano. Son discursos montados sobre dos verdades: el absurdo bloqueo estadounidense a Cuba y la simpatía y los apoyos intercambiados por los gobiernos de dos revoluciones paradigmáticas en dos momentos ya idos del siglo XX. Fue, y sigue siendo, una solidaridad con una cara brillante y otra sombría. Recupero la segunda porque fue totalmente ignorada por los mandatarios.

La complicidad de las dos revoluciones tuvo su momento cumbre con la asistencia de Fidel Castro a la toma de posesión de Carlos Salinas de Gortari como presidente de México en diciembre de 1988. Aunque estuvo varios días en la CdMx, el comandante fue incapaz de hacer un gesto de simpatía pública hacia Cuauhtémoc Cárdenas, el principal damnificado del cochinero electoral de aquel año. Fue también una majadería a la memoria de Don Lázaro, quien en su momento brindó un apoyo irrestricto a Castro y su movimiento. Queda pendiente la investigación sobre las repercusiones de esa visita en las actitudes de la izquierda social mexicana hacia La Habana.

Igualmente reveladora fue la reacción de Castro a la muerte del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, un represor responsable de torturas y desapariciones que dirigió la Dirección Federal de Seguridad. El 8 de marzo de 2003 el comandante pronunció un discurso en la inauguración ¡de un convento! en Cuba. Estaban dos cardenales mexicanos y otros dignatarios eclesiásticos y frente a ellos lanzó un encendido elogio al “caballeroso” capitán con quien tuvo una “amistad” que “duró hasta su reciente muerte”. Solo lo identificó como director de una “importante institución de seguridad mexicana”. (Granma, 8 de marzo de 2003).

Mientras Cuba se atrincheraba en el castrismo para resistir el acoso estadounidense, México continuó una transición en la cual participaron partidos y sociedad organizada. La izquierda social mexicana hizo dos grandes aportes a la transición. Uno fue el reto lanzado por los movimientos armados de los años setenta inspirados, ¡oh amarga paradoja!, en otra revolución, la cubana, siempre leal a los gobiernos autoritarios del PRI; el partido oficial respondió en 1977 a la insurgencia con una reforma electoral que encauzó las inconformidades por la vía pacífica.

El segundo aporte de la izquierda social fue una vigorosa movilización a favor de los derechos humanos alentada, en buena medida, por la tragedia de los desaparecidos de la Guerra Sucia. Ese movimiento arropó y apuntaló, entre otros, a indígenas, feministas, ambientalistas y cívicos promotores de elecciones limpias y confiables. Sin estas movilizaciones los partidos hubieran sido incapaces de derrotar al viejo régimen. El balance es agridulce. Desmontamos buena parte de la institucionalidad autoritaria pero no hemos logrado erradicar la cultura priista cuyo ADN encontró nueva morada en el PAN, el PRD y otros partidos.

Con estos antecedentes, el guion discursivo del sábado pasado debió haber sido diferente. No pienso, aclaro, en el presidente cubano. Hubiera ido contra su esencia hacer una auto crítica sobre el respaldo cubano a la represión y los fraudes electorales en México. Pienso en el sabor que dejó la retórica del presidente mexicano. Acertada su condena al bloqueo estadounidense y hasta por reglas de urbanidad se entiende el silencio sobre la complicidad cubana con la “mafia del poder”. Sin embargo, se equivocó al guardar silencio sobre la violación a los derechos humanos en Cuba. Pudo haberlo hecho de la manera educada con la cual se ha dirigido a Donald Trump y Joe Biden. Hubiera sido la actitud más sensata para su aspiración a líder de una transformación latinoamericana.

Totalmente injusta su reiterada y caprichosa negación de los aportes dados a la transición por la sociedad organizada y, en particular, por el movimiento mexicano de derechos humanos. Sin esas fuerzas jamás hubiera llegado a la Presidencia y difícilmente alcanzará esa legitimidad internacional que ahora busca. Queda en la memoria su lamentable, triste y errada complicidad con el presidente cubano.

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