Echeverría, genocida derrotado(Segunda parte)

Cada vez que veo el hermoso paisaje de Guanajuato capital aparece siempre el recuerdo de lo que sucedió con la “Casa Colorada”.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Cada vez que veo el hermoso paisaje de Guanajuato capital aparece siempre el recuerdo de lo que sucedió con la “Casa Colorada”. El edificio hoy transformado en hotel tuvo su origen en un capricho o en un “obsequio” del entonces gobernador Luis H. Ducoing al presidente Luis Echeverría. 

La construcción y el terreno fueron adquiridos por el gobierno para dizque crear el Centro de Estudios del Tercer Mundo, una fumada del alucinado Mandatario que cumplió cien años el lunes. Durante su sexenio a Echeverría le pareció chico el puesto de presidente de todos los mexicanos. Alucinado por ideología de izquierda rancia y pasión desenfrenada por el poder, pretendió auto erigirse en líder de las naciones del llamado “Tercer Mundo”. 

Usó los recursos del Estado para patrocinar fastuosos viajes por todo el mundo y predicar la unidad de países aislados, pobres y sin influencia en las decisiones mundiales. En el rollo parecía un noble propósito. Como presidente imperial, sacó de circulación tres aviones de Aeronaves de México para llevar a una cuantiosa camarilla de aplaudidores. 

Su administración era caótica. Hacía “reuniones de trabajo” donde participaron decenas de funcionarios, diputados, gobernadores y asistentes. Duraban horas, algunas se extendían hasta la medianoche. Echeverría, como estatua, miraba de frente como si escuchara todo. Ni siquiera se levantaba de la silla para ir al baño. Muchos decían que le daban “algo” para que pudiera resistir. En sus giras sucedía lo mismo. Sus informes anuales duraban por lo menos 5 horas donde pretendía detallar hasta el último “logro”. 

Como era un presidente imperial, todos imitaban su “estilo personal” de gobernar. El problema era que ese caos  trascendía a gobernadores y alcaldes. El gobernador Ducoing repetía la fórmula: trabajaba a deshoras y recibía a colaboradores hasta las dos de la mañana no sin antes hacerlos esperar por horas. Alguna vez asistí a uno de sus informes en el Teatro Juárez en lo más alto de la galería. No olvido el suplicio. Rollo y aplausos, rollo y aplausos ad infinitum, todo en el tono retórico del presidente del “arriba y adelante”. 

Echeverría usaba el erario como si fuera su patrimonio. Regalaba autobuses, universidades, caminos y fondos para fideicomisos como si salieran de una lámpara mágica. La receta demagógica y populista se repitió en todos los estados. En Sonora se le ocurrió ampliar la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas para crear más ejidos. Pretendía reducir la propiedad privada de 100 a 20 hectáreas. Carlos Armando Biebrich, joven gobernante de ese estado le dijo que si decretaba la expropiación incendiaría al país. A Echeverría le tembló la mano para lograr ese despropósito pero no para echar de la gubernatura a Biebrich. 

Cada que tiraba el dinero en empresas públicas como la Siderúrgica Lázaro Cárdenas en Michoacán o disponía recursos para gasto no productivo, no sólo tiraba dinero: comprometía el futuro del país y ponía un freno a su crecimiento. Echeverría era corrupto, muy corrupto y se hizo, a través de concesiones, de una fortuna considerable. 

Cuando quebró el Coronel García Valseca en su cadena de periódicos, impidió que los empresarios de Monterrey la adquirieran; cuando no le gustó lo que publicaba Julio Scherer en Excélsior, le armó una revuelta y un golpe seco al único periodico independiente. 

Si los votantes supieran el altísimo costo del populismo, si comprendieran lo que espera después de una mala administración, tendríamos otro destino. Al final Luis Echeverria vendió la Casa Colorada y se quedó con el dinero. Cuando lo publicamos hace muchos años, envió un mensaje de amenaza a AM. Dijo que la “política era de ida y vuelta”. Por fortuna era una baladronada de un populista derrotado por el juicio de la historia.

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