El Infierno en la Tierra

Las familias que sufren la desaparición de un familiar cercano descubren de pronto que el Infierno está en la Tierra. La incertidumbre crea ansiedad, impotencia, insomnio y angustia que no se van ni de noche ni de día.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Las familias que sufren la desaparición de un familiar cercano descubren de pronto que el Infierno está en la Tierra. La incertidumbre crea ansiedad, impotencia, insomnio y angustia que no se van ni de noche ni de día. Vemos a las madres andar con la fotografía de sus hijos o a las esposas con una gastada imagen de su compañero a quien no han visto volver.

Los desaparecidos no son muchachas que se fueron al norte con su novio, como alguna vez lo dijo el entonces gobernador Miguel Márquez. Tampoco eran jóvenes fugados de casa en busca de aventuras. Dos mil quinientos niños,  mujeres y hombres nunca regresaron. Dejaron un hueco imposible de llenar. Los deudos ni siquiera pueden decir que lo son porque su ausencia siembra la duda. ¿Murieron?, ¿cómo fue y dónde sucedió? Lo más terrible: ¿quién los desapareció, por qué y quién los mató?

En desesperadas búsquedas las madres arañan la tierra para encontrar la prenda, el tatuaje o la carne de su carne descompuesta en las fosas clandestinas, esas que han surgido por todo Guanajuato. Es una tarea paradójica: quieren hallar a sus desaparecidos aunque sean los restos y en partes; aunque sólo sean un indicio del que se pueda hacer una prueba genética. No los quieren muertos aunque saben que lo más probable es que nunca los vayan a ver con vida pero necesitan saberlo para recuperar algo de paz. 

Algunos que ya dieron con su destino final, ayudan en solidaridad a quienes aún se consumen por la incertidumbre. Una de ellas, una abuela sensible que por fortuna pudo reencontrarse con su nieto después de un doloroso secuestro, dijo: “Prefiero estar muerta a ver sufrir a toda la familia la ausencia forzada de alguno de  sus miembros”. De ese tamaño es el dolor. De esa magnitud es la desgracia. Por eso quienes marchan clamando ayuda y justicia gritan la frase conmovedora: “Dios quiera que no les pase a ustedes”.

La escena se repite en todo el país con marchas de grupos cuya única solicitud es una mano extendida de las autoridades sin límite de tiempo, sin escatimar recursos. Ni siquiera es necesario romper los presupuestos. Ayer veíamos en la mañanera cómo las familias pedían al Presidente sus oídos, su tiempo para que los escuchara. La respuesta fue un show musical con motivo del día de las madres de la cantante Eugenia León.   

En Guanajuato, cómo ayudaría que el gobernador Diego Sinhue Rodríguez ampliara su visión sobre la realidad que vive el estado. Ninguna obra, ningún puente, ninguna inversión es tan importante como la seguridad y la justicia. Ni siquiera se trata de tirar dinero, lo necesario es la empatía, la comprensión humana de la desgracia. Guanajuato tiene la potencia para dar apoyo y consuelo a esos ciudadanos que viven en un infierno indescriptible. 

Tan sólo unirse a un grupo, caminar con ellos, andar sus penas, y por qué no, derramar lágrimas sinceras de condolencia, puede aliviar un poco la soledad de quienes perdieron familiares. Desgracias tan profundas requieren que todos seamos solidarios y apoyemos sus justas demandas. Cada quien desde su oficio y trabajo. 

¿O qué?, ¿eso no es más importante que departir con los potentados y no fallar a sus festejos? Cuando dejamos de sentir el dolor del prójimo perdemos nuestra humanidad, abandonamos los valores de nuestra religión y la mejor herencia de nuestros padres. 

Para gobernar, para procurar la justicia, también es necesario tener al menos un poco de compasión y algunos gramos de humildad. 

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