El caos de las vacunas

Si 2020 fue el año de las tinieblas, la ansiedad y la incertidumbre, 2021 debía ser el de la esperanza, las certezas y la paulatina vuelta a la normalidad.

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Por: Jorge Volpi

Si 2020 fue el año de las tinieblas, la ansiedad y la incertidumbre, 2021 debía ser el de la esperanza, las certezas y la paulatina vuelta a la normalidad. No deberíamos desdeñarlo: el puñado de vacunas que hoy circula entre nosotros constituye uno de los grandes logros de la humanidad. Nunca antes estos fármacos habían sido desarrollados con tanta rapidez y nunca antes había existido la capacidad técnica para producir, también en un tiempo récord, los millones de dosis que requiere el planeta para alcanzar la inmunidad de rebaño que al fin nos permita controlar la enfermedad. Ese solo hecho debería bastar para reconfortarnos un poco, pero, por distintas razones -políticas, económicas e incluso científicas-, estas semanas el mundo se ha visto sacudido por sobresaltos, contradicciones y amenazas que otra vez parecerían impedirnos el ansiado regreso.

Nadie debería haber dudado de que las grandes potencias serían las primeras en ser beneficiadas con las mismas vacunas que se encargaron de producir. Pese a los descalabros de la errática estrategia contra la pandemia encabezada por Trump, Estados Unidos apenas ha tardado en recuperar su lugar central, convirtiéndose en el país que con más eficacia ha comenzado a vacunar a su enorme población. Paradójicamente, la Unión Europea, Rusia y China -los otros desarrolladores de vacunas- no han conseguido el mismo ritmo, aunque por otro lado sí han sabido lanzarse en una lucha geopolítica por distribuirlas en países menos avanzados.

Una de las peores consecuencias de la pandemia es que ha acentuado todo tipo de desigualdades -y, de modo muy drástico, la brecha digital-, lo cual ha provocado, de manera bastante obvia, que el tamaño de la economía de cada nación determine el lugar que le corresponde para recibir las vacunas necesarias para inmunizar a sus habitantes. México, que en ese ranking se halla entre las primeras quince, ha conseguido más o menos ese mismo sitio en términos de vacunas administradas -que no de porcentaje de la población-. Pese a los esfuerzos de Naciones Unidas y el llamado de científicos, políticos y activistas, nada indica que esta vergonzosa escala vaya a modificarse: como de costumbre, los más pobres serán los últimos en acabar con sus respectivas campañas, con el costo en vidas que ello significa.

Otra consecuencia previsible del fenómeno era la irremediable politización de las vacunas. En todas partes los gobernantes y sus oposiciones libran batallas campales por adjudicarse los logros o señalar los fallos de sus distintas estrategias. Nada más lejano a una campaña universal, igualitaria, apolítica, neutral: y si, para colmo, como nos ocurre a nosotros, nos hallamos en pleno periodo de campañas, el uso faccioso estaba asegurado.

Más grave ha sido, sin embargo, el sesgo político que ha querido aplicárseles a algunas vacunas: descalificar a las rusas o chinas solo por su nacionalidad. También, el miedo de los países a posibles demandas derivadas de sus efectos secundarios: no es otra la razón de suspender la aplicación de AstraZeneca o Janssen, por más que sus beneficios excedan, como lo han señalado todos los científicos, sus posibles peligros.

Pese a la absolutamente desastrosa estrategia contra la Covid-19, que según distintos organismos ha costado cientos de miles de vidas, México comenzó su plan de adquisición de vacunas de manera ágil y eficaz. Por desgracia, el desabasto mundial -y la acumulación por parte de las grandes potencias- no ha hecho sino romper ese frágil equilibrio. Lo peor, sin embargo, es el cúmulo de contradicciones en la estrategia de vacunación, que jamás ha sido transparente. Resulta no solo ridícula, sino criminal, la ocurrencia de vacunar a los maestros de Campeche y no a los médicos del sector privado, y los constantes virajes empañan la eficiencia con que se administraron las dosis a adultos mayores en la Ciudad de México, por ejemplo. En tiempos que vuelven a ser de incertidumbre, nada entorpece y destruye tanto lo ganado como la veleidad y la tozudez del Presidente y de López-Gatell.

@jvolpi

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