El capataz

El tío Enrique Gómez Mena se fue al norte para buscar trabajo de bracero hace poco más de un siglo. En Estados Unidos construían la red de ferrocarriles que consolidaba la nación más poderosa del mundo. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

El tío Enrique Gómez Mena se fue al norte para buscar trabajo de bracero hace poco más de un siglo. En Estados Unidos construían la red de ferrocarriles que consolidaba la nación más poderosa del mundo. 

En 1909 no había ninguna frontera o muro que impidiera a los mexicanos trabajar, tampoco la amenaza de ser deportados. La bisabuela Laura estaba en aprietos porque el bisabuelo Ignacio había fallecido. Una historia repetida a través de generaciones. El tío Enrique no tenía educación superior pero entendía que el destino para él era la superación personal. Su naturaleza era aspiracionista. Transformó su vida en forma autodidacta. 

El empleo que consiguió fue en el “traque” (track), el tendido de vías férreas. Contaba que había un capataz duro con pésimos modales. Trataba mal a los trabajadores y los castigaba a la primera falta. En aquellos días la violencia no sólo era verbal sino física. Cualquier jefe podía castigar sin que hubiera autoridad que lo sancionara. 

Al tío le pareció injusto el modo cruel y despótico del individuo y se atrevió a decirle: “amigo, así no se manda”. Si quería que la cuadrilla avanzara más rápido tendiendo durmientes, había que pedirlo con respeto y darle su lugar a sus compañeros. El jefe, en lugar de sancionar al joven mexicano, lo escuchó. Las cosas cambiaron y la productividad aumentó. La obra avanzó. 

Enrique ascendió a un puesto nuevo donde aprendió a diseñar locomotoras. Su ansia por prepararse lo había llevado a una mejora sustancial en su trabajo. Dominó el inglés y los buenos hábitos de orden y productividad personal del pueblo norteamericano. En su soledad también aprendió a ser libre pensador. Nunca fue masón pero se identificaba con el pragmatismo, una forma nueva de concebir la realidad. Como muchos mexicanos emigrados, esos que envían 50 mil millones de dólares en remesas, le tomó gusto al modelo de vida de orden y buenos hábitos. 

Regresó a México para contar su vida en Esquenazi, cerca de Nueva York y aprovechar los conocimientos adquiridos. A su hermano, el abuelo Everardo, “my brother”, sólo le hablaba en inglés, quería que practicara lo que había aprendido por puro esfuerzo en León. 

Jubilado, comenzó una nueva etapa de su vida distribuyendo aceites Mobil Oil y otras representaciones en León. Enseñó a jóvenes empresarios locales a partir de su experiencia y educación. Era bueno para los números.

Viene a cuento la historia de Enrique Gómez Mena por lo que hoy sucede en el país. Tenemos un líder que fustiga a todos quienes desean superarse, igual a intelectuales que a empresarios, académicos, científicos o instituciones públicas de alto nivel como la UNAM o el CIDE. Qué decir del INE. El resultado es dramático: fuga de capitales, desencanto en la burocracia en centros educativos y en el segmento más preparado de la población. A gritos y sombrerazos el capataz de Palacio quiere mandar en el Instituto Nacional Electoral o dictar políticas públicas de hace medio siglo. 

El tío le diría que así no se gobierna. 

De nada sirve encargar la construcción del Tren Maya a un nuevo jefe que apenas tiene educación preparatoria. Por más gritos que den, la complejidad de construir en la península de Yucatán es enorme. Cenotes, restos arqueológicos y el clima caribeño complican todo. La inutilidad de un proyecto que costará cientos de miles de millones de pesos en edificación y mantenimiento futuro, tendrá que ser suspendida algún día, cuando el capataz ya no mande.

Tal vez la única ventaja de enviar a Javier May Rodríguez, el nuevo director de Fonatur, sea que el “traque” no avanzará y nos ahorraremos miles de millones cuando ya no tengamos que alimentar a uno de los tres elefantes blancos del sexenio.

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