Opinión

El cuidado de nuestro legado científico

Tengo la certeza de que muchos logros científico-tecnológicos contemporáneos serán admirados con el mismo entusiasmo con el que actualmente vemos grandes obras de la antigüedad, por ejemplo, las pirámides de Egipto o de América.

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Por: Vicente Aboites

Tengo la certeza de que muchos logros científico-tecnológicos contemporáneos serán admirados con el mismo entusiasmo con el que actualmente vemos grandes obras de la antigüedad, por ejemplo, las pirámides de Egipto o de América.

Imagino a turistas dentro de varios miles de años visitando lo que quede del Laboratorio Fermi en Illinois, Estados Unidos o del Laboratorio del Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) localizado entre la frontera de Francia y Suiza. Los guías turísticos de esa época describirán con entusiasmo los resultados científicos más importantes allí obtenidos. Los imagino diciendo de Fermilab: “Dos componentes muy importantes del modelo de partículas fundamentales de la ciencia de ésa época fueron descubiertos en Fermilab: el quark fondo (1977) y el quark cima (1995).

En julio 2000, los investigadores del Fermilab anunciaron la primera observación directa del neutrino tauónico, la última partícula fundamental en ser observada. Llenando el hueco final del modelo científico de ese momento, el neutrino tauónico estableció el primer paso para nuevos descubrimientos y un nuevo modelo de física con la inauguración del Collider Run II del Tevatron en 2001.

Hasta el año 2008, fecha en que se inauguró el LHC, el Tevatron, de 4 millas de circunferencia, y originalmente llamado Doubler de Energía cuando empezó sus funciones en 1983, fue el acelerador de partículas de más alta energía del mundo. Sus 1,000 imanes superconductores son enfriados por helio líquido a -268 °C. Su sistema de refrigeración era el más grande de la historia en 1983”.

Ese sorprendente logro científico-tecnológico es seguramente tan destacable como la construcción de la pirámide de Keops hace cuatro mil quinientos años en Egipto, la más grande de todas las construidas y un extraordinario logro de ingeniería. Igualmente imagino a guías turísticos en el futuro explicando la construcción y los grandes logros del Laboratorio CERN diciendo por ejemplo: “El Gran Colisionador de Hadrones con una circunferencia de veintisiete kilómetros permitió estudiar la antimateria del universo, crear el internet, descubrir el Boson de Higgs y los bosones Z y W que son parte del modelo estándar de partículas y fuerzas”. Seguramente el guía continuará así: “Cronológicamente logros importantes aquí descubiertos fueron: Descubrimiento de Corrientes neutras (1973), descubrimiento de los bosons W y Z (1983), determinación de familias de neutrinos (1989), creación de antimateria (antihidrogeno) (1995), Descubrimiento de la violación de CP (1999), aislamiento de 38 átomos de antihidrógeno (2010), conservar antihidrógeno por quince minutos (2011), descubrimiento del boson de Higgs (2012)”.

Lo que no podemos imaginar es que estos laboratorios en que se han reunido innumerables galardonados con el Premio Nobel y algunos de los más brillantes científicos del mundo, hayan hospedado a pseudocientíficos para discutir o promover cosas como por ejemplo: La transmutación mágica de elementos, u otras manifestaciones pseudocientíficas como astrología, espiritismo, tarot, brujería, magia, telepatía, ocultismo, horóscopos, prestidigitación, piramidología, biorritmos, telequinesis, etc.

Parte fundamental para la operación de los grandes laboratorios científicos del mundo y de toda la estructura científico-académica del mundo, reside en los lugares como escuelas y museos de ciencias, en donde se despierta el interés y las vocaciones científicas, lugares donde se forman los niños y jóvenes que en el futuro serán los científicos e ingenieros que laborarán en esos centros académicos y de investigación. No podríamos con seriedad imaginar al Smithonian Institute o al British Museum hospedando reuniones para discutir magia, horóscopos o brujería. Ni menos aún a instituciones científicas de primer nivel como el Laboratorio Rutherford en Inglaterra, Livermore en Estados Unidos, Max Planck en Alemania o Lebedev en Rusia, por mencionar solo algunos.

Lo anterior me recuerda la experiencia que viví hace varios años en un reconocido centro de investigación mexicano, el más importante de su tipo en nuestro país, en donde un individuo (usando artimañas que desconozco) obtuvo autorización para presentarse ante el auditorio de esa institución en el coloquio científico regular del mismo, para describir sus “descubrimientos”.

El día del coloquio ante el asombro de todos los científicos y académicos allí reunidos, ese individuo empezó a exponer su “descubrimiento” de un aparato capaz de producir y multiplicar energía indefinidamente violando las más elementales leyes de la física. Igual que ocurriría en cualquier institución científicamente respetable del mundo, los asistentes abandonaron la sala al notar que el individuo que exponía sus “descubrimientos” carecía de toda formación científica y pretendía explicar sus supuestos resultados apelando a diversas manifestaciones pseudocientíficas en una extraña mezcolanza de teoría Einsteniana de la relatividad, piramidología y espiritismo, entre otras cosas.

Los científicos que riendo o enojados, pero todos asombrados e indignados, salían del auditorio no dejaban de preguntarse cómo una institución académica de ese prestigio pudo abrirle la puerta y servir de escaparate a semejante charlatán.

Cuidar el legado científico de la humanidad es esencial, es una enorme responsabilidad que no se debe de tomar a la ligera.

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