Opinión

El drama

Jimena y Alberto eran una pareja ejemplar. Tenían 25 años de casados y varios hijos.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Jimena y Alberto eran una pareja ejemplar. Tenían 25 años de casados y varios hijos. Cuentan que hicieron una promesa, un juramento mutuo: “si me enfermo no me llevas al hospital”. El compromiso tenía que cumplirse porque el miedo al Covid-19 no supera el horror a la intubación, a la soledad de morir en el Seguro Social o en algún otro lugar, sin siquiera poder despedirse. El acuerdo no tuvo ningún sentido después de que el marido enfermó.

Con los primeros síntomas imaginaron que sería como una gripe, algo que podría tornarse en casa. En cuestión de días llegaron los daños: fiebre, dolor de cabeza intenso, dolor de articulaciones y tos; una tos dura e imparable. El oxímetro marcaba debajo de 90 al principio pero bajó. El número de la angustia, de la desesperación marcaba debajo de ochenta.

La esposa vio que el marido estaba mal, muy mal. En un acto de cordura olvidó el juramento y trasladó a su esposo al hospital. Fue tarde. Llegó un doble dolor: la pérdida del cónyuge y el sentimiento inevitable de culpa.

Juanita se quejó un viernes y para el lunes había fallecido. Sus familiares dijeron que tenía gripe o, tal vez, un ataque de asma. En realidad nunca supieron cuándo había comenzado el contagio. La doctora que la atendía de asma no puso en el certificado de defunción Covid-19. Juanita era madre y abuela, querida mujer como pocas: afable, sencilla y siempre con una sonrisa que animaba el corazón. Apenas se había jubilado para estar cerca de su familia. Por el amor que le tenían y todo lo que significaba su partida, decidieron velarla. El pretexto fue el acta de defunción. Un error que puede cobrar otras vidas de sus descendientes.

David tenía el dolor de haber perdido a su mamá hace dos semanas. Sin saber por qué, había generado un odio interno a la institución en donde no pudo ser salvada de su enfermedad crónica, distinta a la pandemia. David pidió permiso en su trabajo para darse un respiro, sin saber que ya estaba infectado. Pasaron unos días y la tos no bajaba, ni el dolor de cabeza ni la fiebre. La oxigenación bajó pero su esposa María tenía esperanza en que podría salir en casa. Cuando comprendió que no sería así, angustiada decidió llamar a la empresa donde trabaja David para pedir ayuda. La oxigenación de su marido ya estaba en 70 o por debajo cuando, por fin, una camioneta arreglada para sustituir a las ambulancias inexistentes, lo llevó a un hospital estatal. El doctor le dijo a María que se habían tardado mucho. A sus 40 años David tiene la vida colgada de un hilo muy delgado.

Estas historias se repiten todos los días. El Covid-19 parece pegar doble: primero es la infección y luego la negación de muchas de sus víctimas. Miles han muerto por no avisar a tiempo, por esperar a que pase, por miedo, incluso al qué dirán. Cambié los nombres de las personas y algunos datos para guardar su privacidad, pero los relatos no son desconocidos, ni ajenos a la mayoría de los ciudadanos. El dramático momento que vivimos es imposible de contar aunque sea la historia más importante de nuestras vidas. Podemos tomar pedazos, podemos reseñar momentos, pero sólo con los años tendremos idea de lo que nos sucedió. (Continuará)

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