Opinión

El encuentro

El mexicano aprovechará el momento para presumir la guayabera del elegido, para encabezar una transformación a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución.

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Por: Sergio Aguayo

En Washington se reunirán dos mandatarios con perfil de políticos, cuando al momento histórico le urge estadistas, capaces de pensar en cómo poner al día una relación de extraordinaria complejidad.

El poderío del crimen organizado –por ejemplo– está sacando a la luz las deficiencias y anacronismos de los enfoques actuales. El empoderamiento de los violentos nace de una historia compartida y con raíces en múltiples aspectos de la relación. En lugar de llegar con una propuesta de política integral binacional, el Presidente mexicano adelantó, que tal vez solicite ayuda a su contraparte, para esclarecer las responsabilidades de funcionarios mexicanos en el tema de “Rápido y Furioso”. 

Es probable que el estadounidense acceda, porque sería una forma de lanzar un dardo contra el gobierno de Barack Obama, una de sus obsesiones más entrañables. Sin minimizar la importancia de saber lo que sucedió en ese asunto, en un encuentro de presidentes debería abordarse el combate a un tráfico de armas alimentado por el afán de lucro de la industria armamentista y las necesidades bélicas de los criminales en México

Es un enfoque condenado al fracaso, porque el Mandatario estadounidense y su base conservadora, evaden de manera deliberada aludir al daño que ese contrabando hace a México. Si alguien quiere recibir una cátedra de negaciones, lea los discursos de Donald Trump o del dirigente de la Asociación Nacional del Rifle, Wayne LaPierre, sobre ese tema. Para no incomodar a su anfitrión, el Presidente mexicano –pese a ir en contra del interés nacional– tampoco hablará claro sobre el tema. 

El mismo diagnóstico puede hacerse sobre otros asuntos. Es necesario revisar, con un enfoque común, las migraciones que tienen como destino México y Estados Unidos; los problemas de los mexicanos en ese país, el cambio climático y el medio ambiente y la escasez del agua en la frontera, entre otros temas. Son problemas con grandes déficits de atención, en relación con los avances en la regulación de un comercio que estrena tratado.

No hay indicios de que el Presidente mexicano presentará en Washington una visión fresca, amplia y propositiva sobre una relación que requiere la visión y el tacto del estadista que diagnostica los problemas de fondo, verbaliza soluciones y sienta las bases para renovar las aspiraciones de los dos países. Lástima, porque la 4T tiene mentes capaces de elaborar esta síntesis sobre el presente y esa propuesta para el futuro. 

El propósito del viaje es deliberadamente modesto: celebrar el inicio de un nuevo tratado comercial y agradecer al estadounidense los ventiladores recibidos para enfrentar una crisis de salud pública, aún fuera de control en ambos países. Ante la cortedad de las intenciones, los comentarios se han cargado hacia asuntos más inmediatos. ¿Hará pasar el estadounidense un mal rato al mexicano?, ¿sabrá reaccionar el mexicano?, ¿cómo interpretar la ausencia del primer ministro canadiense? Y si protestan algunos grupos por el tema migratorio, ¿los atenderá o ignorará el mexicano? Este miércoles 8 de julio, éstas y otras interrogantes, tendrán respuesta.

Mi pronóstico es que el encuentro fluirá sin grandes incidentes, porque la principal motivación de ambos es presumir una historia de éxito para distraer –en la medida de lo posible– la atención de sociedades agobiadas por el miedo al contagio del Covid 19 y abrumadas por las estrecheces económicas. Será una competencia de políticos grandilocuentes, que abrirán los diques a la química entre dos personas convencidas de su excepcionalidad (de ahí la aversión al uso de las mascarillas). El estadounidense presumirá sobre la manera como ha logrado avanzar en la recuperación de la grandeza estadounidense (“Make America Great Again”). El mexicano aprovechará el momento para presumir la guayabera del elegido, para encabezar una transformación a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución. 

Un viaje aparatoso y estruendoso que evadirá los temas de fondo, para concentrarse en lo inmediato. Difícilmente se ganará una nota a pie de página en la historia de las relaciones bilaterales. Servirá, eso sí, para reconfirmar la pobreza intelectual de los presidentes de Estados Unidos y México. Será un encuentro de papel maché: brilloso y colorido por fuera, hueco por dentro. 

@sergioaguayo

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