El humanismo de la diversidad sexual

En junio viene el verano, las lluvias y el arcoíris de la diversidad sexual. Bienvenida sea la libertad, la gloriosa época donde descubrimos que ningún mal proviene de nacer distinto.

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Por: Enrique Gómez Orozco

En junio viene el verano, las lluvias y el arcoíris de la diversidad sexual. Bienvenida sea la libertad, la gloriosa época donde descubrimos que ningún mal proviene de nacer distinto. Vivimos en una época de apertura maravillosa para millones de seres humanos que antes sufrían reprimidos, encerrados en su natural orientación sexual. 

En un periodo de tiempo compacto de tres o cuatro décadas cambió la forma de ver el mundo. Nuestra generación de los llamados “baby boomers”, nacidos en la mitad del siglo pasado, vivimos ahogados en prejuicios morales y políticos. Las nuevas generaciones respiran una atmósfera de tolerancia imposible de imaginar en los sesenta, cuando comenzó la emancipación sexual y la represión se rompió y dio paso a una nueva época de humanismo. 

Cuando regresamos a los textos de filósofos, artistas y literatos del siglo XX encontramos que la diversidad sexual no se podía expresar como hoy. Tan solo en el mundo de la literatura sorprenden personajes como Marcel Proust, Thomas Mann, Virginia Wolf o Gertrude Stein, reprimidos en su medio, encerrados en los corrales de la heterosexualidad dominante. Oscar Wilde, el escritor irlandés estuvo en la cárcel por su homosexualidad, igual que Alan Turing, el inglés padre de la inteligencia artificial y descubridor de los códigos secretos de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Turing se quitó la vida ante la imposibilidad de vivir como era. Otros fueron más pragmáticos como el economista John Maynard Keynes, quien vivió en la bisexualidad despreocupado porque su pasión fue describir los fenómenos económicos. 

Qué decir de filósofos de la talla del francés Michel Foucault o el genio austriaco Ludwig Wittgenstein. Ambos sufrieron la angustia de la exclusión por ser como eran. Los dos vivieron, como Turing, en la depresión existencial a pesar de la inmensa luz de su pensamiento. Deberíamos ofrecerles un tributo póstumo y extender una disculpa por el sufrimiento inmerecido, por la ignorancia que habitó en los dogmas religiosos y sociales de los cuales fueron víctimas. 

Hoy la tolerancia permite vivir sin estigmas o sanciones puritanas, a millones de habitantes de Occidente. El infortunio del fanatismo religioso permanece en el Islam, en países asiáticos como Singapur, China, Malasia o Indonesia, donde las libertades y el respeto a la orientación sexual siguen restringidas. En las naciones donde la ley Sharía permanece como mandato divino inamovible, la homosexualidad se castiga con cárcel. Viven un atraso de siglos. 

Pero no podemos olvidar a la curia romana de la Iglesia Católica, que está conformada en su mayoría por varones homosexuales que viven en la negación y esconden su vida por las rígidas reglas de su congregación. Frédéric Martel, periodista francés, pudo confirmar dentro de la misma curia vaticana la verdad que encierra el celibato en su libro “Sodoma”. 

Si esta columna la hubiera escrito cuando nació esta publicación, la censura, la crítica social y pública hubiera desencadenado ataques e insultos. Hoy, por fortuna, podemos expresar en libertad el total apoyo a nuestras comunidades LGTB. Hay un lugar de reconocimiento y respeto. Aún falta que las autoridades retrógradas que nos gobiernan permitan los matrimonios entre personas del mismo género. Eso sucederá tarde o temprano, como sucede en ciudades y estados más avanzados. Esa es una lucha que no debe tener pausa y en la cual deben participar todos quienes se consideran humanistas del siglo XXI. 

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