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El mejor opositor de AMLO es él mismo

En 2021 hay elecciones intermedias en México, en las cuales se renovará la Cámara de Diputados, y Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), tiene el reto de mantener la mayoría que ostenta desde 2018.

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Por: Carlos Loret de Mola

En 2021 hay elecciones intermedias en México, en las cuales se renovará la Cámara de Diputados, y Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), tiene el reto de mantener la mayoría que ostenta desde 2018.

El principal activo político del partido es el propio presidente, pero con su manejo de la pandemia parece estar minando sus posibilidades de éxito. A estas alturas de la explosión del coronavirus, ya todos sabemos que los países enfrentan un doble desafío: el de salud y el económico. En lo que toca a la salud, algunas zonas de México están aún en la parte ascendente de la curva de contagios y muertes. AMLO ha sido sumamente optimista y ha dicho que México está logrando domar la pandemia.

Sin embargo, el relato del personal médico en la primera línea contra el coronavirus contradice el discurso oficial: ya están rebasados, no hay ventiladores, colapsan por falta de recursos, siguen sin tener guantes ni tapabocas suficientes y han muerto al menos 4,500 personas.

El Gobierno ha tenido que aceptar que las cifras de contagios y muertes son más altas de las que se reportan oficialmente, después de varias denuncias periodísticas y de expertos. Con lo peor aún por venir, los saldos políticos del manejo sanitario están por dirimirse: dependerán del resultado final de contagios, muertes, hospitales rebasados y la percepción que tenga la ciudadanía sobre la actuación del gobierno en la pandemia.

A diferencia del golpe a la salud, que tiene fecha de normalización para junio en algunas zonas, el golpe económico parece gozar lamentablemente de una vida mucho más extendida. Si sigue siendo cierto que la gente vota con el bolsillo, esto debería representar un foco rojo político para AMLO, pues la elección para validar la mayoría de Morena en la Cámara de Diputados convergerá con una crisis económica mayúscula.

Ante ella, el Presidente ha decidido no implementar ningún ambicioso plan fiscal, como decenas de otras naciones del mundo. Mientras Perú ejercerá 12% de su Producto Interno Bruto o Chile 7%, el plan fiscal de México equivale a 0.3%.

El Presidente ha dicho que su estrategia descansa en dos pilares: los programas sociales, emblema de su administración, y las obras de infraestructura que tienen su sello. Según su promesa, los programas sociales llegarán a 70% de la población más pobre del país. No hay ninguna evidencia de ello porque, al asumir la presidencia, eliminó el programa de apoyo a los más pobres que operaba desde hacía 25 años y lo sustituyó con subsidios focalizados a jóvenes desempleados que no estudian, adultos mayores, madres solteras y otras poblaciones vulnerables.

Estos apoyos, a decir de especialistas, no llegan necesariamente a las familias con menos ingresos de México. Es probable que muchas de ellas se encuentren desatendidas, pero es imposible saberlo con certeza porque el gobierno no ha transparentado el padrón de beneficiarios.

Su otro pilar de recuperación económica, las megaobras de infraestructura (la Refinería Dos Bocas, el nuevo aeropuerto, el Tren Maya), que ha señalado serán generadores de empleos, han sido cuestionadas por analistas e inversionistas, y ciudadanos.

A contracorriente del mundo, AMLO se ha negado a apoyar a los empresarios como estrategia para preservar los empleos. Para él, empresario es sinónimo de delincuente impune. Es alguien que se volvió multimillonario porque se coludió con gobiernos del pasado. Olvida que en México 72% de los empleos formales los crean pequeñas y medianas empresas.

Existen casi cinco millones de taquerías, estéticas, tiendas de abarrotes, talleres mecánicos, papelerías, cuyos dueños son empresarios. No la caricatura que imagina el Presidente, sino empresarios que viven al día, sin lujos excéntricos ni historias de corrupción, y que sin apoyo gubernamental no van a superar la pandemia. Ellos dan empleo formal a 13 millones de mexicanos.

Curiosamente, fueron esos pequeños y medianos empresarios a los que no está lanzando un salvavidas, y esas personas de bajos recursos a las que ya no está garantizando un ingreso mínimo, quienes votaron por él en la elección presidencial de 2018. Y su desdén por estos grupos le puede representar un costo político de cara a la elección intermedia de 2021.

Su popularidad ya venía en declive en los meses previos a la pandemia y las encuestas marcan que ha perdido votantes de clase alta, clase media, con licenciatura y que viven en zonas urbanas… como los empresarios a los que no quiere ayudar, y que podría aprovechar para recuperar. Le quedan como base electoral los votantes más pobres y con menor nivel educativo… como a los que podría descobijar ahora con la crisis económica que acarrea el coronavirus.

Encima, la pandemia le brinda una oportunidad de oro que está desaprovechando: posicionar a México como el destino perfecto para aquellas empresas estadounidenses que, de cara a la guerra fría entre su país y China, quieran salir del país asiático.

México tiene una robusta experiencia manufacturera, sus costos de producción son bastante competitivos, comparte 3,500 kilómetros de frontera y está por entrar en vigor el tratado comercial T-MEC, en un momento en que Estados Unidos juega a las amenazas arancelarias con el resto del mundo, particularmente con China.

Un atractivo así podría convertir a México en el gran ganador económico de la pandemia, con una entrada masiva de capitales y una creación de empleos récord, pero AMLO ha preferido exhibirse como un presidente hostil al capital privado, especialmente al extranjero, un mandatario que maneja la política económica con caprichos y prejuicios. Así visto, el Presidente se ha vuelto su opositor más eficaz en las elecciones del próximo año. Nadie le ha hecho más daño a su proyecto que él mismo.

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