Opinión

El país se desvanece

“Es una locura odiar a todas las rosas porque una te pinchó” Antoine de Saint Exupéry.

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Por: Luis Cárdenas

Tenemos un presidente incapaz. Así de lacónico, así de clarísima la descripción: López Obrador es un hombre incapaz de casi todo lo que se refiere a las tareas del Estado, es un presidente incapaz. Aturullado en sus fantasías históricas, dedicado en cuerpo y alma a su onírica concepción de la vida y de la sociedad, el presidente ha demostrado una y otra y otra y otra vez que no le temblará la mano para guiar al pueblo a uno de sus peores abismos y ahí, vapuleados todos, insistirá en que el camino es correcto, en que el golpe mortal no lo fue tanto y en que vamos por buen camino… ¡joder!

No sé si el presidente López padece de sus facultades mentales, quizá nunca lo sabremos ni usted ni yo, pero si el hombre más poderoso de México se niega a un examen de Covid y se confía, entero, a su fuerza moral, entonces queda fuera de la discusión la posibilidad de una prueba psiquiátrica, cosa que a estas alturas da, francamente, igual.

Insisto, lo que sí me parece es que el presidente será responsable del mayor desastre en la historia contemporánea del país. López Obrador no es un hombre de estado, no tiene la madurez para ello. El presidente es un bribón y no lo digo con afán peyorativo, es uno de los mejores bribones: agreste, salvaje, grosero, áspero y cerril, podría ser un gran predicador, una estrella de televisión, un admirado youtuber o un ácido formador de opinión pública, pero por desgracia, no es nada de eso, ¡es el presidente de México en el momento más delicado de su historia!

El país se desvanece y López invita al optimismo, a no escuchar a la ciencia, a confiarnos de que será su honestidad y nada más, que con eso basta y sobra, la que nos salve de todo estropicio. El país empieza a sentir hambre y López invita a que regresemos a criar pollitos y chanchos en el patio de la casa, no por la miseria, ¡qué va!, sino por lo “orgánico” y la salud. El país se hunde en la peor depresión económica y López inventa otro índice, uno menos técnico, menos neoliberal, para medir la felicidad y el bienestar del alma… El país empieza a enfermar de gravedad y López cuenta un chiste: érase una vez una boa.

Esta película terminará mal, es claro, terminará muy mal. Lo que sigue es prepararse para el porrazo, el más duro en los últimos cien años, y luego imaginar cuál es el país que queremos construir. No será nada fácil pero ojalá que para el futuro no marginemos a nadie, porque las vendetas y los resquemores sociales luego terminan por salir muy caros.

   De Colofón

Aunque se enoje el presidente pero hace bien García Cabeza de Vaca en cobrar impuestos extra a los más contaminantes, ojalá no se quede en una idea.

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