Opinión

El payaso y la modelo

Enrique Peña Nieto retratado en Madrid y Ámsterdam por todos lados como quinceañero con su nueva novia. El ex presidente baila muerto de la risa o aparece en portadas de ‘revistas del corazón’.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Enrique Peña Nieto retratado en Madrid y Ámsterdam por todos lados como quinceañero con su nueva novia. El ex presidente baila muerto de la risa o aparece en portadas de ‘revistas del corazón’. 

Y ayer agrega el insulto a la inteligencia nacional disfrazado de hippie en un restaurante de Nueva York. Qué poca. 

Parece decir con su frivolidad: “ya enciérrenme”. 

Peña Nieto, como cualquiera que haya llegado a la Presidencia de la República, no es tonto. Su comienzo de sexenio fue el de un estadista que une a todas las fuerzas políticas para lograr reformas indispensables: competencia entre empresas de telecomunicaciones, apertura a la inversión privada en energía o el logro de iniciar el aeropuerto de Texcoco, la obra infraestructura más importante de Latinoamérica.

A pesar de la debacle en los precios del petróleo, supo mantener a México en crecimiento, logró un aumento histórico del empleo formal como nunca antes y mantuvo en relativa tranquilidad al país hasta el cuarto año de su sexenio. Incluso se atrevió a liberar el precio de las gasolinas para aliviar la carga del gasto público con el subsidio que venía desde Felipe Calderón

Su derrumbe político llegó con el descubrimiento de la Casa Blanca en las Lomas de Chapultepec, una mansión de 8 millones de dólares injustificable y ausente en su declaración de bienes. Era el precedente de todas las frivolidades y la debilidad de su carácter donjuanesco. Construyó esa mansión como regalo para Angélica Rivera, su “Gaviota”, con una orden simple a su socio de la constructora Higa y la quiso disfrazar con un presunto crédito. Dijo que la vendería pero no cumplió. Al final le valió sorbete.  

Y la corrupción comenzó a surgir como nunca antes. Los gobernadores robaban a puños, de todos los partidos y en casi todos los estados. De Pemex y las secretarías salían miles de millones de pesos sin justificación y las empresas factureras se daban gusto ofreciendo sus servicios para sustraer fondos públicos. 

La huella está ahí: en la “Estafa Maestra”, en la obra pública, en los contratos a modo, en la constructora Odebrecht, en OHL, en Pemex y en su inmensa riqueza personal. 

¿De qué otra manera se explican las extravagancias de sus viajes y la participación que le otorgó a su ex esposa en un arreglo de divorcio multimillonario? Ya desde la Presidencia se notaba su displicencia con el dinero del erario. Volaba de la CDMX al Bajío en el Boeing 787 con unas cuantas personas; su familia paseaba por Rodeo Drive en Beverly Hills con acompañantes llenos de bolsas de compras. Lo mismo en Europa. 

Pero ahora parece haber enloquecido o Tania Ruiz, la modelo, le sorbió el cerebro. ¿En qué cabeza cabe disfrazarse en Nueva York, en un restaurante de alto nivel?

Cada una de sus apariciones es un insulto a la Nación, en dos sentidos: la frivolidad de su vida privada y la incapacidad o complicidad de la actual administración por no llamarlo a cuentas.

Si las escaleras y la corrupción se barren de arriba hacia abajo, como lo repite el presidente López Obrador, se debe cumplir con la investigación a fondo de su responsabilidad en el sexenio más corrupto del que tengamos memoria.

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