El pez no sabe que está en el agua

Todo el rollo en contra del neoliberalismo y su exterminio a manos de los “caballeros de la 4T” no pasa de ser una fantasía mañanera. Después de dos años el país obedece las leyes del mercado como lo hacía antes.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Todo el rollo en contra del neoliberalismo y su exterminio a manos de los “caballeros de la 4T” no pasa de ser una fantasía mañanera. Después de dos años el país obedece las leyes del mercado como lo hacía antes. Si algún día el Congreso en manos de Morena quisiera desaparecer la libertad en los mercados, en pocas semanas habría una revuelta.

No es que la gente tenga muchos conocimientos de economía y sepa distinguir entre el neoliberalismo y el “progresismo” pregonado. México es uno de los países con mayor desigualdad en el ingreso, pero antes del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, estábamos peor. Ni el liberalismo económico es la solución a todo ni el responsable de todos los males.

En una tarde plácida pensé en salir del encierro y pasear por la ciudad para ver gasolineras. Antes las estaciones de servicio no mostraban sus precios. Había uno sólo de Pemex y la decisión de dónde cargar el tanque era por cercanía. Con la reforma “neoliberal” todo cambió. Las multinacionales petroleras llegaron y le dieron la vuelta al negocio. Trajeron estaciones mejor presentadas, limpias, iluminadas y con baños decentes.  

Un cambio notable con la llegada de la competencia fue el despacho de litros completos. Cuando Pemex era monopolio autorizaba un pequeño porcentaje de margen a los gasolineros. Según me dice uno de ellos, la paraestatal les daba cerca de un peso y una tolerancia por mermas. Sin embargo los litros no eran de a litro. En AM todavía tenemos la “Jarra Patrón” de 20 litros, calibrada, con la que medíamos donde despachaban correctamente.

El muestreo de las estaciones locales marcaba en algunas de ellas diferencias de hasta un 10 por ciento. La bomba decía 20 litros y la jarra apenas 18. Pemex y la Profeco se hacían de la vista gorda. Con el famoso ratón cibernético los administradores movían el suministro desde lejos. Era la forma de “cobrar” al consumidor lo que Pemex no les otorgaba en margen.

Con la llegada de Mobil, Shell, BP, Chevron, Glencore, Gulf y otras marcas, las cosas cambiaron, aunque había ya empresas como Oxxo Gas con estrictos controles de suministro. Ahora es más difícil dar litros de 900 mililitros porque las marcas se verían dañadas. La diferencia está en los precios y en el rendimiento.

Ayer la gasolina más barata que vi estaba en una estación G500 de Glencore, la verde en $17.70 y la roja en $17.90. La más cara en BP: verde en $18.49 y roja en $19.99. Oxxo Gas ofrecía precios intermedios: verde a $18.98 y roja $19.84. La verde más barata la encontré en Gulf a $17.62, la roja en $18.60. El rendimiento puede variar según los aditivos y no entraré en ese tema. El hecho es que hay un mercado abierto como en todo el mundo.

Según me platica un experto, los gasolineros ganan hoy hasta 3 pesos por litro y Pemex compite con los extranjeros con mejores márgenes. Las estaciones son muy rentables y su número crece a pesar de la pandemia y la crisis. El neoliberalismo no se acaba. En una economía resiliente, la competencia favorece al consumidor. Aunque no le guste a la 4T el término ni la nueva libertad de escoger.

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