El precio de no aplaudir

En solidaridad con los periodistas e intelectuales que son atacados cotidiana y sistemáticamente en México, desde Palacio Nacional, por el hecho de ejercer su libertad de expresión.

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Por: Héctor de Mauleón

En solidaridad con los periodistas e intelectuales que son atacados cotidiana y sistemáticamente en México, desde Palacio Nacional, por el hecho de ejercer su libertad de expresión.

La semana pasada el presidente López Obrador presentó un resumen con las notas que varios medios habían presentado sobre el reporte —en todos sentidos catastrófico— de la Auditoría Superior de la Federación.

No era la primera vez que estos datos eran motivo de escándalo. Sí fue la primera vez que la Auditoría se retractó de sus propias cifras, alegando errores en la metodología.

López Obrador criticó a los medios que habían dado a conocer esa información "oficial". Acusó a los periodistas de estar "al servicio del régimen corrupto". Los acusó de engañar, manipular, tergiversar la realidad y les pidió que "se respete al pueblo": "Que no trafiquen con la libertad de expresión".

La Sociedad Interamericana de Prensa ha mostrado su preocupación ante el sesgo "autoritario, ideológico y despectivo con el que López Obrador ataca a los medios" y ha señalado que esto "puede generar violencia" y que "periodistas y medios sean atacados físicamente".

2020 ha sido el año en que se ha cometido el mayor número de homicidios contra periodistas en México en la última década: el año más letal para la prensa, según un reporte presentado por el propio gobierno del presidente López Obrador ("Agravios contra periodistas y quienes ejercen la libertad de expresión", elaborado por la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración, que encabeza Alejandro Encinas).

Mientras todo esto ocurría, el Presidente estigmatizaba individuos, socavaba el diálogo democrático; vapuleaba, acallaba, amedrentaba, descalificaba, insultaba, incluso calumniaba en un acto inadmisible de abuso de poder.

Para muchos intelectuales, escritores y periodistas, la vida cotidiana es vivir entre calumnias, amenazas, agresiones e insultos: el precio de no aplaudir.

A veces uno firma las notas, los artículos o las columnas, y el precio lo pagan otros. Ya que no hay empacho en traer a cuento asuntos de lo familiar, me permito contar una pequeña historia: iniciaron clases en el Colegio Indoamericano, en donde fue inscrita la hija de mi hermano, una adolescente que acaba de cumplir 15 años.

El primer día de actividades en la materia de Lógica, al momento de pasar lista, el maestro —cuyo nombre me reservo— reparó con maligna ironía en el apellido de mi sobrina.

Resultó ser un declarado partidario de la 4T. Además de aprovechar cualquier coyuntura para defender a su héroe político y criticar a "los vendidos" que escriben en su contra, el maestro se ha dedicado a denostar a todo alumno que no exprese su fe ciega en el supuesto proyecto transformador de México.

Mi sobrina no es responsable de lo que yo escribo. Parece que el maestro cree que sí.

Desde el primer momento le mostró una actitud hostil, indiferente. Con agresividad pasiva, la ignoró, le negó la palabra. Finalmente la reprobó con el argumento de que "no cumplió con las actividades" y "no se conectó a la sesión".

Se pidió una aclaración del incidente. Las autoridades escolares respondieron que en el colegio había libertad de cátedra y que el maestro solo había bromeado con el apellido de mi sobrina, ya que de pronto "tiene un humor sardónico".

No parece entender, en fin, el Presidente de México, la profunda grieta que ha causado y sigue causando en el país. En esa grieta, una adolescente puede ser la víctima emocional de un profesor fanático.

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